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Iván Benavides & Richard Blair, los padres de la nueva música colombiana

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No les queda grande el título de “padres de la nueva música colombiana”.

Y que alguien se atreva a negarlo.

Richard Blair, un rubio ojiazul que arrastra las palabras del castellano como si fueran su vieja chamarra, tenía 12 años en el Londres del 77. Es un hijo del punk radical que vino a encontrar la savia primordial de la música aguerrida, salvaje y sin artificios en el otro lado del mundo. Pionero de la onda de la llamada ‘world music’ junto a su amigo Peter Gabriel, llegó a Colombia en el 93 aceptando una invitación de Totó la Momposina. Venía de vacaciones pero se quedó para toda la vida. Aquí, este maestro de las consolas se encontró con un mapa musical rico y diverso y emprendió una hermosa travesía por los sonidos de estas tierras con acompañantes como Andrea y Héctor, estaciones obligatorias en La Tierra del Olvido, tripulaciones como Teto Ocampo e Iván Benavides, y a bordo de embarcaciones tan alucinantes como la nave madre: su recién reactivada Sidestepper (de la que son hijos directos grandes como Pernett, Goyo, Eka y Kike Egurrola de Bomba Estéreo).

En cuanto a Iván Benavides, hace más de 25 años que este hombre ata su destino al de los grandes productores de música colombiana al explorar, sin pudor, ese diálogo de lo local con lo global, ese encuentro del mundo tradicional con el mundo contemporáneo, las amalgamas sónicas entre el ayer y el mañana. Primero como parte del dueto folclórico Iván y Lucía, más adelante como arquitecto sonoro de Carlos Vives y cabeza de la primera banda de rock nacional que se tomó el mundo: El Bloque de Búsqueda (conocida también como el Bloque), y luego como copiloto de Sidestepper y productor de otros como ChocQuibTown, hoy Benavides es uno de los gestores culturales más generosos de Colombia, al apostarle a la música, más allá del rockstardom, como herramienta para la construcción de comunidad (su proyecto bandera, LASO, centrado en la implementación de estudios de grabación para jóvenes en zonas abandonadas del país, jugó un papel clave en el anterior gobierno).

Pioneros de todo lo que es nuevo vallenato, padres a las malas del llamado ‘tropipop’ y hasta inventores de la electrocumbia (o “electrocumbé” o “electropical” o como quieran llamarlo), de la cabeza de este par de nombres que muchas veces se han escondido tras otros más reconocidos, ha salido la música más influyente de los últimos 20 años en el país. Esa misma que, en adelante, determinaría el ADN de la llamada “nueva música colombiana”. Esa misma que, hoy día, estalla por el mundo y pone a todos a bailar.
Iván y Richard: pioneros, maestros, papás… Es hora de jugar.

Shock: ¿Por qué escogió Colombia para vivir?
Richard Blair (RB):
Yo no escogí a Colombia. Colombia me escogió a mí. Llegué por Totó. En el 92 grabamos un disco suyo con el sello Realworld de Peter Gabriel. Estando en eso Totó me invitó a pasar un tiempito en Colombia. Yo pensé venir un mes, pero terminé quedándome nueve en su casa en Ciudad Jardín, al sur de Bogotá.

¿Y qué hizo todo ese tiempo?
RB:
No mucho, la verdad (risas). Estuvimos trabajando un poco, hicimos unas giritas, algo del estudio, pero básicamente estuve echado todo el día, almorzando delicioso, relajao. Como a los seis meses conocí a Héctor y a Andrea porque me ofrecieron mezclar el primer disco de Aterciopelados: Con el corazón en la mano. Recuerdo haber pensado, “¡Por fin gente como yo: punketos!”. Héctor con sus trenzas y ella con aretes en todas partes… y yo pensando que en Colombia todos eran costeños como Totó.

¿Y estuvo trabajando con los Atercios?
Sí, nos hicimos amigos, hice sonido para ellos y tuvimos unas aventuras... bien colombianas. Recuerdo que tocábamos en unos lugares muy sórdidos. En varios bares de acá, uno en el barrio Restrepo, con el techo bajito que sudaba, los parlantes cayéndose. Recuerdo un show en el Antifaz  en el que Andrea saltó al público al final del concierto. Ella no le tenía miedo a nada ni a nadie.

¿Qué le gustó tanto de Colombia?
RB:
Quedé encantando con la parte humana. Me hicieron sentir como otro hijo. Eso de no preocuparse, que la tragedia no ha llegado. Lo importante son el almuerzo, el baile, el abrazo, la espontaneidad, la rumba… Un relax total. Todavía estoy en ese viaje. De la música me encantó el tumbao. Salvaje, primordial… más libre.

¿Con quién más se fue encontrando en esa época?
RB:
Con Teto Ocampo. A él lo conocí por Carlos Vives que había escuchado que yo estaba por acá y lo mandó a buscarme. Teto llegó a mi casa y me golpeó en la puerta… tremendo parcero. Luego hicimos el disco de Vives y ahí fue que conocí a Iván. En una finca, en Santandercito, donde fuimos a hacer preproducción.

¿Y cómo fue el proceso de hacer ese disco, La Tierra del Olvido?
RB:
Carlos Vives es un tipo supercarismático, que sabe armar equipo. Sabe que quiere el mejor compositor, el mejor guitarrista, ese man inglés… recuerdo una primera reunión en su apartamento en Rosales donde él hablaba de la idea de rescatar el folclor, de hacerlo como más creíble. Y también quería que lo tomaran en serio a él como músico. Por eso se armó la severa banda, con Mayte, Gilbert, Egidio, los mejores… En ese entonces nadie entendía muy bien la figura del productor, a mí me llamaban “el ingeniero”, como usan aquí el “doctor”. Me decían: “Ingeniero, ¿qué necesitamos?”, y yo: “Bueno, pues un mixer Mackie, 16 parales, 32 cables…”, y ellos: “¿Sí ve? ¡Ese man sí sabe, es el propio!”… (risas). En fin… Hicimos esa preproducción allá. Y todos tocando y grabando durísimo y sonando bonito.

¿Y cómo fue su encuentro con Iván?
RB:
¿Iván? Iván se la pasaba echado en una hamaca sin hacer un culo. Yo decía: “¿Y ese man qué? Tan consentido. Con la mejor hamaca, sin hacer nada”. Pero como al sexto día ese man se madruga, coge una guitarra y comienza a cantar La Tierra del Olvido. El tema completico. Letra, melodía, estrofa, estructura… completito. Así es Iván. Le llega la información mientras duerme. Luego nos hicimos muy amigos. Y claro, fue la persona natural a quien yo le mostré las primeras maquetas de Sidestepper un par de años después.

Iván Benavides (IB): Básicamente lo que yo estaba haciendo en la hamaca era pensar para dónde podíamos echar. Buscando un concepto. Había esta intención de modernizar el vallenato, la música tradicional; por otro lado había toda una idea como de ‘retorno a la naturaleza’, de hacer símbolos con la Sierra Nevada de Santa Marta, que era como el centro del proyecto a nivel simbólico; además, Carlos decía siempre que el tema tenía que tener un poco de esperanza y optimismo, y yo siempre fui un poco más oscuro en mi vida, por lo que me tocaba cambiar el chip. Y creo que al final la canción cumplió con todos esos elementos. Esa es la historia de la hamaca. El tiempo real de composición de la canción tardó más o menos un cuarto de hora, letra y música… pero la concepción fue de seis días.

¿Y cuál fue el aporte de Richard en ese disco?
IB:
En esa época la idea de lo que hacía un productor era muy débil en Colombia, y más explorando los territorios de las músicas tradicionales y las músicas modernas. En ese sentido todos le debemos mucho a Rich. De alguna manera, en un momento en el que estábamos intentando abrirnos al mundo, él trajo el mundo a Colombia. Del grupo de Carlos nació además un encuentro mágico entre Teto, Rich y yo, que luego nos fuimos a vivir juntos. Y yo creo que de esa trinidad se desprende, y lo digo sin falsa modestia, todo lo que vino después en la música colombiana.

RB: Nosotros no lo sabíamos, ni lo entendíamos así en ese entonces. También hay que agradecerle a Carlos por la visión.

IB: Carlos, como figura mediática, logró que eso tuviera un impacto gigantesco que cada uno de nosotros, por aparte, no hubiera logrado. Y él fue muy valiente al apostarle a un disco comercial que fue hecho con los parámetros de la música independiente. Tuvimos toda la libertad para hacer lo que queríamos.

¿Y cómo fue la respuesta del disco cuando salió?
IB:
Recuerdo un editorial que publicó El Tiempo donde se afirmaba que eso era una traición. Me encantó que dijeran eso. Octavio Paz decía que tenemos la “tradición de la ruptura”. Y sí. Aquí tenemos sectores muy godos y muy tradicionalistas que piensan que la música tradicional es lo que existía y es lo que vale, sin pensar que la música tradicional siempre fue dinámica. Que lo que hizo Lucho Bermúdez en los 60 fue música moderna urbana. Que lo que hizo Toño Fernández con los Gaiteros de San Jacinto fue ponerle música a las gaitas. Que lo que hizo la Niña Emilia fue meterle bajo a la tambora. Y ese simplemente fue el camino natural que debía tener la música. Pero me encantó cuando los godos dijeron que eso fue una traición. Y lo que fue una traición hace 15 años, hoy es un clásico. Y uno que influenció todo lo que vino en adelante. De ahí se desprende tanto el tropipop, como lo electrónico de ahora, hasta el nuevo movimiento de gaitas… incluso hasta el nuevo vallenato. Hasta la champeta.

En ese combo, se juntan las piezas de lo que más adelante sería Sidestepper. ¿Cómo nace este proyecto?
RB:
Ya más adelante, como en el 95-96 yo había ido a Inglaterra a comprar unas máquinas a ver qué se podía hacer en el laboratorio. Trataba de hacer beats salseros que era lo que me tenía fascinado en ese entonces. Hice como unas maquetas, sampleando, oyendo mucho drum-n-bass y tratándolo de adaptar a la clave salsera. Entonces un día se los mostré a Iván, y él me dijo ‘Tenemos que ponerle unas voces a esto’.

IB: Era la pista de Lo gozo, un tema con el que nos fue muy bien. Era fácil de oír. Por encima de tener cualquier pretensión, era como un juego. De ahí armamos un corito. Lo hicimos en un PC de medio peso.

RB: En un computador Atari, de esos de juguete.

IB: Así es. Fue hecho en un juguete. Y el coro era un coro gozón sin ninguna pretensión. Decía “Lo gozo yo, lo gozo yo, lo gozo… lo gozo”.

RB: Ahí entró la magia de Iván. Él lo supo. Aquí no estábamos componiendo un tema completo con estrofas y puentes, sino un corito. Lo que necesitábamos era un beat y un corito y listo, volver a lo arcaico, a la música “call and response”. Luego por ahí le metemos el pregón, el flow, la trompeta… lo que sea. Pero si tenemos un beat y un coro, se arma la rumba.

IB: Ahí descubrimos una cosa muy importante y era la facilidad del match entre lo arcaico de origen muy negro y lo electrónico, la idea del loop, la música circular, que está presente en la música de tambores que no tiene estructura de canción sino estructura de canto-respuesta, en la música negra y en las músicas populares de casi todo el mundo, y así mismo en la electrónica. No era una cosa atropellada. Era el camino natural. Y bueno… de esto tan hermoso nació todo lo que fue Sidestepper, y de Sidestepper, pues todo lo que están haciendo todos los demás de esta ‘nueva onda’…

En algún momento Sidestepper fue como un all-star team. Un soundsystem con grandes estrellas…
IB:
Hasta más que eso. Sidestepper fue una plataforma para varios artistas. Para Pernett, para Goyo, para Eka, para Kike… para muchos de los que hicieron parte de la banda. De cierta manera también fue una escuela. Y lo sigue siendo.

RB: Sí. Y cuando Iván hizo parte de la banda en vivo de verdad que habían noches que sentíamos que nos íbamos a tomar el mundo. Era una banda impresionante. En principio Iván no tocaba con nosotros porque él vivía en Nueva York y se la pasaba girando por el mundo con El Bloque.

Iván, casi nunca se habla del Bloque de Búsqueda, pero fue una banda tremendamente influyente por esta época, incluso a nivel mundial…
IB:
Nosotros habíamos tenido la suerte de ser firmados por LuakaBop, el sello de David Byrne, quién vino a Colombia, nos vio tocar y le gustó. Hicimos unas giras extensísimas. Sólo en el 98 fueron cientocincuentaypico de toques por todos lados. Estábamos Teto Ocampo, ‘El Papa’ Pastor, Mayte Montero, Pablo Bernal, Gilbert Martínez, Alex Martínez y yo. Era como la banda de La Tierra del Olvido pero sin Carlos. La gira fue muy dura porque tocábamos 3-4 noches por semana, cada día en una ciudad diferente; sin embargo, fue muy buena porque tuvimos una gran respuesta del público y la prensa..

RB: Yo recuerdo una reseña memorable. Un man de Chicago escribió: “I have seen the future of rock-n-roll: it is called Bloque!” (risas).

IB: Sí. Un crítico muy famoso dijo que éramos la mejor banda del planeta en ese momento. Cuando nos preguntaban qué opinábamos, decíamos que la música debía estar en crisis (risas).

¿Y aquí en Colombia qué pasaba con El Bloque?
IB:
Éramos marginales. Completamente. Como lo fue Sidestepper en su momento. La cuestión es que cuando uno es pionero de pronto tiene que dar una pelea larga por la aceptación de los nuevos lenguajes. En ese sentido, lo que hicimos tanto con El Bloque como con Sidestepper fue una labor de siembra. La lucha fue muy dura para tener la aceptación de los públicos más amplios. Los primeros que aceptan eso siempre son los críticos, que son los amplificadores. Y el público cosmopolita de afuera es muy abierto. En otras partes es más difícil, como acá, pero siento que ahora estamos mucho más maduros que hace 12 años para aceptar las cosas, antes en Colombia éramos más goditos. En ese momento todavía existía gente que pensaba que el rock debía ser de esta manera, la electrónica de esta otra y lo latino de tal, y que no debían mezclarse. Entonces, de cierta manera lo que nosotros hacíamos era hacer más bastardo lo que era bastardo, y esto ha demorado un poquito en calar, pero creo que ahora ya todos saben que somos bien bastardos, y eso es buenísimo.

RB: Siento que todavía hay mucha influencia del Bloque que quedó ahí como enterradita; sin embargo, siento que alguien va a excavarla y a darle el lugar que se merece. Porque desde hace cinco o seis años todos somos bailadores y ahora el rock es como mal visto. Pero esa tampoco era la idea, si mal no entendí. Si uno mira el tema con la música colombiana, en comparación con la música brasilera o la cubana o hasta la argentina, que son músicas callejeras pero supremamente elegantes, de salón, acá en la música no hay elegancia, no hay salón ni academia, acá es pura calle, acá es “Páseme el ron y dele”. El verdadero punk está en ahí, en esta música, en Petrona, que es una gran punketa…

IB: ¿Las Alegres Ambulancias? ¡Eso es lo más punketo que yo he visto en la vida!

RB: Y a lo que voy es que ahí, en el Bloque, estaba el verdadero punk. Pero no era una banda de rock. Era una banda de folclor tocando punketo. Y creo que aquí no la han entendido todavía.

IB: Con el Bloque nos invitaban a festivales de reggae, de jazz, de rock, de world music, de todo… y en todos no solo éramos mosco en leche, sino que éramos aceptados. Se trataba de romper los géneros, romper las reglas, pero nunca con una fórmula fácil, y nunca pensando cómo íbamos a pegar. Jamás. Esa tampoco fue la intención en Sidestepper.

Cuándo les preguntaban por el tipo de música que hacían, ¿qué respondían?
IB:
Mamábamos gallo… en Estados Unidos decíamos que era “psycho-tropical funk”.

RB: Pasaba lo mismo con Sidestepper. En las tiendas siempre nos preguntaban: “¿Y dónde ponemos esto?”. Dentro de poco va a tocar inventarse un poco de nuevas palabras, porque el bus ya es muy grande, hay mucho puesto, y cada puesto es una propuesta distinta. El negocio de la música quiere un vallenato, un merengue, una salsa… algo que ya existe porque es más fácil de vender.

Sigue habiendo una obsesión con el género.

IB: Eso ya no aguanta. Yo creo profundamente en los diálogos. En las mezclas. Creo que un hombre mezclado es un buen hombre. Yo le tengo pánico a la gente que escucha solo un género. Además, creo profundamente que la época de los grandes géneros ya pasó.

RB: Hace algunos años aquí había una manía por la palabra “fusión”. A todo lo que no tenía un “tag” se le ponía “fusión”. Yo siempre decía ‘Bueno, o sea que la cumbia, que viene de la mezcla de música blanca, negra e indígena, ¿también es “música fusión”’? La música, toda, siempre ha sido una fusión. De eso se trata.

Hoy se está hablando del boom de la música colombiana. ¿Qué opinan ustedes de eso?
IB:
Estamos viviendo un momento muy interesante debido a la conformación de redes, los mercados culturales, la presencia de algunos mánagers y grupos en mercados como Womex o SXSW… en fin, lo cual es muy bueno. Antes éramos tres los grupos que estábamos girando y en cambio hoy es mucho más fácil salir. El mercado se ha abierto. La crisis de las grandes discográficas ha permitido la emergencia de lo independiente, lo cual es importantísimo, y hay una democratización del acceso a la tecnología que permite que se haga más música y que circule más por redes independientes. Y como hay una transición del mercado masivo al mercado de nicho, pues hay mercado para la música nuestra. Pero no solo de Colombia. Es la música del mundo que se está interconectando. No hablamos del boom de la música colombiana. Hablamos del boom de la música del mundo.

RB: Yo creo que también es una cosa política. Colombia ha sido un país muy aislado culturalmente durante muchos años. Como muchos otros. Y entonces el hecho de que estén floreciendo voces de acá en el mundo es muy bonito. Siento que se está completando un ciclo. Y por ejemplo, lo que pasa con Argentina es importante. Durante muchos años los colombianos miraban hacia allá a ver qué música estaba saliendo. Ahora es al revés. Y no solo  pasa con Argentina, sino con todo el mundo. Este sonido ya se está volviendo reconocido, como atractivo, como la nueva gran cosa. Nosotros esperamos como 20 años a que pegara. Pero otros, como Totó, esperaron toda la vida… Es a personas como ella a quienes toca decirles “Misión cumplida”.