Se encuentra usted aquí

Viaje a Estambul, una ciudad bipolar

Por
Próxima Parada

Por Laila Abu Shihab - @laiabu 

A Estambul la amas o la odias, pero nunca te deja indiferente. Estambul atrapa, es intensa, abrumadora, te obliga a estar todo el tiempo, las 24 horas, con los cinco sentidos muy despiertos. Las cosas como son: es una ciudad llena de magia pero también es difícil. 

OÍDO

En Estambul se oyen cada día los cinco llamados a la oración desde los megáfonos de los minaretes de todas las mezquitas, que son muchas, se multiplican, aparecen y se reproducen constantemente. Los llamados se oyen como por turnos prácticamente desde cualquier esquina y eso a mí me fascinó desde el principio. Se oyen las gaviotas y los cormoranes que persiguen a los barcos que en 15 minutos lo llevan a uno de Asia a Europa, o viceversa. Se oye también a cientos de hombres que en realidad parece que fueran miles, millones, ofrecer planes turísticos a los viajeros que invadimos la ciudad todos los días. Buenos negociantes que hablan duro, que gritan. Se oye a los vendedores ambulantes -muchos de ellos niños-, se oyen los pitos de los carros, de los buses, del tranvía, en calles atestadas de vehículos, de gente. Muchas calles imposibles. Estambul es la ciudad del ruido. Tener un minuto de total silencio aquí no parece, es una misión imposible. 

VISTA

Como en Estambul, que antes de ser la que es hoy fue Bizancio y, antes de ambas cosas, fue también Constantinopla, está la historia, como Estambul es la historia, la vista es el sentido más regalado de todos cuando uno la visita. Lo importante es llegar, e irse, consciente de que verlo todo es imposible. En Estambul hay que extasiarse con la basílica de Santa Sofía, primero la iglesia más grande del mundo cristiano, después mezquita, ahora templo que es las dos cosas al tiempo y también un museo; hay que ver y recorrer el Palacio de Topkapi, gigante, una especie de palacio de “Las mil y una noches”; la increíble Cisterna de Yerebatan, también conocida como el “Palacio sumergido” por su belleza incontestable; el gran bazar de las especias y todos los bazares pequeños, llenos de color y de vida; la Mezquita Azul, aunque su nombre real sea otro (Mezquita del Sultán Ahmet) y aunque de azul por fuera no tenga nada (sí por dentro, porque está repleta de azulejos magníficos); la iglesia bizantina de San Salvador en Chora, para mí el monumento más bello de esta ciudad que tiene monumentos por todas partes, empotrada en un barrio popular y sencillo, nada turístico; la Mezquita de Suleymaniye, no la más famosa ni la más visitada pero sí la más bonita; el Palacio de Dolmabahçé, a orillas del Bosforo, último del Imperio Otomano, y el Palacio de Beylerbey, en el lado asiático, pequeñito y no tan turístico y, tal vez por eso, con más encanto y más brillo.  

En Estambul es imposible no ver por todas partes miles de gatos sin dueño. Hay que mirar con atención las calles por las que se camina, porque los conductores son un peligro (aunque las comparaciones son odiosas, en Bogotá todos son un manojo de civismo al lado de los de esta metrópoli). Hay que ser buen observador, para encontrarle el encanto a la mezcla de lo más antiguo con lo más moderno. Hay que ver el agua, de día y de noche, extasiarse con el mar de Mármara y el mar Negro y con su unión, que parece desafiar las leyes de la física. Hay que disfrutar mirando las tiendas en las que los estropajos que cuelgan se mezclan con los dátiles. Y más vale saber que el horizonte casi siempre será brumoso y contaminado, no nítido, como si todo el año fuera invierno. 

TACTO

Estambul es el epicentro de los famosos baños turcos, de los originales. Un regalo para los sentidos en el que te tocan, te tocan mucho, y que por eso no es para todo el mundo. Yo me regalé esa experiencia el día de mi cumpleaños y lo volvería a hacer, muchas veces. Los hammam más impresionantes y tradicionales fueron construidos entre los siglos XV y XVIII y además de ser centros pensados para el descanso y la desconexión, son verdaderas joyas arquitectónicas: el más antiguo es el de Gedikpasa (1475) y los más visitados por los extranjeros son el de Çemberlitas (1584) y el de Cagalogu (1741). El auténtico baño turco incluye, además del calor y el sudor, dejar que señoras expertas en la materia lo enjabonen, lo limpien con estropajo y lo bañen a uno. La ñapa, opcional, puede ser un masaje que le haga olvidar todos los dolores musculares, que lo haga sentir liviano, distinto. 

GUSTO y OLFATO

En Estambul el gusto y el olfato se ponen a prueba todo el tiempo. Estambul es la ciudad del çay (té) y de las especias, de la miel, del kebab, del simit (pan redondo y duro, cubierto de semillas de sésamo) y el yogur, del pistacho y el humus, del börek (hojaldre casi siempre relleno de queso), las aceitunas, el lahmacun (la pizza turca, muy fina y que se enrolla antes de servirse), el gözleme (algo así como quesadillas), el café cargadísimo, el cordero y el falafel, las castañas asadas y las lentejas. Es la ciudad del narguileh y del ayran (un yogur con sal y agua que los turcos pueden tomar frío o caliente y a mí me pareció horrible). Del pilav (plato cuya base es el arroz y al que se le pueden añadir berenjenas, garbanzo, mariscos, carnes blancas o rojas), las mazorcas en la calle (pero no son asadas, como las comemos nosotros) y el pescado frito recién sacado de la mezcla de las aguas, en el Bósforo. Del sahlep (vaso de leche caliente al que le ponen azúcar, canela y vainilla) y los famosos baklava, postres para chuparse los dedos con pistachos y bañados en miel o almíbar. Estambul es la ciudad del jugo de granada, que te sirven natural, recién exprimido, y que durante mis tres semanas en Turquía tanto bien le hizo a mi estómago y a mi alma. No importa si es en puestos ambulantes o en lujosas tiendas y restaurantes: los sabores y los aromas de Estambul son lo más seductor que existe.

Si tuviera que definir a Estambul con dos palabras diría que es intensa y laberíntica. La capital de tres imperios, el antiguo “centro del universo” de los griegos, no es una ciudad amable ni acogedora. No es cálida. Está superpoblada y en ella se reúnen todos los tipos de contaminación posibles. Pero es una de las ciudades con mayor encanto y más interesantes que para mí existen. Estambul es para olerla, para saborearla, para verla hasta el cansancio, para escucharla, para dejar que nos toque.

Temas relacionados: