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El fin de la fiesta

Por
Redacción Shock

“Uno encuentra gente que está buscando placer, olvidar, insensibilizarse ante ciertas cosas o que está tratando de dormir porque realmente no puede hacerlo, en muchos casos, porque han estado consumiendo otras cosas que no se lo permiten, por ejemplo, metiendo cocaína o estimulantes”, afirma Pérez y en su publicación puede leerse, además, que “las pepas como el Rivotril, que son consumidas en mayor parte por los jóvenes de 14-17 y por los de 18-23, muestran que la mayoría de las veces su consumo va acompañado de alcohol”.

Según la Oficina contra la Droga y el Delito de las Naciones Unidas, “el abuso y la dependencia de analgésicos opiáceos y de hipnosedantes puede ser –en unos pocos casos– el resultado de un tratamiento médico inadecuadamente supervisado o, más frecuentemente, un problema concomitante al abuso de alcohol u otras drogas. Muchos de estos medicamentos tienen un efecto que se añade o que potencia algunos de los efectos negativos del alcohol y otras drogas, incrementando el riesgo de intoxicación y diferentes alteraciones cognitivas y psicomotoras”.

Con respecto a los riesgos del abuso, Pérez sostiene que “meter benzodiacepinas es más peligroso que meter heroína. Las personas que abusan de ellas pueden morir, porque son tontos y ni siquiera se enteran bien de cómo es la cosa. Las benzodiacepinas producen una modificación importante en el metabolismo y en el funcionamiento del cerebro. Lo grave de estos medicamentos es que el síndrome de abstinencia es eufórico. Entonces, dejan de tomar y esa noche no duermen muy bien, pero al día se sienten súper bien... A las ocho horas empiezan a convulsionar y se pueden morir porque pueden entrar en ‘status epilepticus’, que es un ataque de epilepsia seguido de otro antes de recuperar conciencia y luego otro y otro… y ahí sí les queda convertido el cerebro en un huevo frito”.

El Instituto Nacional de Abuso de Drogas de Estados Unidos (NIDA), coincide en que los medicamentos de prescripción de los que comúnmente se abusa (opioides, depresores del sistema nervioso central y estimulantes), pueden llevar a la tolerancia y, si se usan regularmente, a la adicción y la dependencia física. Por eso, según Pérez, la recomendación es clara para los consumidores de psicofármacos: “El día que decidan parar, no lo hagan bruscamente. Busquen la ayuda de un especialista y ese médico les irá regulando la disminución de la dosis hasta que los puedan dejar. Si se hace bruscamente, las consecuencias pueden ser muy negativas”. En los tres casos, la mezcla con alcohol o con algún otro psicofármaco podría resultar letal.

El ratón cazado

“En nuestra vida real siempre fuimos decadentes, tuvimos la libertad apretada entre los dientes”, canta otra vez Calamaro en Clonazepam y circo del Honestidad Brutal, el álbum del 99. La libertad, ese juego oscuro entre pecar y ganar, convierte a la nuestra en una generación de arriesgados. La muerte resulta entonces posible cuando los límites tientan al peligro porque sí. En su investigación (primera en su género en América Latina), Augusto Pérez pudo establecer que “la primera transición de pepas a heroína ocurre en el grupo de 14 a 17 años”, alarmantes datos que obtuvo gracias a entrevistas realizadas a consumidores en rehabilitación de todo el país. Habla nuevamente de heroína a la que, según pudo precisar también, casi todos le temen.

“De confirmarse esta tendencia, se podría concluir que las pepas predicen una probabilidad importante de usar heroína en los grupos de menor edad”. Y es categórico al afirmar que “se podría decir que este tipo de medicamentos son la puerta de entrada al consumo de otras drogas más fuertes. De manera que los médicos que irresponsablemente les dan este tipo de medicamentos a los adolescentes los están preparando para ser adictos en el futuro. La característica de la heroína es que es un muy fuerte depresor del sistema nervioso central y comparte con los ansiolíticos algunos efectos. El día que al consumidor de medicamentos se le atraviese la heroína, la usa”. Sin embargo, deja claro que es anticonvencional que una persona comience con las pepas sin haber consumido otra sustancia antes, pues cuando menos tuvo que haber probado el alcohol y el cigarrillo. Nada aliviador, cuando se sabe que en una ciudad como Bogotá, el promedio de inicio de consumo de cigarrillo es de 13 años.

Además, porque es bien conocido que en Colombia es muy fácil acceder a los medicamentos sin fórmula médica, sumado al tráfico callejero creciente y la venta libre en internet. Recientemente, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes expresó su preocupación por el alarmante incremento del uso indebido de anorexígenos, que se recomiendan entre sí las mujeres como dieta simple para bajar de peso y que conocen con nombres, posologías y presentaciones.  Por eso, y a manera de recomendación final, Augusto Pérez insiste en la necesidad de incrementar los controles sobre el tráfico y la venta ilegal de medicamentos, especialmente los de la familia de las benzodiacepinas. Tráfico del que poco saben las autoridades, pero en el que consumidores y dealers universitarios se mueven con holgura.

¿Medicamentos para divertirse?

¿Por qué miles de personas escogen los psicofármacos para un uso "recreativo" y no estrictamente médico y terapéutico, para el que fueron creados?

El doctor Luis Mariani responde: “Las personas que consumen psicofármacos para uso recreativo tienen, en general, un problema de fondo. Ninguna persona sanamente feliz necesita de un psicofármaco, ya que perdería su estado de bienestar psíquico.

¿Estaría entonces relacionado el consumo irresponsable de estos medicamentos con una búsqueda de placer?
Sí, la gente que se droga busca placer o por lo menos aliviar el dolor emocional (del que a veces no son plenamente conscientes) que los embarga. Una persona sanamente feliz no tiene necesidad ni motivo alguno para drogarse.

El doctor Andrés Olaya, toxicólogo del Hospital Santa Clara en Bogotá, reconoce que ha atendido en su vida profesional varios casos de personas que han consumido medicamentos psiquiátricos con fines meramente recreativos. Pero aclara que no todos los medicamentos recetados por los especialistas en salud mental son utilizados por aquellas personas que suelen abusar, ya que no todos generan la sensación de euforia o “bajón” que por lo general están buscando aquellos que experimentan con medicamentos.

Los ansiolíticos son unos de los más usados como medicamento de abuso. Poseen una alta probabilidad de generar dependencia y los toman ya que estos inicialmente generan sensaciones de relajación, despreocupación y tranquilidad. Su consumo puede generar trastornos en la memoria, depresión u otros trastornos mentales, así como fallas en las facultades intelectuales. Inclusive, estos medicamentos pueden generar tanta relajación que su cuerpo puede olvidarse de realizar la función respiratoria y llevarlo a un paro respiratorio o dejarlo en coma.

Las anfetaminas, por su parte, se asemejan a los efectos que tienen drogas químicas como el éxtasis. Generalmente este tipo de medicinas son recetadas, en algunos casos, a niños con trastornos de hiperactividad, y por eso producen efectos estimulantes, taquicardia, temblor, sensación de estar más activos, irritabilidad, pérdida del apetito y más confianza en sí mismo de la usual. Eventualmente, la automedicación de anfetaminas puede generarle hipertensión arterial a una edad no usual, alteración de la conciencia, confusión, temblores (semejantes a las personas que sufren de Parkinson), fiebre y el riesgo de que si usted tiene un aneurisma en alguna parte de su cuerpo, este pueda explotar por los estímulos que estas medicinas generan a nivel celular.
 
Por su parte, los opioides, que son aquellos fármacos que generalmente son recetados para alivianar el dolor, son los que tienen una mayor probabilidad de convertir en adicto a su usuario y son muy pocos los casos exitosos de rehabilitación.

Notas de prensa

El País, España. 14 de septiembre de 2004.
“E.U.A. relaciona el consumo de antidepresivos con el aumento de conductas suicidas entre jóvenes. Una investigación oficial concluye que el riesgo de que se produzcan este tipo de comportamientos es 1,95 veces mayor con estos fármacos. Christopher Pittman tiene 15 años. Hace tres, mató a tiros a sus abuelos y huyó de la casa en la que vivía con ellos en Carolina del Sur, tras prenderle fuego. Su abogado no lo niega, pero aduce que cometió los crímenes por una reacción a un antidepresivo. La agencia estadounidense del medicamento (FDA) considera que un joven que consuma Prozac tiene un 50% más de posibilidades de incurrir en tendencias suicidas o de intentar acabar con su vida que una persona que no lo haga”.