Se encuentra usted aquí

Revolución 2.0 ¿nos liberará la web de la tiranía?

Por
Redacción Shock

A comienzos de octubre de 2010, el periodista canadiense Malcolm Gladwell publicó un artículo en la revista The New Yorker cuyo título prometía herirle el corazón a más de uno: “La revolución no será twitteada”. Con minuciosidad histórica, instinto sociológico y, sobre todo, mucho sentido común, Gladwell se lanzaba sin piedad contra todos aquellos que venían proclamando que las redes sociales serían el arma mágica para los movimientos que en el mundo entero luchaban contra el autoritarismo, tuviese éste la cara invisible de un Partido Comunista o la fealdad insuperable del libio Muamar el Gadafi.

Gladwell no publicaba el artículo fuera de contexto. En abril de 2009, a través de la red social creada en el 2006 en California se había planeado una manifestación de 300 personas en el corazón de Moldavia, una espectacular pero fallida revuelta de 24 horas contra el gobierno comunista. Meses más tarde, en junio de ese año, miles de ciudadanos reformistas iraníes, dentro y fuera de su país, habían usado Twitter para coordinar las manifestaciones del movimiento verde en contra del gobierno actual de Mahmud Ahmadineyad.
Ambas “revoluciones twitter”, como ya entonces las llamaba ocasionalmente la prensa, fracasaron. En Moldavia, Natalia Morar, una periodista de 25 años que había iniciado la convocatoria a través de la red social, pasó casi todo el año en arresto domiciliario, acusada de alterar el orden público; en Irán, las manifestaciones del movimiento verde fueron reprimidas y sus principales líderes detenidos.

Tanto entusiasmo ciberactivista con tan pobres resultados provocó que, como Gladwell, muchos salieran a la luz a decir un par de verdades: las redes sociales generan diálogos masivos e instantáneos, pero no proveen lo que se necesita para montar una revolución: ni los cojones ni el coraje. “El activismo de alto riesgo necesita raíces profundas y lazos fuertes”, escribió el periodista. En otras palabras, una cosa es estar sentado en una asoleadora y hacerle Like a la organización social de tu antojo desde tu iPad, otra salir a marchar por las calles de tu ciudad en contra de tal o cual, y una muy diferente estar dispuesto a ir a la cárcel por una causa, o a que una bala acabe para siempre con tu rebeldía.

Evgeny Morozov, un exbloguero bielorruso, desilusionado tras años de utilizar infructuosamente los nuevos medios para liberarse de otro tirano de ligas mayores, Alexander Lukashenko, se unió al club de escépticos y publicó a comienzos de 2011 el libro El delirio de la red: el lado oscuro de la libertad. En él, Morozov arremete furibundo contra lo que llama la ‘Doctrina Google’: “La convicción fervorosa de que basta con tener suficientes gadgets, conectividad y financiamiento extranjero para tumbar dictadores”. China, Rusia y su propio país permanecerían intactos ante la ciberutopía, con o sin Twitter, con o sin sus respectivas Yoanni Sánchez; y aún peor, sus tiranos respectivos aprenderían día a día a controlar a sus ciudadanos, a vigilarlos y perseguirlos por medio de la red. En manos de los Estados autoritarios, y mientras no cambiaran otras condiciones, argumentó Morozov, la red no liberaría a los pueblos, sino todo lo contrario: los condenaría.

Pero aún no se había acabado de secar la tinta en las páginas de la primera edición de El delirio de la red cuando de repente el mundo árabe tal y como lo conocíamos –o desconocíamos– se vino abajo. En cuestión de semanas, cuando aún Occidente seguía de vacaciones, los ciudadanos de Túnez salieron a las calles y, celular en mano, no dieron tregua hasta que Ben Alí –en el poder desde 1987– firmó su renuncia. Aupado en cables de fibra óptica y ondas satelitales, alimentado por el malestar popular y el quiebre interno de regímenes que aspiraban a gobernar eternamente, el espíritu tunecino se expandió como las llamas en la gasolina por todo el Medio Oriente: Hosni Mubarak tuvo que dejar el poder en Egipto tras 30 años de gobierno; en Baréin, las revueltas obligaron al gobierno a prometer reformas; Jordania hizo lo propio, y en Libia, la energía revolucionaria se encontró con la resistencia autoritaria, choque que desencadenó la guerra que hoy el mundo observa, a través de mil pantallas, como con los ojos de una mosca.
La ciberutopía se encendió de nuevo, quizás para siempre.

Mientras tanto, Gladwell, atrincherado en su blog de The New Yorker, insistió en su argumento: “Por favor. La gente protestaba y tumbaba gobiernos antes que Facebook se inventara”.

Pero acaso es eso lo que importa?

La regla de las 10.000 horas

Hace dos años, meses después de ocurridas las fallidas revueltas en Teherán, en una conferencia en el Hotel Hilton de San Francisco escuché a Evan Williams, creador de Twitter y Blogger, confesar que nunca en su vida pensó que su red llegaría a ser el vehículo de expresión de una sociedad oprimida. Twitter se había creado para que los adolescentes les contaran a sus amigos en qué andaban sus vidas, no para que un conjunto de organizaciones civiles egipcias, con aliados adentro y afuera del Estado, coordinaran en semanas las acciones que precipitaron la caída de Mubarak.

“Nosotros solo le echamos agua a la planta”, dijo Williams aquel día. “No sabemos qué será de ella”.

¿Y qué será de ella?

Malcolm Gladwell, el mismo que párrafos más arriba arreciaba su escepticismo en contra de la ciberutopía, publicó en 2008 un libro muy provocador. Se titula Fuera de serie (Outliers). En él analiza decenas de casos de éxito, incluyendo a Bill Gates y a otros muchos indiscutibles triunfadores, para luego concluir que el éxito no depende necesariamente de lo que entendemos por “talento”. Aquellos que triunfan, argumenta, “son aquellos a quienes les dieron la oportunidad de trabajar duro y la aprovecharon, y tuvieron la suerte de madurar en un momento en que su esfuerzo extraordinario fue reconocido por el resto de la sociedad”.

Parte de este hallazgo se sustenta en una teoría sencilla: la regla de las 10.000 horas. Su principio es básico: una persona no domina un oficio antes de haberlo practicado durante 10.000 horas. Para demostrarlo, Gladwell recuerda cómo, durante 1960 y 1962, los Beatles, entonces una banda principiante, pasaron semanas enteras tocando durante ocho horas diarias en Hamburgo. Esta intensa práctica justificaba no solo su maestría, sino discos como el Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, lanzado diez años después de que John Lennon y Paul McCartney comenzaran a tocar juntos.

Diez mil horas son 416 días. Dentro de la teoría de Gladwell, esto implica practicar cuatro horas al día o veinte horas a la semana durante diez años. Bonita cifra esa de los diez años. Las primeras revueltas sociales que se organizaron por medio de mensajes de texto ocurrieron exactamente hace una década, en enero de 2001, cuando miles de filipinos coordinaron una protesta en masa que paralizó por tres días a Manila y culminó con la renuncia de su presidente, Joseph Estrada. Diez años, también, cumplió Wikipedia hace un par de meses, el proyecto de sabiduría colectiva más ambicioso de la humanidad.
Si Gladwell está en lo correcto: ¿estará llegando nuestra generación a la hora 10.000?

El futuro de la red en las redes

Recientemente, la revista inglesa Granta publicó una edición especial sobre las nuevas voces de la literatura de habla hispana. Los editores escogieron, como fecha de corte, a aquellas personas nacidas de 1975 en adelante; autores, decían los prologuistas, “ajenos a aquellas circunstancias sociales y morales que perturbaron a las otras generaciones”. Léase en castizo: la división tajante del mundo entre Dios y el Diablo: el capitalismo y el comunismo.

Muchos de estos autores, así como sus contemporáneos, probablemente recibieron de regalo de 18 años la primera serie de módems para conectarse a esa misteriosa suerte de “lejano Oeste” que era internet. Hoy tienen entre 25 y 35 años, el mismo rango de edad de gran parte de los protagonistas de esta historia que hoy relatamos. Por nombrar solo algunos: Mohamed Bouazizi, de 26 años, el vendedor ambulante que se prendió fuego luego de que la policía tunecina lo maltratara y cuya inmolación prendió la llama de Medio Oriente; o Khaled Mohamed Saeed, de 28 años, golpeado hasta la muerte en Alexandría y convertido en el símbolo de la sangrienta opresión del régimen de Mubarak contra los egipcios.

Junto a esta, que es mi generación, aparece la siguiente. Aquella que nació a comienzos de los 90 y que de regalo de 18 recibirá un iPhone o una tableta con conexión WiFi. A ellos también se les vio salir por las calles de El Cairo y con seguridad tuvieron que dejar a un lado los computadores y los juegos electrónicos para empuñar un rifle y defenderse de los ataques del ejército de Gadafi, que hace lo posible (y mata todo lo posible) por aferrarse a lo que le queda de tiranía.

¿Hay algo que nos una a estas dos generaciones? Y aún más importante, ¿que nos una transnacionalmente?

Puede que sí. Todos estamos próximos a cumplir nuestras 10.000 horas de vuelo en la red y muchos coincidimos cada vez más en una realidad simple y poderosa: estamos conectados.

¿Cuál será el resultado de esta coincidencia histórica?
Entre la sobreoferta de reflexiones sobre las revoluciones árabes que inundan hoy la red y de la cual hoy nos hacemos cómplices, una hecha por Jimmy Wales en el diario británico The Guardian resulta particularmente iluminadora.

Haciendo a un lado el furor por las revoluciones facebookianas, Wales, cofundador de Wikipedia, se tomó el tiempo de hablar de otro tipo de fenómenos, uno del que él mismo ha sido cómplice: el último capítulo de esta revolución silenciosa, protagonizado por Karl-Theodor zu Guttenberg, ministro de Defensa del gobierno alemán de Ángela Merkel.

Por los mismos días en los que caían los presidentes árabes, Guttenberg se veía obligado a renunciar porque un grupo indeterminado de ciudadanos, a través de una plataforma colaborativa wiki, había descubierto que partes de su tesis doctoral habían sido plagiadas. Otras redes similares se han establecido por estos meses en Europa para determinar qué pedazos de la tesis doctoral del hijo de Muamar el Gadafi, Saif al Islam Gadafi, en el London School of Economics, habían sido plagiados.

Los hallazgos de estos ejercicios provocaron la vergüenza del prestigioso LSE y la renuncia del ministro. Y le permitieron a Wales hacer una reflexión contundente: “No sabremos la historia completa de los levantamientos en Egipto, Túnez y Libia por varios años. Pero cuando lo sepamos, con seguridad encontraremos que, aunque estas revoluciones ocurrieron con la rapidez de internet, y que los celulares, los mensajes de texto, Facebook y Twitter fueron importantes herramientas para la organización, había algo más sucediendo. Estas revoluciones fueron el producto de gente reflexiva que trabajó conjuntamente por un periodo sostenido de tiempo, encontrando amigos, haciendo planes y apoyándose mutuamente en sus sueños por un futuro común”.

Las próximas 10.000 horas

Las generaciones pos 1975 estamos hasta ahora comenzando a descubrir nuestro lugar en esta historia. Hasta ahora, las revueltas árabes, con todo y la tragedia Libia, han conmovido e inspirado al mundo entero. Pero, ¿qué sigue?
Hay que abrir los ojos, porque las próximas 10.000 horas estarán llenas de respuestas. Por ahora, sólo hay preguntas: ¿Seguirá siendo internet libre, o fortalecerán los Estados sus murallas virtuales? ¿Seguirá siendo neutral, o lo convertirán en feudos privados las empresas de telecomunicaciones? ¿Qué pasará con el 65% de latinoamericanos que aún sigue desconectado, digital y realmente?

¿Cómo usar la red para salir de estas democracias mediocres y tibias, corruptas, necias y podridas hasta el tuétano en las que viven Colombia y medio mundo?
Este momento es tan emocionante y volátil que todo parece posible en parejas que se contraponen con violencia: la libertad y la opresión, la democracia y la autocracia, lo establecido y la revolución, la palabra y la censura, los sueños y los fusiles del pueblo libio y la mano dura del caudillo que lo bombardea.

La moneda está en el aire.

¿Se lo dejamos al azar?