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Cómo pasar una tusa a punta de videojuegos

Por
Profesion Gamer

Llega un momento en la vida de todo fanático de estos Atari, en el que por “X” o “Y” razón, uno queda atropellado moralmente por alguna vieja. Puede sonar extraño pero crecer a punta de juegos, es crecer con un amigo, con un hermano. No sé si tuve la fortuna o la infortuna de que me hubiera pasado uno de estos casos, durante una de esas largas temporadas vacacionales en la época de universidad. 

Por: Daniel Arias - @LeloArias18
Foto:
Gratisography

Para los que no se sientan tan a fin con el tema de las vacaciones de un gamer, es el momento del año en el que uno se puede dar todo el bate que se le antoje jugando eternas jornadas de hasta 12-14 horas diarias en un día de la semana. Es ese momento del año, donde esos juegos largos (que son más allá de partidos de fútbol, rondas de disparos o carreras para ir mejorando el quiebre con el timón), renacen de nuestras inmensas, pero nunca suficientes, colecciones de videojuegos. 

Para irnos contextualizando un poco, existen juegos que pueden demandar hasta 40 horas, solo para completar la historia básica del juego. Esto quiere decir que según la fiebre que uno tenga por algún juego, esas 40 se pueden convertir en 100 y hasta más horas dedicadas a un aparato. Pero queridos amigos lectores, para un hombre entusado es el mejor desparche que le pueden dar.

Retomando la historia de desamor, fue un momento de mi vida en el que puedo decir que me fue mal. Mal con M de Malp…agradecida. Todos nos hemos anclado a una persona que los demás saben que no es para uno, que lo va a volver mierda. Pero ¡No! Uno sigue creyendo en rehabilitaciones inesperadas y en epifanías de amor ajenas. Esas en las que esa persona por la que uno vendería hasta la PlayStation (bueno sin exagerar) o le dejaría abrir un juego nuevo (señoritas, si alguna vez les han dejado el placer de abrir un juego nuevo, es nuestra forma nativa de decir “cásate conmigo”), de repente abriría los ojos y se daría cuenta que uno está ahí derretido como un idiota. 

Como referencia básica de videojuegos, imagínese a un Mario Bros., que anda detrás de la Princesa Peach, y no se da cuenta que la vieja lo que quiere es estar con un lagarto burdo que hasta escupe fuego por la boca. ¡No! El pinche Mario sigue, castillo tras castillo tratando de hacerle caer en cuenta que él es mejor partido.

En mi caso, mi amigo escudero fue Borderlands 2, un juego de disparos, lleno de gore y humor negro, como para amenizar el ambiente masoquista. Juegos como este se dan el lujo de hacernos repetir la historia básica del juego una y otra vez, en la que cada vez uno va a encontrar algo nuevo para echarle en cara a los demás jugadores y poder sentir que valió la pena la repetida. Este juego me dejó volar en pedazos a miles y miles de enemigos en el que con cada muerte virtual, se iba recuperando un pequeño pixel de mi ser. 

Fueron casi dos meses seguidos, jugando el mismo juego. Contenido adicional fue descargado, cosas únicas fueron encontradas y, desde luego, la tusa se fue superando. Pero siendo sinceros lo que se escondía detrás de tanta repetidera llena de pequeñas victorias era un pedazo muerto de mí queriendo volver a vivir esa historia básica, por lo menos una vez más.

Lo complicado es que fue y será uno de mis juegos favoritos, cada vez que entro a esa interface todos los recuerdos que fueron dejados allí, con cada láser o granada, se reviven como si hubiera sido ayer, pero esta vez con una sonrisa más de oreja a oreja. Ahora, cuando la veo a ella recuerdo tantos momentos que me dio mi hermano, mi amigo, mi Borderlands 2.

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