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Una nación según 'La Sirga'

Por
Redacción Shock
A diferencia de la televisión y los medios de comunicación, el cine se puede dar el lujo de ser abstracto e incierto; de contar la realidad envuelta en una capa de poesía y ambigüedad que permite trascender de lo explícito y obvio que vemos a diario.

La Sirga, ópera prima de William Vega (realizador audiovisual de Telepacífico y Señal Colombia y director asistente de El vuelco del cangrejo), es un perfecto ejemplo de cómo construir una sólida historia combinando precisos elementos provistos por una gélida fotografía con influencia pictórica, un guión sutil y sin vacíos, una preciosa banda sonora de música andina y una dirección de actores naturales que a través del uso de planos largos les dio la posibilidad de aportar nuevos elementos a la historia.

Pero sobre todo, La Sirga (seleccionada para participar en la pasada Quincena de realizadores del Festival de Cannes, la vitrina más importante para los nuevos directores) es un ejemplo maestro de narración con los elementos que no se ven, con lo insinuado, con un universo tan difuso y ambiguo como la neblina constante que se hace presente en las escenas.

Alicia es una joven que huye de la quema de su pueblo en la que murió su familia y por eso viaja al lugar donde su tío, único familiar vivo, maneja un hostal. No se sabe quién destruyó el pueblo, no se sabe por cuánto tiempo se quedará, no se sabe qué espera, no se sabe quién es bueno o quién es malo. A través de sutiles indicios se insinúa un futuro enfrentamiento entre paramilitares y guerrilleros en la zona pero nunca se oye un disparo o se muestra un arma, un espantapájaros se convierte en la premonición de la muerte y prolongados silencios revelan la creciente tensión.

Más allá de contar una historia que se sale de la obviedad audiovisual, Vega también presenta una visión del país que escapa a los relatos centralistas: una historia que se introduce en la dinámica del conflicto desde el campo, desde ese lugar donde la barrera entre el bien y el mal es difusa, desde donde la muerte es inminente y nada es tan claro como lo muestra un noticiero. Hablamos con el director de La Sirga, para entender cómo construyo su propio relato de nación.

En un país donde hay tantos y tan diversos relatos sobre el conflicto colombiano, ¿cómo abordar uno que marque diferencia o que dé una aproximación diferente a nuestra realidad?

William Vega: Parte de la diferencia consiste en asumir el proyecto cinematográfico no tanto como un espectáculo comercial sino como un proceso de investigación. Esto implica explorar el lenguaje en todo su potencial, no solo lo que ya sabemos o lo que nos han enseñado que funciona. Desde ahí podemos tomar caminos que se alejen de los estereotipos y las fórmulas que es quizás lo más peligroso en el cine. No dar por sentado nada. No hay reglas para lograrlo; quizás la única y más valiosa es tener un punto de vista propio sobre la realidad y utilizar el cine como expresión de ese punto de vista.

El conflicto está mencionado de una manera muy sutil. ¿Cree que el cine, especialmente el colombiano, debe mantenerse imparcial frente a los conflictos o debe defender alguna bandera?

El cine no es algo inocente como nos lo enseñó Theo Angelopolus (director griego, ganador de la Palma de Oro en Cannes en 1998 por La eternidad y un día). El cine participa en la evolución del mundo y es el mundo el que lo marca. No está al lado, está adentro y debe involucrarse con esa sociedad que lo inspira. Comparto esa concepción del director teatral italiano Eugenio Barba de que el arte no puede evitar ser político, lo que no quiere decir que hable de política sino que tenga una política: una visión del mundo y de cómo lo quisiéramos.

Más que ser el fondo de la película, se siente una relación muy fuerte y simbólica con la naturaleza y el paisaje de la Laguna de la Cocha en Nariño. ¿Cómo fue el proceso para adaptar el filme a este escenario?

Había que saber interpretar el lugar. En La Sirga el escenario es más que un simple decorado, es un personaje que envuelve todo en una atmósfera y cataliza las tensiones entre los otros personajes. Precisamente la carga simbólica de la Cocha fue la que detonó la historia y no al revés. No es el caso de una historia que se podía trabajar en cualquier escenario. Nace y se hace en este lugar sagrado. Por eso fue tan importante el trabajo de observación para ver qué pasaba allí y cómo sus elementos podían ser un símbolo o metáfora comprensible en cualquier parte del mundo.

Luego de recorrer el país en su trabajo como realizador de televisión y de grabar en la Cocha, ¿siente que hay una visión muy diferente del conflicto y de nuestra misma relación con el país desde las ciudades? ¿Es el cine un medio para reconciliar este abismo?

Hay un viejo dicho que dice que una buena cura para la ignorancia es viajar. Las ciudades están mediadas, son ignorantes. Si se viaja se abandona un poco esta mediatización. Por otro lado, vivir en el campo colombiano es entender históricamente el conflicto. El citadino no lo entiende porque lo ve desde lejos, no lo conoce. Hay que entender el conflicto colombiano como una lucha de tierras. También hay que saber que este campo ha sido saqueado históricamente y ese saqueo también proviene de las ciudades. En la ciudad se consume todo lo que viene del campo, pero la ciudad no devuelve nada más que indiferencia. Nos han hecho creer que este país es urbano y no, somos un país rural. En ese sentido, la deuda del cine por reconciliar la distancia entre campo y ciudad no es sólo del cine, es del país entero; hemos crecido pensando que el campo es un retroceso, que es menor, y no se ve como un origen ni se reconoce su valor.

Películas como Chocó, Sofía y el Terco, La Playa o La Sirga, están abordando otros relatos sobre la colombianidad, muy celebrados por la crítica y en festivales, pero que no se convierten en éxitos taquilleros en Colombia…

Hay que entender que las historias de tipo personal en todo el mundo, no sólo en Colombia, son consideradas por los públicos como películas más herméticas, pero estas películas le apuntan más a un valor cultural que a un valor comercial. Ahora donde todo se mide por likes, por número de espectadores, por cifras y cifras, hay que replantear el discurso. No se puede medir si una película es buena por una estadística. Uno hace películas para la gente, para todo el mundo. Si te ve una minoría en cada ciudad o país, al sumar todas las minorías, se convierte en una multitud.  Más que el éxito en taquilla, hay que preguntarse qué huella deja una película como esta en la gente y ver si eso se puede medir. Es decir, ¿cómo se mide una experiencia? ¿Que representa una película de estas en el público?