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Rumania, el país de los viejos Renault 12

La sorpresa. Es de lo mejor que nos puede dejar un viaje, eso que no esperábamos.
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La sorpresa. Es de lo mejor que nos puede dejar un viaje, eso que no esperábamos.

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu 

Solemos viajar cargados de muy variados e indecibles prejuicios, así que cuando la imagen que mentalmente hemos construido de un lugar desconocido no se corresponde con lo que descubrimos, la sorpresa es grande. Puede incluso llegar a ser molesta. 

A la fotografía que tenía de Rumania y de los rumanos, que no era muy bonita que digamos, se sumó que llegué en la peor parte del invierno del 2015, con nevadas que no auguraban unos días muy amables. Fue un comienzo triste (http://tmblr.co/ZvjNkm1euw_lm). Para colmo, los oficiales de inmigración rumanos no querían que entrara en su país, a pesar de que mi visa y el resto de papeles estuvieran en regla. Pero una vez crucé la frontera desde Hungría, superados esos problemas, no tuve más opción que soltarme para dejar que la vida me sorprendiera.

Fue gracias a eso que llegaron encuentros con personas memorables en Timisoara y en Brasov. Diversión garantizada en Cluj-Napoca. Magia en una ciudad medieval llamada Sighisoara. Y algo que reconozco puede no llamar la atención de entrada, al menos no a todo el mundo: que en las calles se muevan muy orondos y muy majos miles de carros que tuvieron sus 15 minutos de fama hace casi medio siglo.

Son los Renault 12, que allá no son Renault sino que, con el diseño básico y la licencia de la marca francesa, pertenecen a la rumana Dacia. Para aquel que disfrute con el mundo de los automóviles resulta cuando menos seductor ver hoy tantos de esos modelos en pueblos y ciudades de Rumania. Hay quienes dicen que el 40% del total de carros del país son Renault 12. Yo no pude confirmarlo, pero es evidente que son muchos. Muchísimos.

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