Se encuentra usted aquí

Tejedores de la memoria. Entre el arte y la resistencia.

Por
Redacción Shock

Desde épocas remotas, el arte ha pretendido tatuar en la cabeza de sus audiencias los horrores de la guerra para que éstos no se conviertan en un loop incesante. Así, mediante una intervención perpetrada por la música, el video o la fotografía, las vísceras de la realidad han quedado expuestas con una única esperanza: que ésta no sangre más.

Por estos días, algunos flagelos se evocan en proezas sonoras con las que el mundo denuncia y recuerda a la vez. Tal es el caso de The Wall 2011, la actual gira de Roger Waters (Pink Floyd). Durante el show, en una pared monumental se proyectan fotografías de hombres caídos en distintas épocas y lugares del mundo: líderes, soldados, periodistas, campesinos, ciudadanos del común, forman un álbum del duelo masivo en el que se puede adivinar el rostro de Mauricio Caviedes, un soldado colombiano muerto en medio del conflicto nacional. “Los recordaremos”, se lee en una pancarta que acompaña la secuencia de imágenes enviadas al músico por los fans.

En Colombia, con tantos fantasmas por metro cuadrado, los artistas también hacen lo suyo. A pesar de la apatía de muchos, aún hay una tropa que cree que el arte puede contribuir a purgar el terror y a reconstruir ese valioso tejido que llaman memoria.
Según María Eugenia Lora, coordinadora del área pedagógica del Colectivo de Comunicaciones de los Montes de María, un grupo de maestros, líderes comunitarios, comunicadores y gestores culturales de El Carmen de Bolívar que trabaja desde el año 94 con personas de algunas zonas vulneradas por la violencia en la región Caribe de Colombia en proyectos culturales, “La memoria es importante para no repetir sucesos que marcan de manera negativa a una comunidad. Es relevante para resarcir a las víctimas, y que desde sus voces se cuente lo que pasó. Pero no sólo es inminente por un tema de conflicto, también resalta la cultura y la resistencia de un pueblo. Es una oda a la vida y la esperanza”.

Son palpables los ejemplos. A las tablas, en meses pasados, llegó El deber de Fenster, escrita por Humberto Dorado y Matías Maldonado. Se trata de una obra que reconstruye los hechos que rodearon la masacre de Trujillo, Valle, en la que entre 1989 y 1992 fueron asesinadas 342 personas, evento que comprometió a narcos, paras y fuerzas del Estado colombiano. Con la canción Segovia de su nuevo álbum P.A.R.C.E., Juanes nos recuerda la masacre de Segovia, en la que paramilitares, con la complicidad de algunos miembros de la Policía y el Ejército nacional, mataron a 43 personas y dejaron 53 heridos el 11 de noviembre de 1988. Del lente de Jesús Abad Colorado también surgió una desgarradora denuncia, la exposición Huellas y Memorias de la Guerra: Resistencia de las Mujeres en el Caribe Colombiano. Una serie de fotografías que dan cuenta del impacto que la guerra ha dejado en centenares de mujeres de La Guajira, Córdoba y Magdalena, la forma en la que ésta ha lacerado a sus familias, sus vidas y comunidades, y la valiente manera como han seguido adelante.

Pero mención aparte merece un pueblo que, hoy, a través de un disco, le recuerda al mundo las atrocidades que vivió: El Salado.

Hace 11 años, del 16 al 20 de febrero de 2000, El Salado, Bolívar, vivió una jornada de muerte en la que cientos de paramilitares asesinaron a más de 60 personas. Ancianos, adultos y niños fueron agrupados en la cancha de baloncesto y luego, sin compasión alguna, fueron baleados, degollados o estrangulados frente a los ojos de sus amigos y familiares. “¡Fue terrible!, como una rifa de la muerte. Con números escogían a quién iban a matar”, recuerda Manuel, un saladeño que aún no ha retornado al pueblo.

Se dice que, durante el exterminio, los paramilitares tocaban acordeones y tamboras, que cantaban y prendían equipos de sonido para celebrar su macabro festín de sangre. Hoy, la música, esa misma que fue banda sonora de una larga y dolorosa jornada, está sirviendo para contar la historia de El Salado. Para que jamás se vuelva a repetir. Para que no quede en el olvido.

Gracias a una iniciativa del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, piloteada por el músico César López diez años después de la masacre, algunos de sus sobrevivientes grabaron una placa que busca transformar el horror de aquellos días en canciones y poesía, y plasmar los anhelos de un mejor futuro: Las Voces de El Salado. Acompañado por Ada Sanabria en la producción de campo y por Julio Monroy en las consolas, el conocido exintegrante de la banda Poligamia, creador de la famosa ‘escopetarra’ e importante gestor de paz por medio del arte, se encargó de la producción. “Fue la misma gente de la comunidad la que nos fue diciendo ‘Ella declama, él canta, aquel compone’. Las letras y la música fueron hechas por ellos. Los grabamos en el pueblo. Registramos los ambientes de El Salado en distintos sitios y a diferentes horas: en la noche, en la mañana, en la cancha, los gallos, los burros… a las canciones les pusimos estos ambientes de fondo para que quien las escuche pueda acercarse al lugar”, cuenta López sobre el disco.

El álbum, que luce décimas, vallenatos y poemas, abre con la voz de Samuel Torres relatando lo que aconteció. John Montes y John Jairo Medina rinden homenaje a las mujeres que fueron victimizadas. Luego Lucho Torres, líder comunitario, exalta la resistencia del pueblo. El tema de Abimael Hernández lo dice todo con su título: El dolor que toítos sentimos. Dalgis Cárdenas canta sobre las dificultades del retorno y las carencias que persisten. Sobre lo jocosos y dicharacheros que son los saladeños, el porro sabanero y las fiestas populares, corea Edilma Cohen. Y engrosan la placa los testimonios de Eneida Narváez, que en un apartado resume uno de los objetivos de la iniciativa: “luchar contra la impunidad y recordar a nuestras víctimas”. El disco también incluye el nuevo himno de El Salado. “Nunca había tenido un himno. La letra es de Román Torres, escritor muy respetado por la comunidad. Yo hice la música. Algo curioso es que lo cantan inicialmente los niños del pueblo y luego son ellos los que terminan enseñándoselo a los adultos”, dice López.
El pasado 22 de octubre en la plaza principal del pueblo se lanzó Las Voces de El Salado. Los artistas presentaron en vivo las canciones. Gente de la comunidad que no había retornado al pueblo desde entonces llegó para la celebración.
Ese día, en El Salado, reinó la música.

El trabajo de César López por la memoria no solo ha quedado registrado en Las Voces de El Salado. Su expediente hiperactivo se amplificó el año pasado con el lanzamiento del álbum Toda bala es perdida, resultado de una expedición a distintos lugares del país con su escopetarra al hombro, dando talleres y conciertos, promoviendo la No violencia e interactuando con jóvenes de las comunidades. En sus sesiones de grabación maniobró con una prominente lista de invitados (entre ellos Superlitio, Amós Piñeros y Andrea Echeverri) para armar una placa con facciones de realidad a ras de suelo, compuesta por 17 cortes de diversos calibres motivados por relatos de todo tipo: víctimas, testimonios de mujeres gladiadoras en medio del conflicto, voces extintas de líderes, confesiones de jóvenes armados… El disco incluye títulos como Apartadó, que invoca esa tierra antioqueña que sufrió dos masacres en septiembre de 1996 y febrero de 1997, y que a pesar de haber sido declarada Comunidad de Paz luego fue presuntamente atacada de nuevo por miembros de las fuerzas militares con el apoyo de integrantes de las autodefensas; o la canción Plegaria, que propone acompañar desde la ciudad a las víctimas de tragedias rurales como la sucedida el 2 de mayo de 2002 en Bojayá (Chocó), en la que murieron 119 personas (de las que aproximadamente 45 eran niños) cuando miembros de las Farc que se enfrentaban con paramilitares lanzaron una pipeta de gas a la iglesia del pueblo donde los habitantes se refugiaban de las balas. Al álbum lo acompaña un librillo con impresionantes fotografías, textos y reflexiones que aluden a hechos como estos que han marcado el país. Un disco en el que resuena la historia. Nuestra historia.

Pero López no es el único que teje memoria con canciones. En el país, desde hace décadas, un completo coro de músicos alza su voz para ofrecer, en brebajes sonoros, antídotos contra la amnesia. El horror de la masacre de Bojayá también lo narra con su mestizaje instrumental la agrupación

Kilombo en un corte que lleva el nombre de la población vulnerada. Figuras salseras como Yuri Buenaventura denuncian la violencia sobrevenida por la explotación minera en la canción Oro negro, y los lastres que azotan al Urabá en su composición Banano de Urabá. Al karma de los humildes bananeros (motivo principal del clásico El platanal de las 1280 Almas), también se adhiere el track Banana Republic de la banda Buena Vida Social Club. Por su parte, la agrupación Herencia de Timbiquí, a punta de guitarra eléctrica y marimba de chonta, narra en su título Coca por Coco: “hoy en lugar de coco se cosecha coca. No hay pescadores, solo hombres pescados que aparecen muertos por cualquier manglar, con la lengua afuera y dedos cortados por que dijeron algo que era de guardar. Irreconocibles porque les echaron químicos que usan para procesar”. Con gaitas y tambor el clamor de los colombianos obligados a salir de su territorio queda registrado en el tema Puya que te coge de la agrupación Curupirá, banda que también ha interpretado A onde (compuesta por Richard Arnedo de La Mákina del Karibe) con toques de scratch, sabor champetero y las mismas temáticas de violencia y desplazamiento. Este tema también hace parte de la música del documental El Salado: rostro de una masacre, dirigido por Tony Rubio. De La Mákina también resuena Sin Tierra, que evoca la historia de tantos campesinos que, sin éxito, intentan recuperar los terruños que les arrebató la guerra. En la canción Magdalena, la agrupación Malalma pone en primer plano el caso de las víctimas que han sido arrojadas al río, práctica que hasta generó el oficio de ‘cazamuertos’: gente que se dedica a sacar a flote los cuerpos sin vida que pasan por el caudal.

Todos los géneros se pronuncian. Por la memoria, los metaleros rugen fuerte. Una de las muestras la da el grupo Socavón, de Tunja. Marcado por el death, su álbum Cenizas del Palacio hace referencia a la toma guerrillera del M-19 al Palacio de Justicia en 1985, evento que, sumado a una cuestionable intervención militar que ha dejado preguntas irresueltas, dejó también 55 muertos y 11 desaparecidos. La electrónica y el jazz también se manifiestan invocando líderes: con su tema Gaitán, Retrovisor decora con beats apartes de discursos de Jorge Eliécer Gaitán, y las cuerdas de Carlos Zagarra recuerdan el homicidio de Jaime Garzón en el corte Garzón 1999. En las líricas raperas también pululan cortes que sostienen el andamiaje de la historia. En la recopilación de hip hop Barriología, nacida de manera conjunta entre dos zonas vapuleadas por el conflicto (la comuna 4 y 6 de Medellín) se ven composiciones como De La B: la cuadra donde vive Henry Arteaga, compositor de la canción y líder del Crew Peligrosos: “Queda en la Comuna 4, Aranjuez, un sector donde se ha concentrado la violencia del país. El tema se remonta a lo que pasaba en los 90 y la transformación que ha tenido el lugar. Esa época fue muy dura, muchos de mis amigos ya no existen. Las cosas que cuentan los libros yo las conté a través del rap”. Nada inmune a tales consignas, el reggae sigue la misma vía. Alerta Kamarada recuerda al país que hay un gran número de desaparecidos. Ya se habían manifestado en conciertos como Rock Al Parque rotando hacia el público pelotas gigantes con la pregunta: “¿Y de los desaparecidos quién habla?”. Ahora, su agite se hace evidente en el video de la canción Kaliente, del director Sebastián Michellod. Al respecto, el vocalista Javier Fonseca cuenta: “El video se hizo con la participación de gente de la Asociación de Familiares de Desaparecidos (Asfaddes). Se muestran fotos de muchos desaparecidos. El corte inicialmente fue donado para ser usado en el Foro Nacional de Asfaddes el pasado julio”. A fijar la realidad en un video musical de tres minutos apeló también la banda Dr. Krápula. La marcha de indígenas del Cauca en Bogotá, de noviembre de 2008, quedó registrada en el clip de su canción Activación, dirigido por Rubén Mendoza.

Los músicos radiografían el país en un pliego de canciones que no aparecen en listados sonoros, ni son lucidas por la radio comercial, pero agitan masas en conciertos y festivales que también buscan ser exterminadores del olvido. Un par de modelos: Hip Hop Al Parque de 2009 tuvo en su tarima como acto de justicia y memoria a las Madres de los llamados “falsos positivos”, y el pasado noviembre, el Festival de Rock Comuna, bajo el lema ‘Mil 995, Un Recuerdo Para Construir’, reunió a nueve bandas de metal (entre ellas Athanator, Blasting, Hatred, Los Restos, The Mirror, Terra Sur) en el Parque San Antonio de Medellín para recordar que, allí, en junio de 1995, un acto terrorista mató a 22 personas y dejó heridas a más de 200.

Instruidos por el Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21, en el Caribe colombiano unos jóvenes inyectan contundentes dosis de memoria con sus cámaras. Bajo el nombre Versiones de la Memoria, el pasado mes de octubre dicho colectivo (que entre otros muchos proyectos armó el de Narradores y Narradoras de la Memoria con chicos de los Montes de María y la Serranía del Perijá, para luego replicarlo en diferentes poblaciones del norte del país), celebró el Festival Audiovisual de los Montes de María, en el que fueron presentados 10 documentales realizados por grupos comunitarios de Bolívar, Sucre, Córdoba y Cesar. Entre otros, la feria exhibió los títulos Dulce retorno: Sentimientos alrededor de un festival, que plasma la forma en que, luego de ser expulsada violentamente de su tierra, la comunidad de San José del Peñón regresa a su tierra en el Bolívar para celebrar el Festival del Dulce y la Chicha, un evento que se dejó de hacer durante cuatro años y que ahora es una muestra de resistencia al desplazamiento por medio de las tradiciones culturales; y Entre Ángeles y Margaritas, que, producido por 15 jóvenes entre los 14 y 22 años, se centra en la construcción de los dos barrios que le dan nombre al filme por parte un grupo de desplazados que llegó al Carmen de Bolívar proveniente de distintas veredas.

Estos y otros contundentes trabajos fueron puestos en pantalla en la plaza principal del Carmen de Bolívar, donde se reunieron creadores y público que votó con un tarjetón por su favorito. El ganador del premio llamado Cinta de Sueños fue el documental de Rodolfo Palomino y el grupo de Narradores y Narradoras de la Memoria de San Basilio de Palenque. Un video que expone la manera en la que, allí, la comunidad está organizada según una tradición que, a pesar de las influencias de Occidente, conservan los palenqueros desde el África: por kuagros, que son grupos de personas de un mismo rango de edad y sexo. Esta resistencia comunitaria fue también la génesis de un particular documental motivado por un episodio entre temible e increíble: La Parranda, del Colectivo Narradores y Narradoras de la Memoria de Manaure. “Un día normal íbamos para el colegio, eran las 5:30 de la mañana. De repente, la guerrilla entró al municipio, se esparció y tomó un rehén”, recuerda Keidis Julio, realizadora de 20 años, sobre el episodio que sacudió a su pueblo hace siete años. “Ante tal situación, la gente, sin haberse puesto de acuerdo, salió con tapas, acordeones y guacharacas y comenzó a entonar la canción de Manaure y el Himno Nacional. Todos nos reunimos con banderas alrededor de los conjuntos vallenatos que se armaban. Presenciando esto, los guerrilleros huyeron sin hacernos nada, y después enviaron panfletos que decían que la gente de Manaure era verraca y echada pa’ lante. Entonces hicimos La Parranda, porque la música, nuestra música, fue la herramienta que usamos para detener las armas”.

Ese mismo poder ante lo adverso se hace palpable en las protagonistas del documental Mujeres de Mampuján y de Asomontes. Duras heroínas de un cruento episodio que les robó hijos y esposos y condenó a muchas al desplazamiento forzado: el 10 y 11 de marzo de 2000, cuando fuerzas paramilitares se tomaron Mampuján y lo convirtieron en un valle de lágrimas. El documental muestra la historia de estas mujeres, que luego de sufrir tal evento lo evocaron, a través del tejido, en once hermosas mantas. “Mostramos otra cara del conflicto. La capacidad de las mujeres de salir adelante”, afirma la realizadora Íngrid Poveda, cabeza del Colectivo Narradores y Narradoras de la Memoria de María La Baja, compuesto por 25 jóvenes. “Los tejidos para ellas son terapia y una herramienta para rescatar una tradición de la población. Muestran su trabajo a otras comunidades para alentarlas a seguir. Su orgullo es que esta técnica se está aplicando en más de 26 regiones que sufrieron el desplazamiento. Son ejemplo de vida para otros grupos”, concluye ella, quien también ha sido víctima del desplazamiento y de los horrores que erradicaron parte de su familia.

La exclusión y el drama que sufren los pueblos indígenas de Colombia también se ven reflejados en documentales como Zunga: La industria cultural del tinto, del director Emiro Méndez. Premio Semana Petrobras 2010, exhibido con brillo en vitrinas del Caribe como la Muestra de Cine en los Barrios del Festival Internacional de Cine de Cartagena y en diversos canales regionales, éste cuenta la historia de miembros de la comunidad Zenú de San Andrés de Sotavento y Tuchín, en el Departamento de Córdoba, que, desterrados por la persecución y por las armas, por el reiterado acoso a su población y el asesinato de sus líderes, llegan a Cartagena sin otra opción que la de acudir a la venta de tinto para salir adelante. Por las mismas líneas, pero esta vez registrados por los propios indígenas kankuamos bajo la dirección de Walter Ariza, Nixon Arias y Cristian Cáceres, fichas del canal étnico Kankuama TV ubicado en Atánquez, Cesar, se realizó Tiempo Malo. Con entrevistas a más de 60 personajes se expone un cuadro macabro: un periodo de violencia en el que grupos paramilitares mataron a más de 300 indígenas de la comunidad.

Respetos para:
Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación.
Exposición Huellas y Memoria de la Guerra. Disco Las Voces de El Salado
memoriahistorica-cnrr.org.co

César López
Toda Bala es Perdida
todabalaesperdida.com

Crew Peligrosos
crewpeligrosos.blogspot.com

Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21
colectivolinea21.galeon.com

Kankuama TV
kankuamatv.blogspot.com