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Razones para volver: Un homenaje a Buenos Aires

Nuestra columnista de viajes regresó a Buenos Aires y la encontró igual de discriminatoria y con caca de perro, pero aun así, igual de encantadora.
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Próxima Parada

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu

Tengo un amigo que vive en Canadá y asegura que cuando viaja por placer nunca repite. Es decir, que a menos de que lo manden por trabajo (es fotógrafo documental), no organiza viajes a ciudades a las que ya ha ido. Tenemos tan poco tiempo y esto es tan grande, afirma, que sería una tontería perder la oportunidad de descubrir un nuevo lugar por volver a uno muy hermoso pero que ya pisamos, que ya tenemos en la memoria, en la retina. 

Su teoría fundamentalista -como le digo, él sabe que medio en serio y medio en chiste- tiene puntos muy válidos, pero no quiero hacerla mía. No encuentro todavía una razón lo suficientemente poderosa, convincente, para no volver a ciudades que me marcaron y me fascinan, que son importantes para mi historia de vida.

A una de ellas regresé hace pocos días y el viaje me sirvió para confirmar que la sigo amando con la misma intensidad de siempre. Buenos Aires es una ciudad que no me he podido aprender de memoria, pero casi. Encantadora y difícil, que no deja de sorprenderme y de seducirme.  

Mi historia con Buenos Aires podría narrarse y medirse en quinquenios. Aterricé allí por primera vez en el 2005. Tenía 24 años y llegué para estudiar una maestría de sólo 12 meses que terminaron convirtiéndose en casi 3 años, en los que, además, trabajé y viajé de lo lindo por Argentina y Uruguay. Cinco años después, en 2010, regresé por unos días. Y ahora, en 2015, volví por una semana y comprendí por fin que Buenos Aires viaja conmigo a todas partes, me acompaña siempre aunque yo esté en Colombia, Canadá, Portugal o Turquía. 

La Buenos Aires modelo 2015 sigue teniendo calles y edificios deslumbrantes, majestuosos. Conserva el encanto de muchos de sus barrios, y no hablo aquí de aquellos a los que se limitan los paseos de los turistas, que tienen cosas muy bonitas, por supuesto; me refiero a zonas residenciales tranquilas y auténticas, donde la vida va a otro ritmo, uno genuino: Floresta, Boedo, Villa Devoto, Barracas, Flores, Mataderos. 

Sus habitantes siguen diciendo “de nada” de la manera más adorable que existe. Uno da las gracias y su respuesta es un “no, por favor” que siempre me ha resultado bellísima, exquisita. También se come igual de rico a como se comía hace 10 años y a como, supongo, se ha comido siempre. Buenos Aires es una ciudad para comer y beber muy bien. Para darse gusto en ese sentido.  

El calor del verano sigue igual de agobiante y todavía es una delicia de plan comerse un helado a la medianoche o de madrugada mientras se pasea por sus calles. También volví a disfrutar ahora, así como lo hice hace 10 años, de echarme en uno de sus parques a tomar cerveza y comer empanadas. 

El servicio sigue siendo igual de malo. Los cajeros de los supermercados, los meseros, los que te atienden en cualquier comercio siguen atendiendo mal y lento y aún miran rayado a la persona que paga por un servicio. En eso, no me gusta decirlo, Buenos Aires no ha cambiado.

Funcionan las mismas líneas de buses, que allá llaman colectivos. Las legendarias y las que para mi historia con esa ciudad fueron trascendentales: el 152, el 60, el 140, el 39, el 118 y el 95. Y el pitido es idéntico, ese bufido, el ruido único e inconfundible que producen los colectivos cuando están en marcha y cuando frenan, que se escucha las 24 horas y con el que unas amigas mexicanas que vivían en plena Avenida Cabildo (de las más concurridas y ruidosas) tenían que convivir todo el tiempo, 4 de la tarde o 3:30 de la mañana. No importaba.