Ciriaco, el hombre que vende peluches en los prostíbulos bogotanos

Octubre 3 de 2016

Por: Fabián Páez  López @davidchaka // Fotos: Juan José Horta

 “Tengo peluches con dinamita para la suegra por si están buscando”, nos dijo entre risas Ciriaco cuando salió, por fin, de un prostíbulo. Le veníamos siguiendo la pista de burdel en burdel con cámara en mano por la avenida Caracas. Cada lugar en el que parábamos era más sórdido que el anterior. Siempre que preguntábamos por él los tipos encargados de la entrada cambiaban su mala cara y nos decían que había salido hace poco, que debía estar en un “chochal” cercano.

Después de cinco intentos fallidos lo encontramos en la calle 64. Bajó por unas escaleras tupidas por las luces de neón que indicaban que en el lugar, efectivamente, se ejerce la prostitución. Venía un poco encartado con la mercancía y unas cadenas doradas entre sus brazos.

La broma con la que nos recibió no era un chiste flojo para ofrecer a las mujeres que allí trabajan. El Ciriaco no es un chulo, ni mucho menos ofrece mercancía cargada con dinamita. Aunque desde hace 25 años  se gana la vida de lupanar en lupanar, él, en realidad, vende peluches: de los que acumulan ácaros, de los que venden en esas misceláneas infestadas de Timoteos y globos de aluminio, de los que tienen los niños, de los que se regalan los adolescentes en amor y amistad.

Debo reconocer que lo primero que pensé cuando empecé a hablar con él era que estaba borracho. Parecía disperso. No oía ni veía bien. Armar una conversación fluida con él resultó difícil. Aunque a simple vista no lo aparenta, los años ya le están haciendo efecto. Me contó que había nacido el 18 de agosto de 1945. Y para tener 70 años y trabajar en la calle, a la larga, no necesita más lucidez de la que tiene.  Dijo que un día trabajando le dio una trombosis que afectó uno de sus oídos y le achiquitó un ojo, pero que por lo demás su salud está perfecta.

Su oficio no es una rareza, pero su lugar de trabajo es poco común. Pareciera que en un establecimiento dedicado a la lujuria no cabe la venta de un artículo que, a menos que sea el incorrecto oso de la película Ted, reúne toda la empalagosa cursilería de estas fechas (amor y amistad). Queríamos saber cómo había terminado sacándole provecho al negocio del amor cronometrado. Pues de tanto rondar por ese mundo se ha convertido en un personaje infaltable. Sus peluches hacen parte del paisaje de los burdeles bogotanos.  

Sus peluches hacen parte del paisaje de los burdeles bogotanos.  

Le dijimos que lo acompañaríamos durante su recorrido y así fue. Primero nos metimos con él a trabajar en el lugar en el que nos recibió. Allí nos tomamos una cerveza, aunque dijo que cuando sale a vender no le gusta tomar porque le echan cosas al trago: “las putas son jodidas”.

Su nombre real es Francisco de Asís Granada Rivera y nació en Pinillos, Bolívar. Desde muy joven se mudó a Cartagena con su papá y su mamá. De ellos recuerda que sufrieron la Colombia de la época de la violencia y que tuvieron que moverse de municipio en municipio. No pude saber qué pasó con su familia porque cuando le pregunté, se bebió la cerveza que le había invitado y se quedó callado durante un tiempo. Dijo que tenía cuatro hijos profesionales y que no les pedía nada. Insistió en mostrarme su cédula pero no la encontró. El resto del tiempo que estuvimos con él, en cada interjección me decía: “caramba, Dios quiera que no haya botado la cédula”.

Cuenta que salió de Cartagena muy joven hace unos 50 años. Desde que se fue de allí se dedicó a las ventas. Iba de feria en feria negociando juguetes, alcohol, lo que pudiera. Dice que fácilmente pudo haber estado en todos los carnavales de Colombia. Seguramente era un tipo al que le gustaba mucho la fiesta. Ahora todo lo cuenta con calma y en frases cortas e inconexas.

Le pregunté que cómo había terminado vendiendo peluches en los prostíbulos y me hizo un gesto de incertidumbre. Le pareció una pregunta extraña, él no le ve ninguna particularidad ni lo hace por excéntrico. “A la mujer le gusta mucho que le regalen peluches y chocolates, y acá hay mujeres” fue lo único que me dijo al respecto.

Desde hace 25 años, todos los días, exceptuando los domingos, arranca a las 9 de la noche con el mismo ritual: se pone sus cadenas doradas que siempre lo acompañan, carga su mercancía de felpa y empieza su recorrido. Va desde el barrio 7 de agosto hasta la calle 49 de garito en garito, de antro en antro, de burdel en burdel. Ya conoce todos los desfiladeros.

Mientras cambiamos de lugar de trabajo me contó que sus clientes, los parroquianos de las casas de prostitución, siempre compran peluches o para las putas o para sus mujeres. Yo creo que terminó en esos lugares porque en el fondo se dio cuenta que allí podía jugar con la culpa y el deseo incompleto de los hombres. Por más carencias que tengan los visitantes de los burdeles, y por más transaccional que sea el mercado sexual, siempre hay un juego previo, un coqueteo fingido (muchos hombres, incluso, solo pagan para que los escuchen, para pasar la tusa). Pasa tanto que hasta los clientes terminan simulando las torpezas del amor romántico y terminan regalando los peluches que vende Ciriaco. Como un buen vendedor, sabe que llenamos nuestros vacíos con productos o con ficciones. Una de las trabajadoras de la 49 me contó que tenía una pared llena de peluches que sus clientes le regalaban. Todos se los compraban a Ciriaco, por supuesto. También están los que compran para llevar a la casa; los que, por cinismo o culpa, salen del burdel con un regalo para su pareja.

Seguimos caminando un rato por la Caracas en el recorrido habitual de Francisco. Paradójicamente (o no) nos sentíamos más seguros caminando junto a un hombre de 70 años, de apariencia frágil y con un arsenal de peluches de flores, micos y leones que cuando íbamos solos. Dice que por esas calles ha visto de todo, pero que él nunca se mete con nadie y por eso nunca se meten con él.

Antes de entrar a un lugar conocido como Pussy, por fin me respondió la pregunta que le había hecho durante todo el camino. ¿Por qué le decían Ciriaco? Soltó varias frases. Lo que me quedó claro es que tenía que ver con una canción: “Ciriaco, el sabroso” de Daniel Santos y Jhonny Pacheco. Uno de sus amigos, hace más de 30 años le puso así porque lo molestaba con la historia de la amenaza de Daniel Santos a Ciriaco, el sabroso.  Mientras me contaba la historia se reía solo.

Dijo después que otra persona le había preguntado asombrada que porque se dejaba llamar así, que un Ciriaco era un demonio, a lo que respondió que “es pura paja, que el demonio es uno mismo”. Y en realidad era pura paja, en el mundo religioso el único personaje conocido con ese nombre es un santo católico.

Al terminar nuestro recorrido con Ciriaco dejé de pensar que el hecho de que hubiera peluches en un prostíbulo era perturbador. Lo realmente perturbador es que tantos clientes recurran a jugar al amor romántico, hasta el punto que, incluso en medio de un intercambio de sexo por dinero, tengan que dar ese signo adicional con el que se espera atraer al otro. La gente no va a estos lugares para satisfacer su lujuria sino su autoestima, para sentir que la están logrando, para vivir una ficción.

Dice el antropólogo Ted Fischer que cuando los humanos nos enamoramos entramos en un estado de inestabilidad y por eso hacemos tonterías: como presumir de lo que no tenemos, o dar regalos que no necesitamos dar y que los demás no necesitan recibir. En los burdeles, los que regalan peluches fingen ser correspondidos con amor (pago). A los prostíbulos los hombres van a ser como realmente son, no siempre unos aberrados lujuriosos, también cursis, tristes, aburridos.

Por: 

Fabián Páez López