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Avignon, uno de los peregrinajes que me dejó el 2015

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Próxima Parada

El balance del año que ya casi termina me deja un peregrinaje estupendo por el sur de Francia, que viene muy bien recordar en este momento, cuando se acerca la fiesta del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, uno de lo más grandes e importantes del mundo. 

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu

Diré lo siguiente: todos los amantes del teatro tendrían que ir una, al menos una vez en la vida al Festival de Avignon. Así como se supone que todos los musulmanes han de intentar peregrinar al menos una vez a La Meca. Así mismo. Tendría que ser un deber sagrado.  

Incluso si usted no es de esos fanáticos que desayunan, almuerzan y comen teatro, vale la pena que haga el esfuerzo. Porque estar en Avignon en julio es toda una experiencia. Es perderse en una ciudad que transpira arte por sus murallas, calles, plazas, puentes y esquinas. Y es estar también en una ciudad muy divertida, porque se me antoja que, en el mes de julio, esta debe ser una de las ciudades más divertidas que existen. De las más vivas.  

El verano llega y Avignon se transforma. Si bien es histórica -fue la capital de la cristiandad durante el siglo XIV y hoy está en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco-, de ser como cualquier ciudad pequeña, de unos 100.000 habitantes, muy tranquila y en la que es difícil que algo extraordinario ocurra, se convierte en un hervidero por el que pueden llegar a circular hasta un millón de personas, entre franceses venidos de todos los rincones (la mayoría), turistas extranjeros, actores, cantantes, artistas de circo, bailarines, músicos, pintores y escritores. Es una locura. 

Para que ocurra ese milagro se necesitan dos festivales. Leyó bien. Avignon no tiene uno sino dos festivales de teatro, que se realizan simultáneamente. Y eso hace que la experiencia sea mucho más rica.  

Está el festival oficial, conocido por los locales como el In, que se creó en 1947 y hoy es uno de los más prestigiosos del mundo. Digamos que es un festival muy selecto, con sólo 40 a 60 obras por año, en promedio. Sus espectáculos se presentan en lugares históricos: el patio de honor del Palacio de los Papas, la Ópera Municipal, claustros de conventos, museos, iglesias o colegios que funcionan en edificaciones de hace cinco siglos. Está financiado en un 60 por ciento por subvenciones estatales, mientras que un 35 por ciento de sus ingresos vienen de la venta de boletería y el resto sale de las arcas mismas del festival y de apoyo privado. 

Y está el Off, creado en 1965 y que no tiene la pompa ni parafernalia del primero. Es independiente y cualquier compañía que quiera presentarse puede hacerlo, sabiendo que debe correr con los gastos del alquiler de la sala, el montaje y la difusión de la obra. Se trata de salas muy pequeñas -la primera a la que entré tenía unos 60 puestos y la segunda no pasaba de 25- que, sin embargo, no siempre se llenan. 

 Nada más este año, el Off tuvo una programación de 1.336 espectáculos, que se presentaban desde las 9 de la mañana y hasta la medianoche, y de los cuales unos 280 eran accesibles para público no francófono. Es increíble. 
 
Había de todo. Yo peregriné durante cuatro días y vi obras sublimes, bellísimas, que sacudieron mis fibras, pero también me crucé con algunas insufribles. Chabacanas y mediocres en todos los aspectos posibles. 

 Las calles de la ciudad intramuros -como se le conoce a la ciudad amurallada, que se atraviesa caminando en máximo 15 minutos- son ríos de afiches y pancartas, ríos de color, que pelean por conquistar al público.  

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