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La mejor época del año para viajar

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Vengo de un país que no conoce de estaciones, que todo el año vive una rutina climática exacta, invariable, y supongo que por eso me emociona tanto viajar a algún lugar donde sea otoño, donde pueda ver cómo se van cayendo todas las hojas de los árboles.

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu

Otoño

  1. m. Estación del año que, astronómicamente, comienza en el equinoccio del mismo nombre y termina en el solsticio de invierno.
  2. m. Época templada del año, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de septiembre, octubre y noviembre, y en el austral a los de marzo, abril y mayo.
  3. m. Segunda hierba o heno que producen los prados en la estación del otoño.
  4. m. Periodo de la vida humana en que esta declina de la plenitud hacia la vejez.

Esa es la definición del diccionario. La oficial.

Yo tengo otra. He construido la mía propia. Es la estación más bella, la deslumbrante, la de la nostalgia, la estación de una amplia gama de colores. Del verde del verano al amarillo, primero pálido y después intenso. De los naranjas y los rojos. De todos los ocres. Es la estación del clima más agradable, en la que se respira el aire más sabroso, la menos densa, la del sol que todo lo entibia, en la que no hay extremos. Ni frío intenso de ese que se te mete en los huesos ni calor agobiante. Es la estación más inspiradora. La que conjuga lo mejor de las otras tres estaciones y deja de lado las cosas más molestas de cada una de ellas.

Y es, sobre todo, el otoño es la estación de las hojas que caen. Si hay una acción en el mundo que esté revestida de belleza es esa. Ese momento en el que no se necesita hacer más nada sino ver caer las hojas, ver cómo van tapizándolo todo, para luego comenzar a pisarlas una a una, sin prisa, hasta que crujan y hayan exhalado todos los sonidos que venían acumulando desde hacía meses.

Supongo que el otoño me gusta tanto porque yo también soy un poco así, un poco de ese clima, un poco de hojas que de verdes pasan a amarillas, naranjas, rojas y luego se oscurecen, para caer y generar un placer inenarrable. Un poco hecha de nostalgias. Construida otoñalmente.

Un amigo me pidió hace unos días que le contara, a modo de consejo, cuál era el mejor momento del año para viajar. Habrán intuido ya cuál fue mi respuesta. Es la estación que más me gusta, la preferida.

Por ejemplo, si tu viaje es a algún país de Europa, Canadá o Estados Unidos, le dije con un poco de nostalgia por no estar en cualquiera de esos en este momento, lo mejor será que vayas entre septiembre y noviembre. Si decides que tu aventura sea en el sur, de América o de África, o tal vez en Australia o Nueva Zelanda, entonces viaja en abril o mayo. Para mí no hay otoño feo, otoño aburrido. En mi concepción del mundo, ese es un imposible. Todos los otoños son espectaculares (al menos los que yo he disfrutado, en ciudades como Buenos Aires, Montreal, Boston, Montevideo, Puerto Montt, Bruselas, Frankfurt y Salzburgo). 

Vengo de un país que no conoce de estaciones, que todo el año vive una rutina climática exacta, invariable, y supongo que por eso me emociona tanto viajar a algún lugar donde sea otoño, donde pueda ver cómo se van cayendo todas las hojas de los árboles.

Le oí a Antonio García una vez, en una charla viajera, que uno de sus lugares preferidos en Bogotá era la Avenida Park Way, en La Soledad, porque vivía como en un otoño permanente. Adoré esa imagen (también es una de mis zonas favoritas en la ciudad que me vio nacer) y la recordé cuando mi amigo preguntó por la época más propicia para emprender un viaje. Está bien, cedí un poco, no sabremos lo que es el otoño de verdad, las hojas no cambiarán de color ni las veremos caer, tal vez tampoco podamos pisarlas como se debe, pero aquí, tan cerquita del trópico, tenemos cómo intuir el otoño. Al menos eso, como preámbulo digno y suficiente para antojarse de viajar en la mejor época del año. 

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