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Mabiland: soul y R&B para explorar las emociones

Sobrada en actitud y estilo, la chocoana radicada en Medellín, Mabiland, construyó una obra que se resiste a los clichés.
Por
Fabián Páez López

La música colombiana avanza muy rápido y año tras año vemos cientos de talentos emerger. Desde lo folclórico hasta lo urbano, pasando por lo pop y lo experimental, artistas y agrupaciones revuelcan eso que conocemos como "música colombiana" hasta el punto de crear una masa diversa con propuestas para todos los gustos. Como suele pasar cada año, hemos escogido 26 artistas por los que apostamos, los que tienen todo para hacer del 2019 su año, y que estamos anunciando en orden alfabético. Párenle bolas porque serán los protagonistas del sonido que se viene. Con ustedes, uno de los aterrizajes más gratificantes para la escena alternativa en Colombia: Mabiland

Por: Fabián Páez López // @davidchaka

Casi que en paralelo al rap, pero con menos ruido, el género que más ha inflado los números y talentos en el mercado anglo durante esta década es el R&B. La línea que divide al uno del otro es cada vez más fina, y, de hecho, hay que matizar que el R&B contemporáneo debe entenderse distanciado de lo que fue el R&B de antes del 2000. Pero, para efectos de categorizar y describir, funciona la sentencia: en esta era el rap y el R&B se comparten la corona de lo cool.

Como etiqueta, en estas tierras, el R&B no tiene el reconocimiento que sí tiene el rap, pero los experimentos locales que involucran esta estética, aunque siguen siendo pocos, han sido gratificantes. Y en ese campo, sumándole soul y rap al R&B, Mabiland apareció como una promesa que reclama un lugar privilegiado.

Nació en 1995 y luego de terminar el colegio en Quibdó, Mabely Largacha se mudó a Medellín para formarse en medios audiovisuales. En el transcurso de su vida académica, cuando se le embolató la nota de una materia y no le quedaba de otra que sumar puntos cantando una canción, se tomó unos rones, cogió impulso y le dio inicio a un proyecto que resultó ser catártico, adictivo y que la ayudó a conocerse a sí misma.

Alineó una banda de jóvenes músicos paisas que hoy son su familia (Kala en la batería; Karol en el bajo y Alexander Zapata, como guitarrista y productor), se involucró en varios proyectos con la próspera escena del hip hop de Medellín y hoy en su calendario de 2019 ya tiene programados shows en los diez años de Estéreo Picnic y en los veinte del Vive Latino en México.

(Vea también en las apuestas de 2019: Lee Eye, brío y coraje para el R&B en español)

Influenciada por los discos de soul y de jazz que le transmitió su mamá, construyó un proyecto que se aleja del cliché restrictivo que nos hemos construido sobre el modo en el que tienen que sonar las músicas del Pacífico colombiano.

Su primer disco, 1995, nuestro favorito de 2018, fue como un exorcismo emocional: una exploración de la sexualidad, de las relaciones y una apuesta por transgredir las etiquetas culturales y la discriminación positiva.

El rap y el R&B son el hilo conductor de la placa. Fraseos viscerales y melismas se aparean y rozan fibras del reggae, del soul, del jazz y hasta del trap. Sus letras han calado profundo porque llevan impreso un espíritu reflexivo. Son canciones que fueron escritas y reescritas desde sus ocho años y se concretaron al final como la muestra de un repertorio omnívoro, con referencias que van desde la literatura de Saramago, pasan por las obsesiones de Mr. Robot y se cruzan con el psicoanálisis freudiano.