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Un recorrido tras bambalinas del Festival Iberoamericano de Teatro

Por
Redacción Shock

Nunca se había dado cuenta de lo largo que era ese pasillo. ¿Cuántas veces lo había recorrido con Fanny Mikey? Todas esas veces lo sintió corto, tan corto, que ni siquiera era digno de su recuerdo. Esa vez el pasillo, que la llevaba desde el avión hasta la puerta del aeropuerto de Barajas y finalmente al hotel y las calles y los teatros de Madrid, parecía interminable. Los viajes sin ella, su amiga, confidente y maestra, significaban también el acto de recoger pasos, de recorrer recuerdos. Pero, aun así, con toda la nostalgia de la pérdida encima, el show debía continuar. Era el año 2010. Comenzaban dos años de búsquedas y luchas. Era hora de armar su festival, el festival de Fanny, el festival de su ciudad.

Lo primero que hace Anamarta de Pizarro al llegar a una ciudad es buscar una revista de espectáculos. Es algo que aprendió de Fanny Mikey, a quien acompañó por más de 18 años alrededor del mundo armando el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Aprendió a maximizar la experiencia, ver todo lo que se pueda y no quedarse quieta. Por eso sus viajes duran máximo diez días, y usualmente los hace a los festivales más importantes del mundo.

Cualquier viaje internacional es una oportunidad de encontrar una joya teatral, como la vez que pasaba por Buenos Aires en una escala y la hija de uno de los grandes amigos de Fanny Mikey, Kive Staiff, director del teatro San Martín por más de 20 años, le habló de Incendios. Le recomendó la obra mexicana, basada en el libro de Madji Mouwad. Luego convenció al director de otra obra, Leonardo estudio práctico Nº 1, de que les permitiera ver un ensayo antes del estreno, porque De Pizarro debía viajar antes. Por esa sugerencia fortuita, en una parada no pensada para los negocios, el festival consiguió dos de las obras más importantes de este año.

Si De Pizarro tuviera un diario de viajes tendría un número interminable de páginas. Los viajes son uno de los elementos más importantes de los años previos al festival. Si dibujara los cientos de rutas que ha recorrido en veinte años, el mapa se vería como una maraña de líneas, como un mamarracho de distancias. Ha habido viajes hermosos, tristes, difíciles, insoportables, agotadores. Los festivales, sobre todo, la dejan muerta del cansancio. Las obras pueden empezar desde las diez de la mañana y continuar presentándose hasta que está oscuro, “pero hay que verlas todas”.

Fue en el Festival de Avignon, hace varios años, que se dio cuenta de que ya no veía tan bien como antes. “Nos dieron el pequeño librito con la programación del festival y yo no lograba entender lo que decía sin gafas. Fue un desastre. Yo acababa de comprender que los años me tenían ciega y Fanny sin saber leer mapas. Dimos vueltas como locas por los parques y calles”, cuenta hoy, sonriendo.

El viaje más importante de estos dos años lo hizo a Oriente, en donde ella y la anterior ministra de Educación, Cecilia María Vélez, participaron en la Conferencia de Arte y Educación de la Unesco. Para De Pizarro fue algo maravilloso, no solamente porque hablaron por su país y mostraron el trabajo que se hace con el festival, sino porque tuvo la oportunidad de conocer a algunos de los más importantes maestros del teatro oriental: Satoshi Miyagi, de Japón, y Lee Youn-Taek, de Corea del Sur. Los dos se comprometieron inmediatamente con el Festival para traer sus obras Peer Gynt y Hamlet. Además, sembraron la idea de que Asia sea el invitado del festival de 2014, otro logro más de aquella visita.

Pero los viajes no solamente se piensan en términos de éxitos y ganancias. Hay algunos directores que se mueven a otro ritmo, con ellos hay que sostener conversaciones por años y años para que algún día accedan a venir. A veces los viajes son pequeñas oportunidades de comenzar relaciones, amistades, sin tener resultados aparentes, pero siempre cumplen un propósito, así parezca sutil y pequeño.

Anamarta de Pizarro viaja de la forma en que viajaba Fanny Mikey, a donde estén sus amigos. “Dormíamos siempre juntas, como adolescentes. Vivir con Fanny esas noches era como no haber pasado de los trece años. En Caracas, nuestra querida Mimi Lazo nos invitó a un hotel divino y nos puso en tres cuartos, cuando llegó en la mañana descubrió que Anamarta, Fanny y yo habíamos usado un solo cuarto. Preferíamos mil veces dormir en una sola cama que separarnos”, cuenta Lucía Bevia, amiga de las dos y asesora artística del festival en Europa y España.

Bevia fue su anfitriona cientos de veces. Y España era casi un segundo hogar. Recorrieron ciudades y pueblos buscando teatro y arte. Se rieron por horas con las ocurrencias de Fanny. Un día, después de manejar toda la mañana y entrada la tarde, se lanzó a los pies de un mesero en un restaurante que no las recibía por falta de reservación. “Saltó al piso y lo agarró de sus pies diciéndole ‘por favor, por favor, por favor, denos algo de comer”. Ellas no pudieron evitar las carcajadas, mientras que el mesero casi muere del susto. Así hay miles de historias, como la vez en la que subieron a un taxi en Madrid y Fanny le pidió al conductor que cerrara la ventana para no despeinar su característico pelo rojo. “No se preocupe, señora”, le respondió, “cuando lleguemos, yo abro el capó, la conecto a la batería del carro y le dejo el pelo tal cual lo tiene”.

Después de tantos viajes los detalles se vuelven difusos. “Ah, se me olvidó contar que me encanta ir a los mercados, a buscar especias que uso para cocinar”, recuerda De Pizarro después de varias horas de conversación. “¿Rituales? Tengo muchos. Siempre llego al hotel, desempaco toda la ropa y la guardo en el clóset, así me quede por un día. También me encanta tomarme una champaña siempre que me subo al avión”.

Lugares que nunca pueden faltar en el itinerario: Buenos Aires, ciudad en la que se encuentran las mejores compañías y obras de Latinoamérica; España, uno de los países que trae más obras al festival y cuna de cientos de importantes directores y compañías; Europa del Este, región en la que el teatro se encuentra en un excelente momento creativo. Ahora también Asia, un continente que adora personalmente por su cultura y que, cree, tiene mucho que aportar y compartir con Colombia.

Y el viaje más difícil, el último que hizo con Fanny Mikey por Europa, en el que su amiga se enfermó. “Tuvo un dolor de muela todo el viaje, tenía una infección, pero no dijo nada”. Hasta que llegaron a España y la obligaron a ir a un odontólogo. “El doctor nos dijo que ella tenía esa infección desde antes de que el viaje empezara. Desde antes y no había dicho nada. Ella era así”. Hoy, frente a su escritorio hay una pared llena de fotos. Belgrado, Cracovia, Australia, Rusia, Nueva York, Buenos Aires, París, Madrid. ¿Próximo destino? Bogotá.