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Dime si viajas en tren, avión, carro, bus o barco y te diré qué viajero eres

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“No voy en tren, voy en avión”

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu

Sin contar con los depende, los depende que matizan cualquier cosa, que complican las decisiones, yo lo tengo claro y me pongo en contra de la famosa canción de Charly García: prefiero el tren. Cuando se trata de viajar, es mi medio de transporte favorito. Lo prefiero a viajar en carro, avión, bus o barco. 

Me quedo con el sonido, con el traqueteo de los vagones, con el pito de la locomotora que anuncia su próxima llegada, que les avisa a los viajeros que ya casi entra en el andén y otra aventura está cerca, un pito que advierte luego que el tren se va, que es sinónimo de despedida. Me quedo con los paisajes que, cuando viajo en tren, corren a mil delante mío, aunque no sólo son paisajes, es la vida real la que sucede allá afuera (escenas cotidianas que no veríamos desde un avión o un barco, tal vez sí desde un bus o un carro): habitantes de pueblos y ciudades que se toman un café al lado de la estación, ovejas que a veces cruzan la carrilera, sin previo aviso. Me quedo con el movimiento, con la fascinación que me produce cruzar los vagones, abrir y cerrar puertas, buscando el vagón-restaurante para sentarme a beber y comer algo mientras observo y leo, leo y observo, o si estoy con alguien, observo y converso, converso y observo. Me quedo con la nostalgia que emana. Con las historias que deja, como esta del tren que tomé para ir de Berlín a Varsovia (ver) o las imágenes del que me llevó alguna vez de Brasov a Sighisoara, en la zona de Transilvania, en Rumania (ver). 

Y eso que no he hablado de las estaciones de tren, esos lugares cargados de magia e historia, donde todo se condensa, de una belleza incontestable. Sobre todo las viejas, las construidas hace siglos en Europa y Estados Unidos, algunas en América Latina (que son las que conozco, por el momento). 

Tampoco he mencionado los recorridos especiales (y bien costosos, hay que decirlo) que hoy ofrecen muchas compañías de ferrocarril, en trayectos espectaculares. Hay un tren de lujo que enlaza el norte y el sur de Australia en un viaje de dos días y más de 3.000 kilómetros. Hay otro que en 8 horas une a Santiago y a Temuco, en el sur de Chile, para que uno termine enamorado de la Región de los Lagos. Sé de un tren en India que durante 7 días atraviesa el estado de Maharashtra, pasando por ciudades, templos, playas, cuevas budistas. Hay uno que recorre las montañas y acantilados del sur de Taiwán y otro que hace la Ruta de la Seda en China, unos 1.000 kilómetros por los que cobran unos 2.500 euros por persona. Es que para antojarse con estos servicios, la lista es larga: hay un ferrocarril inspirado en el mítico Orient-Express, aunque no cubre la célebre ruta París-Constantinopla (hoy Estambul), sino una entre la capital francesa y Venecia; hay trenes panorámicos que recorren la Selva Negra en Alemania o los paisajes más impresionantes de Noruega (de Bergen a Oslo) y de Austria (entre Innsbruck y Bludenz). Fiordos, puentes, montañas, lagos, llanuras interminables. Pero de todos, el que más llama mi atención es el tren transiberiano, que une a Moscú con Vladivostok mientras serpentea por el país más grande del mundo.

Para saber si soy la única que prefiere el tren, o al revés, hice un sondeo de esos que hoy se pueden hacer muy fácilmente en redes sociales. Twitter (que no me dejó poner cinco opciones para que votaran, sólo cuatro), confirmó en parte lo que creía: ganó el tren con el 45%, seguido del avión con el 40% y por allá lejos, el barco con un 10% y el bus con un 5%. 

En Facebook la cosa fue más interesante porque sí, el tren siguió en la punta y el avión, de nuevo, ahí detrasito. Luego vinieron el carro, el barco y el bus (estos dos empatados), los pies y hasta la bicicleta. Y de nuevo, los depende según el trayecto, según el momento, según el estado de ánimo. Sin embargo, ya que daba espacio para comentar, encontré respuestas que le aportaron mucho a esta reflexión y pusieron a tambalear mi hipótesis.

El carro, por ejemplo, permite muchas de las maravillas del tren (como apreciar el paisaje), con la ñapa de que es el único medio con el que tienes el control durante todo el viaje. Me hicieron caer en cuenta de ello Juan Diego y Ceci, cuya respuesta me dejó encantada: “Prefiero viajar en carro porque te permite llegar prácticamente a donde quieras y, sobre todo, te da el espacio de disfrutar cada lugar en la dimensión temporal que le quieras dar. Además, si viajan tres o cuatro personas se hace mucho más económico y ese ahorro te permite, por ejemplo, comer luego en un lugar increíble (...) He viajado en carro por Europa, Estados Unidos y México y siempre ha sido increíble. Viajar en carro te permite parar en medio de la Selva Lacandona (en Chiapas, México) de noche y bajar un poquito las ventanillas para escuchar su ruido. Ese contacto con el territorio no te lo brindan ni el avión ni el tren, ni el bus ni nada que no puedas manejar y no te permita decidir hacia dónde ir. Cuando estás en modo viajero el coche es una extensión tuya, en el sentido de que hace lo que tú quieras, va a donde quieras. Y el nivel de intimidad que se puede alcanzar con la gente con la que haces determinado viaje también es increíble y eso hace que a veces un lugar quede registrado en tu memoria para siempre”. 

Pero como a veces resulta válido y hasta divertido no tener el control absoluto de la aventura que se emprende, el avión, el barco y el tren vienen muy bien, según los trayectos y según los gustos. Jorge, José Luis, Ximena, Annie y Jesús son de los amantes del avión “porque se llega muy lejos y muy rápido”, por “seguridad y eficacia”, porque allí no se siente “mareo” y “no se sube nadie a vender empanadas”. En mi caso, no me da miedo sino que amo la sensación de volar, despegar y aterrizar; además, no me aburro en los aeropuertos (más bien al contrario, me encanta conocerlos y recorrerlos). El opuesto de Andrés, que me dijo que prefiere el tren porque para él “todo lo de los aviones es desagradable: el aeropuerto, los trámites, el encierro, la sensación de volar en general, etcétera”. 

En defensa del bus debo decir que en un recorrido de un año que hice por Europa, encontré unos que pueden resultar igual de cómodos a un tren o un avión y también permiten apreciar el paisaje. Entre República Checa y Austria, por ejemplo, o para ir de Austria a Alemania, me monté en buses con sistema de entretenimiento y pantalla personalizada detrás de cada silla, azafatas y azafatos que además de comida sabrosa repartían periódicos y revistas, y servicio de WiFi para los que no fueran capaces de desconectarse durante el trayecto. 

Nathalia, Ivonne, Rodrigo, Margarita y Daniel también prefieren el tren pero porque “es un destino en sí mismo, con las estaciones, el paisaje, el ritmo y los carritos de comida y café”, porque “es fácil de manejar” y permite “tener un viaje al interior (gracias a los servicios que ofrecen los diferentes vagones) y otro viaje al exterior (paisajes)”, por “sus tiempos, su nostalgia y su romanticismo”, por “esa sensación de mecerse”. Que por cierto, también da el barco, aunque sólo una persona lo mencionó y eso no deja de parecerme triste. Fue Catalina, por lo bello que resulta su andar lento mientras uno contempla el paisaje. A mí me fascina viajar en barco, pero casi siempre es lo más caro y por eso, casi siempre también, me toca descartarlo. Es que imagínenselo: ¿qué tal cruzar de Grecia a Italia no por aire ni tierra sino por agua? ¿O de Uruguay a Argentina? Esos viajes siempre valdrán la pena por sí mismos, no por el punto de partida y el destino. 

Y aquí es cuando entran en escena opiniones como las Carlos Arturo e Irene, que están seguros de que todos los medios de transporte tienen su encanto y creen que lo importante es el viaje en sí y dejarse llevar por lo que ofrezca, disfrutar del camino. Estoy de acuerdo. Y así podríamos volver a la canción de Charly García y a los depende. 

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