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La moda de viajar de Argentina a Alaska

Ya no es extraordinario, dejó de ser raro encontrar a alguien que un día decida recorrer toda América.
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Próxima Parada

Es moda, ahora. Y no está mal, todo lo contrario, qué maravilla que cada vez haya más gente capaz de hacerlo, soñándose un viaje de esos. Pero ya no es extraordinario, dejó de ser raro encontrar a alguien que un día decida recorrer toda América, desde Argentina hasta Alaska o viceversa.

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu // Fotos: argentinaalaska.com).

Lo hacen en modernas casas rodantes, en bicicletas o buses, en moto o a punta de dedo. Pero hubo unos pioneros. Unos que despejaron el camino para los cientos (¿o miles?) que luego se han animado a hacerlo. Unos que al menos -porque técnicamente hablando tal vez no fueron los primeros- han servido de inspiración, de impulso y motor para el resto.

Se llaman Candelaria y Herman, son argentinos y en el año 2000 emprendieron semejante aventura en un carro antiguo; un Graham Paige de 1928, para ser más precisos. Tenían todos los comentarios en contra, que si se varan, que cómo van a conseguir los repuestos, que hay gente mala, que cómo dormirán, que si la plata se les acaba a mitad de camino, que la comida y las enfermedades, que la inseguridad en algunos de los países del recorrido. Que no estuvieran tan locos, mejor dicho.

Pasa que necesitaban hacerle caso al sueño que los desvelaba desde que se enamoraron siendo adolescentes, y que aplazaron tanto tiempo. Primero tienen que trabajar para comprar una casa y ahorrar, la vida es esa, les decía el sistema. Hasta que un día hicieron oídos sordos. No más. No hemos vivido por andar viviendo como se debe, de la única manera posible, supuestamente. Y sin mucha planeación, sin acumular certezas pero con unas ganas inmensas de comerse el mundo, echaron a andar su sueño en ese auto de casi un siglo.

Tardarían 12 meses, a lo sumo. Pero no. Llegaron a Alaska 3 años y siete meses y medio después de haberse despedido del Obelisco, en Buenos Aires. Fue en septiembre del 2003 cuando tocaron por fin el Océano Ártico. Los 8 mil dólares de ahorros con los que partieron se acabaron muy pronto, ni siquiera habían salido de Surámerica, aunque fue mejor así, luego se dieron cuenta. Y la vida les cambió en todos los aspectos, en todos los sentidos.

El camino estuvo lleno de obstáculos, aventuras con animales selváticos y tablones de madera que casi no resisten el peso del carro para llevarlo de un lado al otro del Amazonas, insoportables trámites de aduana, pasar hambre y frío, pero fueron precisamente esos retos, mezclados con los colores del mar y los atardeceres y con la generosidad que encontraron durante el recorrido, fue la suma de todo eso lo que los hizo saber que a partir de entonces no querían una vida distinta a esa, la de andar de viaje.

Ya llevan 15 años en esas, viajando. Con cortos periodos en su país, al lado de los suyos, llevan 15 años haciendo lo que quieren, lo que les da la gana, persiguiendo su gran sueño. Después del viaje Argentina-Alaska -en el que además tuvieron un hijo-, hicieron uno desde Ushuaia hasta La Quiaca, luego uno muy completo por Estados Unidos y Canadá, otro por Oceanía, después uno que les tomó 2 años por Asia, otro más por África (de lo más largos y extenuantes; casi 3 años) y el último del que se tenga noticia, por Europa. Les falta, dicen, Oriente Medio.

Si se trata de conocer el mundo, ellos sí que lo conocen. Los Zapp hicieron de viajar su forma de vida. Cada vez necesitan menos bienes materiales para ser felices, cada vez precisan de más playas, más templos, más ríos, más plazas, más cascadas y más museos.

El Graham Paige de 1928 viajó 70 mil kilómetros de Argentina a Alaska, 20 mil desde La Quiaca hasta Ushuaia, estuvo a 5.230 metros en el Tíbet. En total, ha hecho casi 250 mil kilómetros. Hoy, en ese auto antiguo viajan seis personas. El mismo carro que los Zapp bautizaron Macondo-Cambalache y que en Colombia, país que pensaban evitar en el recorrido hacia Alaska porque les daba pánico, pero del que finalmente se enamoraron cuando lo conocieron, llamaron ‘El dibujante de sonrisas’. La familia luego se agrandó y entonces Candelaria y Herman tuvieron que hacerle unos arreglos especiales al Graham, para que pudieran conquistar el mundo con sus cuatro hijos. Pampa, el primero, nació en el 2002 en Estados Unidos. Tehue nació en Argentina en el 2005 y a los 13 días se embarcó con la familia y el Graham Paige en otro viaje. Paloma nació en el 2007 en Canadá. Y Wallaby nació en Australia en el 2009.

Su mejor colegio es viajar. Candelaria utiliza como guía el sistema de aprendizaje a distancia del Ministerio de Educación argentino y se convirtió en la maestra de sus hijos. Las clases de historia pueden ser un día en las pirámides de Egipto, las de biología en un acuario o en el museo de ciencias naturales. Y así hasta el infinito.

“Ni Homeschooling ni Carschooling. Nosotros lo llamamos World-wide-Schooling (...) No estamos en contra de las escuelas, apenas estamos en Argentina o en un lugar por un tiempo, mandamos a los niños a clases y tiene también su lado bueno (...) Pero queremos mostrarles a nuestros hijos el maravilloso mundo en que vivimos. Usamos el mismo viaje para enseñar. Una vez Tehue tenía que aprender del ciclo del agua, estábamos en unas montañas muy lindas en Sudáfrica en invierno y en la cima nevaba. A media montaña era como una lluvia con hielo y más abajo era lluvia, el hielo se derretía y llegaba a un pequeño hilo de agua que crecía hasta ser un arroyo, y este más allá un río y en las mañanas veíamos como salía vapor para formar nuevamente nubes (...) ¿Qué mejor escuela que leer de China y caminar sus murallas, bucear entre barcos hundidos de la Segunda Guerra, estar frente al primer avión que logró volar, ver despegar un transbordador espacial, tocar la montaña más alta del mundo, caminar en el desierto, en la selva, en la nieve, en Bombay, Nueva York o Singapur (...) La mejor materia es aprender a vivir y eso no se aprende leyendo”.

Todo eso se lee en su página web (Ir al blog), donde comparten sus experiencias y venden el libro del que hoy viven (“Atrapa tu sueño”) y con el que financian los viajes que han seguido al primero

Mientras viajan también aprenden idiomas y los niños se dan cuenta cómo se cambia el dinero, cómo se modifica el valor de las cosas de una frontera a la otra, cómo se puede arreglar el carro, entienden de filmar y calcular distancias y provisiones para los días que siguen. Un día el tablero es el carro, otro puede ser la arena. Pero ahí también está lo mágico, dicen. Lo mejor de la vida es no tener rutina. 

Pocos pueden decir que realmente han recorrido el mundo. Que lo conocen. Los Zapp pueden. Su vida es viajar, viajar en serio, no por un par de días o unas semanas, tal vez unos meses o un año. Es viajar toda la vida. Vivir viajando. ¿Cuántos pocos valientes podrán decir eso?

La vida debería ser un viaje sin fin. Y ellos lo tienen claro. 

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