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Las 60 experiencias viajeras que uno debe vivir antes de morir

No me alcanzará la vida para conocer todo lo que quiero y aceptarlo es el primer paso para gozarme sin titubeos el resto.
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Por recomendación de una amiga, buscando antojos y un poco de inspiración, llegué hace poco a una página en Internet en la que con fotografías espectaculares y muy poco texto enumeran las que, se supone, son las 60 experiencias viajeras que uno debería gozarse antes de irse al otro mundo. 

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu 

Este es el link. Después de hacer click y devorar la lista -lo hice muy rápido, primero con la ansiedad de saber cuántas de esas ya había vivido, un ego inútil, esa vanidad que de nada sirve-, pasé a la depresión. Duró poco, pero tuve unos minutos de depresión severa. No me alcanzará la vida para ponerles el chulito a todas esas... o tal vez sí, pero esas 60 son sólo el 0,005% de toda la lista. 

Volví a leerla unos días después. Sin ansiedad. Sin tristeza. Y con esa mirada descubrí que no me muero por disfrutar esas 60 experiencias y confirmé que no siempre las listas de ese tipo que ahora nos abruman en Internet les pegan a nuestros anhelos. 

Aparecen, entre otros, “recibir el abrazo de un oso perezoso en Costa Rica”, “sorprenderse con la aurora boreal en Noruega”, “visitar el Pura Lempuyang en Bali (Indonesia)”, “nadar con los delfines rosados en el Amazonas”, “ir al Grand Prix en Mónaco”, “realizar una llamada desde una cabina en Londres”, “recorrer Machu Picchu”, “saltar en paracaídas desde un avión en Dubai” y “flotar sobre el Mar Muerto”.

En Londres, el día que por fin la conozca, posiblemente me goce más otras cosas. No sería capaz de saltar en paracaídas desde ninguna parte, aunque esté en Dubai o en la Conchinchina. Pero me muero por saber lo que es ver una aurora boreal en cualquier país nórdico y por recorrer Machu Picchu.  

La página también incluye lugares y experiencias de las que no tenía idea y eso fue lo que más me gustó, que pude agrandar mi propia lista de sueños viajeros. Ahora tengo como pendientes, por ejemplo, sentarme algún al día al borde del acantilado Preikestolen, en Noruega, y disfrutar del ‘zorbing’ (meterse en un balón gigante y transparente, cerrado herméticamente, y comenzar a rodar ahí dentro) en Nueva Zelanda.  

También sería bonito -porque además es en el agua donde más feliz me siento, más que en el aire o en la tierra- nadar en la piscina del Diablo, al lado de las Cataratas Victoria, en África; nadar en la que dicen es la piscina más grande del mundo, en San Alfonso del Mar, Chile; nadar en la Gruta Azul de Capri, en Italia, o extasiarme con las piscinas de hadas en la isla de Skye, en Escocia. Ni qué decir de comer en alguno de los restaurantes que están bajo el agua en las Islas Maldivas, dejar que un elefante de Nepal me bañe por completo, volar sobre la boca de un volcán en Hawaii, atravesar el túnel de las glicinias en Japón o gozarme un festival de linternas flotantes en Tailandia.

Sin embargo, beber cerveza en un Oktoberfest en Alemania no me desvela (pude hacerlo en el 2014, pero de manera deliberada demoré mi llegada a Münich precisamente por eso, porque no quería recorrer la ciudad inundada de cerveza sino en un momento sin fama, más simple). Tirarle una moneda a la Fontana di Trevi y pedir un deseo resultó intrascendente (si fue divertido en ese momento, año 1995, ya no lo recuerdo). Si se puede, siempre será mejor sobrevolar las Cataratas del Niágara que dejarse mojar por ellas (yo tuve el enorme privilegio de hacerlo en 2011). Y creo que no me vestiría de geisha para conocer Kioto. 

Eso sí, todas las sugerencias que tengan que ver con comida las acepto de mil amores porque pocos placeres, para mí, como el de comer sabroso. Y si se trata de descubrir nuevos sabores en lugares fantásticos, el placer se multiplica. La lista habla de tomarse un café en el célebre pero ya solamente turístico Montmartre, de París; comer sushi en el restaurante Jiro de Tokio, en Japón; tomarse una tradicional taza de té en Londres, y probar la mejor pizza del mundo, la auténtica, en Nápoles, Italia.

Aunque me parece que la selección, como lo son todas, fue arbitraria. Yo no dejaría por fuera manjares como el pozole de Cuernavaca (donde mejor lo he comido) o los tacos de cualquier puesto en la calle, en cualquier rincón de México. Metería también comer falafel en Jerusalén o en Belén. Beber vino hasta el cansancio en Porto. Y desayunar, almorzar y comer pintxos en Donostia (o San Sebastián, en el País Vasco -).  

No me alcanzará la vida para conocer todo lo que quiero y aceptarlo es el primer paso para gozarme sin titubeos el resto: ver el maravilloso Lago Baikal (dicen que el más antiguo del mundo) en invierno, contemplar la Laguna Salada de Torrevieja (España), sobrevivir en un ahsram en la India, disfrutar del Carnaval de Río de Janeiro, recorrer el desierto del Sahara, caminar por la Gran Muralla China, dormir en un bungalow sobre el agua, en Bora Bora, o verme algún día reflejada en el Salar de Uyuni, en Bolivia.

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