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Las mil batallas del Duque

Por
Redacción Shock

Veinte años de guerra le han dejado cuatro cirugías en la rodilla derecha, más de veinte bandas, dos cirugías en la rodilla izquierda, cientos de conciertos alrededor del planeta, pocas noches de sueño a la semana y tres muelas menos en la boca.

Todo ha valido la pena.

Muy joven, Alejandro Duque Restrepo se enamoró de la batería. Tenía 13 años y un prometedor futuro como guardametas en su natal Pereira, según él, “la capital colombiana del metal”. Fue este género el primero que escuchó, manoseó, estudió y finalmente interpretó. Desencantado del mundo del fútbol, el “ruido” que escuchaba se tatuó de forma natural en su piel. “Cuando era muy peladito entendí que la música era un elemento transformador de sociedades. Me escapaba de los entrenamientos, guardaba los guayos en una bolsa y corría a ver ensayar al parche. Gracias al fútbol yo vivía una colectividad musical. El marcador de punta era salserísimo y el delantero era metalero. Un día me di cuenta de que el fútbol era un negocio que a los treinta y cinco años me iba a jubilar, mientras que a la vez veía a cuatro viejitos barbados tocando en todo bar. Ahí entendí que quería ser músico y no quería bajarme de la batería hasta que me muriera”. Cuenta El Duque mientras juega con un cigarro incrustado entre los dientes y uno nuevo por prender entre los dedos.

Haciendo de la batería su escudo y espada, escuchando a Slayer y Black Sabbath, El Duque sostuvo sus primeras acometidas resoplando como toro brioso metal y ska en actos como Ritual y Kábala. Más grandecito, y ya en la temida capital, conoció a quienes lo acercarían a otros frentes sonoros: estuvo sentado en los tarros de Aterciopelados y Bajo Tierra, y la guatemalteca Bohemia Suburbana, escuadrones todos con los que recorrió Colombia y selló en más de veintidós naciones su pasaporte.

Al tiempo que El Duque rompía parches y baquetas sobre cientos de escenarios en el mundo, su atención se centró en la vida que detrás de su batería existía. En ese “trabajo sucio” que lo hacía verse y sonar bien; un mundo que lo recibió con cables sueltos y brazos abiertos. “Estando en la parte de atrás del stage me di cuenta de un mundo que nadie veía ni conocía. Pa’llá me fui y empecé a parcharme con los técnicos para ver los montajes. Aprendí, me enamoré y lo convertí en una profesión que ahora desempeño en Roadie Colombia, mi familia. Ser técnico es una pasión que se lleva muy bien con la de ser músico”.

Como roadie, El Duque lo ha frenteado todo: Rock Al Parque, bares, ferias municipales, Premios Shock; artistas de rancheras, DJs, parches de reggaetón; mánagers borrachos, productores incumplidos, públicos hermosos… Él ha estado ahí, escribiendo también la historia reciente de la música de la patria, en todas las batallas de Colombia, al lado del cañón.

Portando sobre el pecho –al lado de sus tatuajes borrosos y salvajes– otras insignias como las de Nadie, Neus, Dub Killer Combo, TBCB, Alerta Kamarada, Brodre Inertia y LSCFJ, entre otras medallas que acreditan su alto rango, el legionario a quien con cariño y respeto llamamos El Duque, se mantiene firme como ese primer día en el que decidió dejar el balón y todo lo demás a un lado para irse detrás del rock.

Ese es El Duque.

“Casi 20 años entre enamorarme de la película, dejarme poseer por ella, guerrearla y guerrearla, construir y construir. La música es y será siempre mi guía y salvación”, cuenta él, sentado sobre el bombo de una de las baterías en las que ahora enseña su arte a nuevas generaciones en una escuela musical para pequeños de Bogotá: el School of Rock.