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Cuando los amantes llegan con los viajes

Gracias a un par de amantes increíbles compartí momentos inesperados, me divertí, aprendí y descubrí rincones que un turista cualquiera no conocería.
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Próxima Parada

Viajar mucho no es tener un amor en cada puerto. Siento ser la decepción de los que me preguntan, con curiosidad insaciable, si en cada país visitado he dejado un amor distinto. De verano o de invierno. Leve o intenso. 

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu 

Viajar mucho no es conseguir un amor en cada puerto. No para mí, al menos. Yo viajo pensando en todo menos en eso.

Cuando emprendí la travesía que me llevó por 23 países y 119 ciudades de Europa, por ejemplo, aparecieron varias personas con las que no hablaba hacía tiempo sólo para saber si estaba rompiéndoles el corazón a otros viajeros y si me lo rompían a mí en cada nuevo destino. 

Entiendo. Basta pensar en lo todo lo que genera estar en un mítico café de París, hacer una caminata por cualquier pueblo de La Toscana o disfrutar de una puesta de sol en la isla griega de Santorini (el más hermoso y deslumbrante de todos los atardeceres que haya visto en 35 años). Escenarios así sacan el lado romántico y sensual hasta del personaje más frío. No sólo debe ser posible -sino mágico- mezclar el amor y los viajes en lugares de ese tipo. 

Pero a estas alturas yo viajo por mí, por nadie más, y eso tiene como directa consecuencia que los prospectos no broten de manera instantánea cada vez que emprendo un nuevo recorrido. Viajo por experimentar y descubrir cosas que de otra manera no llegarían a mi vida. Por escribir nuevas historias. Por sentirme plena. Si en el camino aparece alguien, maravilloso, debe ser una persona con quien de verdad valga la pena dejarse llevar. Si no aparece alguien, pues lo mismo. 

En mi recorrido de un año por Europa sólo dos veces me crucé con personas bonitas, de manera fugaz pero deliciosa. Fueron amores de otoño e invierno. Porque viajar sin ataduras de ningún tipo permite también eso. Tener sexo feliz con hombres encantadores. No como fin o como objetivo último de una travesía, solamente como un capítulo más del libro. 

Una de las aventuras fue en Viena. La otra, cuatro meses después, en Belgrado. El primer encuentro se produjo en uno de los tantos cafés bellísimos de la capital austriaca. El segundo, en el hostal en el que me alojaba en la capital serbia. La atracción fue inatajable, en ambos casos, y por esa razón extendí sin temor alguno mi estadía, también en ambas ciudades. ¿Arrepentimiento? No sé qué es eso. Gracias a un par de amantes increíbles compartí momentos inesperados, me divertí, aprendí y descubrí rincones que un turista cualquiera no conocería. Viví a fondo Viena y Belgrado.

Pero lo que tenía claro ya entonces es que no me interesa andar en el plan de las viajeras de 19 o 22 años, que salen un día con su morral al hombro a recorrer Asia, Europa o Latinoamérica, con la firme intención de desordenarse todo lo que sea posible y tener un amor ya no en cada puerto, sino un amor distinto cada día del recorrido. 

Yo busco viajar mucho, ahora, pero para alcanzar otros objetivos. Aunque eso no quite que desee con todas las ganas que mi próxima aventura viajera de largo aliento sea en pareja. Con amor a bordo, mejor dicho. 

 

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