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Altavoz 2010, especial Shock

Por
Redacción Shock

Era sábado, un poco después del mediodía en una cancha contigua al Estadio Cincuentenario, en Medellín. Hacía sol, pero no tanto.

Frente a nosotros, un escenario espectacular. Una tarima giratoria majestuosa, buen sonido y mejores pantallas, y al frente, un potrero gigante, perfectamente dispuesto para celebrar el ritual del gran concierto al aire libre. Un concierto de todos y para todos. Y gratis.

Afuera, la cola para entrar no era larga y era rápida. Las requisas justas y necesarias. En la cancha, que de verdad estaba hermosa, los paisas habían puesto tablas y una fina capa de tela sobre la grama para que el público no se embarrara los zapatos, como solía suceder en ediciones anteriores. Los chicos estaban enchuladísimos, punks y metaleros a la lata, chicas y chicos por igual. Había algunos muy, muy jóvenes parchando por ahí. Se respiraba buen ambiente. Todo iba según lo planeado.

La séptima edición del Festival Internacional Altavoz 2010 iba a comenzar.

Para entonces, sin embargo, ya  habían llegado las malas noticias desde  Bogotá, donde la noche anterior se había presentado –aunque decir “presentado” sería injusto; más bien, se había “intentado presentar”– la veterana del ska jamaiquino The Skatalites, con tan mala suerte que un parche de decidió irrumpir violentamente en el local del toque, el Teatro Metropol de Bogotá, para patear a cualquiera que no fuera como ellos ni compartiera su dogma, dejando algunos heridos y muchos daños.
Lamentable.

¿Qué carajos le pasa a ciertos jóvenes en ciertos lugares de Colombia, que creen que pueden llegar armar guerra a cualquier lado? ¿Qué putas pasa que no han aprendido que eso no es bienvenido? ¿Que toda forma de violencia está descartada? ¿Que hay quienes sí quieren pasar la página de la sangre? En fin. Eso me preguntaba mientras miraba el cartel del evento de Medellín, tan absolutamente diverso, tan visionario y a la vez tan arriesgado. Y es que iba de I.R.A a Systema Solar en un día. Del metal al hip hop en un hora. Del viejo grupo gigante al nuevo grupo en tan solo un acto.

Iba a ser un experimento interesante.

Y sí.

Porque fueron tres días repletos de lecciones. Lecciones sobre el estado de la música en Colombia. Lecciones sobre el papel de la cultura en el desarrollo de una sociedad. Lecciones, sobre todo, sobre Medallo, una ciudad preciosa con una escabrosísima historia de violencia reciente. Violencia juvenil de todos contra todos. De narcos, paras, guerrillos, policías y soldados, todos disparando pa’ todos lados. Donde hace 20 años se mataban policías por 200 y se utilizaba la palabra “sicario”. Donde aún hoy se tiran plomo fuerte en ciertas zonas, como en la 13, donde también, en paralelo al Altavoz, se celebraba un festival de hip hop, el Revolución Sin Muertos. Y es que desde hace algunos años, la capital antioqueña se había convertido en el lugar idóneo para implantar iniciativas fuertes, alianzas de trabajo entre las comunidades y el gobierno para lograr una sola cosa: salir adelante. Y por lo mismo, es una ciudad que ha comprendido la capacidad que tiene la música para convertirse en escuela, y en los jóvenes para convertirse en gestores de paz.

¿Y qué mejor que Altavoz para demostrarlo?

A nivel musical, Altavoz es un festival que cumple. Y que cumple sobrado. El cartel es fresquito y está bien curado. No hay tanta rosca. Le apuesta al futuro sin descuidar el ayer. Visibiliza tradición y vanguardia. Celebra sonidos fuertemente arraigados en el público local (como el punk y el metal)  y otros que cogen fuerza (como el hip hop), pero, a su vez, le pone al frente un delicioso platillo de tendencias actuales que, es bonito, el paisa sabe apreciar y agradecer. Y no es casual. De camino al festival, por ejemplo, el taxista que nos llevó nos dio una lección de metal local. Nos explicó cómo arrancó, a finales de los 70, y en dónde está. Y el último día, el que nos llevó a la terminal de transporte, un viejo de 60 años, venía oyendo el festival por Radiónica, diciendo “Está muy bueno”.

Y claro.

Fueron tres días que celebraron la única pureza: la diversidad.

El primero, sábado, con una línea editorial que puso especial énfasis en metal y punk, tuvo sus climax con el Tenebrarum Filarmónico (elaboradísimo show de la clásica del metal paisa con la Orquesta Filarmónica de Medellín) y un postre de nihilismo delicioso, con presentaciones especiales de los padres del punk nacional, I.R.A. (celebrando sus 25 años de carrera como batallón), coronado, como dicen los periodistas mediocres, “con broche de oro” por Reincidentes de España. El domingo se vieron más colores, sobre todo negros. Nawal tocó su reggae-dub. Kiño, acompañado por un all-star de raperos locales y una banda de lujo detrás, De bruces a mi, botó sus rimas repletas de optimismo y de veneno, y luego lo siguieron los gipsy-progs de Pasto, no solo una gran banda de rock, sino una brillante compañía de Teatro: la Bambarabanda. Pero esa noche no acabó ahí. Luego vinieron un DJ de scratch MUY superior llamado DMOE, que hizo magia hip hop salsera con los platos, el mismísimo y ex Illya Dante Spinetta, con su post-r&b futurista, y una nave espacial llamada Systema Solar que aterrizó sobre Medellín para llevársela de paseo por trópicos espaciales. ¿Y para cerrar? Los padres de la cumbia Jamaiquina (o sea, del ska):  los Skatalites, que se entregaron al público con una deliciosa descarga.

El último día fue especial. La lluvia que había recurrido en los días anteriores ni detuvo operaciones ni espantó a nadie. El festival siguió su curso sin tropiezos en la entrada, sin requisas humillantes, sin barro. El público aplaudió lo que le gustó, sin rendírsele al suelo a nadie que no se lo hubiera ganado. Y las bandas, qué bandas, tocaron músicas de toda clase: el Sin Sentido con su súper alternative excitante, un Reptil que recordó los mejores días del disco, un Monareta más pionero, más veterano en las canchas de la nueva cumbia, un Trópico Esmeralda absolutamente esquizofrénico y genial, como un AphexTwin pero paisa, una Banda de Turistas que más bien debería llamarse Los Flippers o Los Speakers, un Matute con guevas, un Parlantes muy maduro como orquesta latinoamericana, y por supuesto, un Draco rugiente y oscuro y final.

Y eso es lo que se llaman un festival de avanzada.

Un festival alternativo y liberal, que desafía al público a ver cómo responde ante la diferencia. A ver qué tanto ha crecido en materia de tolerancia. Para ver qué tanto se ha abierto al mundo. A los demás y a los sonidos de sus historias. Para ver qué tanto está dispuesto a crecer y a sanar como una sociedad. En fin. El caso es que en el Altavoz no hubo ni el más mínimo brote de odio. Nada. Más de 75 mil asistentes en 3 días, casi 40 bandas, y ninguna siquiera abucheada, ni siquiera las bandas flojas, que también las hubo. Nada de malmiradas, puños fuera de lugar, pogos desmesurados. Todo el mundo pura buena onda, a disfrutar. La policía también se comportó y la producción estuvo impecable (para demostrarlo, un solo dato: como la tarima, que en realidad eran dos tarimas, una detrás de otra, era giratoria, los cambios entre bandas duraban tan solo cinco minutos).

Y por demás, fue un festival de puta madre.
Bajo el eslogan de “75 mil voces unidas por la vida”, Altavoz es una iniciativa que pone sobre la mesa resultados, y una conclusión contundente: la música no es una extravagancia, es una herramienta para el desarrollo de la sociedad.

Y créanlo: está funcionando.

Larga vida al Festival y hermosa lección de Medellín para el resto de Colombia.

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