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Una noche de sangre y lluvia

Por
Redacción Shock

“Que llueva sangre no es un milagro; es Bogotá”. Hay miedo. Siempre hay miedo. Mil setenta y cuatro cadáveres en 253 días; cinco cada día o noche del 2009:  1.074 muertes violentas, homicidios. Esa es Bogotá sin ficción, cruda, voraz, fría. La ciudad que Medicina Legal reportó el pasado 10 de septiembre y la que Jorge Navas escarbó, olió y sintió.

Un museo de la locura, dice, que en la noche arde, hiere y suelta sus demonios. Hijos tristes, vacíos y terriblemente solos que la desafían. La venganza y la ira, revueltas y apretadas en algún espíritu ciego. La muerte y la aprensión, el bazuco, las prostitutas y la indigencia, la rumba, el alcohol y el sexo, las navajas y las balas… La sangre y la lluvia. Todas bullen en las entrañas de esa urbe sombría y libre, mientras algunos duermen. Pocas veces el amor cruza las esquinas o sube a un taxi… el amor, tan deseado y tan esquivo.

El relato de Jorge Navas perturba, sin que su aliento rodee lo grotesco como excusa. Es esa ciudad herida, de texturas, densa y colmada de sombras, contrastada con la lluvia, el viento y el frío. Expresionista y romántica, la define, una exaltación de las fuerzas de la naturaleza que influyen en las almas solitarias.

Sus escenas no tienen prisa, van soltándose entre la violencia, la cocaína y el desagravio; se liberan lentamente para exaltar el olor de las calles húmedas, de una masturbación y un fierro cargado; el sabor de unas lágrimas y el brandy; el dolor de sus personajes y su profunda soledad.

“Cuando empecé a hacer y a escribir la historia, todo el cine colombiano era muy anecdótico y superficial. Todo pasaba sin observar, sin profundizar y siempre me he identificado con otro tipo de cine más contemplativo, más psicológico, como que todo respire y tenga su tempo para desarrollarse”, confiesa. Quizá por eso su ópera prima es simple, sin grandes efectismos. Es una historia que pondera la belleza como primer elemento narrativo.

“La sangre y la lluvia tiene un ritmo opuesto a lo que la gente está acostumbrada a ver. Pero eso lo tenía que balancear con algo poético y algo bello que te mantuviera ahí, que no fuera la contemplación por la contemplación sino que hubiera de verdad belleza, algo que no te suelte”.

Su poesía es visceral, el suyo es un romanticismo negro. Una metáfora lóbrega que por poco le hace perder la razón los últimos siete años: la ciudad, la sangre de sus muertos y la lluvia diluyendo ese rastro espeso de un ser anónimo, de otro cuerpo herido. “Todas las noches llueve y esta lluvia borra la sangre de las calles, llevándose entre caudales de este líquido mezclado y sucio, las huellas y la memoria a las alcantarillas y los desagües, desapareciendo en los subsuelos de la ciudad, como en los subsuelos de la memoria”, escribió el director y guionista para presentar su película.

Pero, ¿cómo iba a saber Jorge que el día en el que se vería por primera vez La sangre y la lluvia -en el Festival Internacional de Cine de Venecia-, se anunciaría que, en 253 días, Bogotá había matado 1.074 veces? La metáfora de una noche violenta nacía en la pantalla, mientras la ciudad revelaba la verdad de cada uno de sus días. Qué ironía.

Navas tiene un poco de vampiro, de guerrero nocturno. Por eso su historia no miente. Está untada del coraje que lo llevó a probar la noche, a tentarla como quien tienta a Satanás. La dama oscura le robó el alma o él se la vendió, quién sabe. Pero se ve en los minutos de su película: la madre, cortesana y ama de la oscuridad, luce aún más negra, voluptuosa y propia.

Aunque él no pertenece a esa metrópoli que La sangre y la lluvia escudriña, aunque ciertamente Bogotá no es su cuna, Navas ha hecho de ella su devastadora musa. “Recorro sus calles sintiendo su pasión y su dolor, acompañado de una esperanza que siempre está aplazándose en medio de la guerra, el caos reinante y la descomposición social que todo el tiempo me respira al cuello. Siento la sombra de la muerte recorrer junto a mí estas calles, pero también siento la vida que en cada esquina busca emerger y crear”.

Dice ser un romántico y un rayado que ve en los transeúntes y en los anónimos la evidencia ineludible de que hay vida aun cuando la muerte ronda con un ánimo de señora invencible. “Este contraste radical entre vida y muerte no deja de mostrarme una fuerte dosis de poesía proveniente de sus entrañas. De todo esto necesito hablar, de todo esto necesito dejar testimonio”.

La noche de La sangre y la lluvia podría ser una cualquiera -de jugosas mujeres que bailan en bikini, de un hombre que llega casi muerto a un hospital, de taxistas tomando café en una tienda ambulante-, excepto por su magnífica desolación, la misma que permite un encuentro, una historia de amor tan intensa como efímera. “Dos universos autodestructivos, cargados de un pasado inevitable, se encuentran y empiezan a percibir un rastro de luz en medio del sinsentido y la oscuridad. Una historia de una sola noche y de un amanecer, por donde desfilarán las criaturas de las calles, el bien y el mal en su perpetua y contradictoria procesión, acompañados por los instintos de fuerza, poder y sobrevivencia”.

El amor, tan deseado y tan, tan esquivo, es el real detonante en la vida de Navas y en la de ese par de seres que creó como monstruos, fantasmas con piel nueva y nuevos diálogos, pero al fin y al cabo eso: fantasmas de su vida. Ángela y Jorge (no el director, sino el protagonista con su nombre, que ya dice mucho), se acercan a la sordidez para sentirse vivos, son “vampiros errabundos en búsqueda del amor”. Hermosos Frankensteins de las mujeres que ha amado, muchas de ellas teñidas de locura y soledad, tantísima soledad; de él como jinete de la noche, como amante.

Ángela tiene las membranas de una mujer libre, aunque por sus venas corre la sangre de una fiera desolada; mundana, toxicómana y herida tan profundamente que vaga en el peligro para estimular su corazón. Una carne, unos ojos y un gesto que Navas, casi desde que inició la escritura del guión, idealizó en la carne, los ojos y el gesto de Gloria Montoya, hasta ahora una sensual desconocida.

Jorge (el protagonista) está herido y violentado. A bordo de un taxi recorre aquella ciudad calada en busca de un asesino, el que le quitó la vida a su hermano. Con un tanto de héroe bobo y caballero errante, Jorge conduce su taxi hacia lo inevitable: la venganza, esa “enfermedad colombiana”, como la describe Navas. Quique Mendoza es quien se lo echa al hombro y lo alimenta de su formidable carrera actoral en teatro y televisión, pero especialmente de su pasmosa sensibilidad, de lo que él llama “garrita” para enriquecerse de experiencias, de calle, de personalidades.

Crédulos en que la casualidad no existe y rodeados más bien de razones causales, Gloria y Quique batallaron el proceso de casting sin que para nadie fuera un secreto que compartían una historia de amor real. Si Gloria no hubiera conseguido interpretar a Ángela, probablemente hubiera enloquecido, dice entre risa y fatal sinceridad. Leyó el guión cuando apenas era un borrador y, sin una historia en la actuación que la respaldara, empezó a sentir a esa mujer afectada y solitaria como su alter ego delirante. La necesitaba para su propio exorcismo, para matar quién sabe qué demonios. Quique, más aterrizado, como se define, tambaleó en el papel de Jorge, pero sería finalmente su capacidad interpretativa de tonos humanos lo que le entregaría el dolor del taxista y lo llevaría a recorrer la noche bogotana.

Desgarrada totalmente y con esa condición suya de sentir visceral, Gloria concibió a Ángela entre las costillas, en sus pechos, en sus bocanadas de humo. Quizá sea por lo que ella dice, por lo que confirma Navas y con lo que está de acuerdo Quique: hay una Ángela en cada mujer desconocida. Reprimida o censurada por esta sociedad idiota, la mujer guarda entre su sexo, su desconsuelo y su cautela a una libertina, frenética y sin ataduras.

Eso es Ángela, eso somos, y esta película lo sublima: es una cinta de pasiones femeninas, íntimas y escondidas.
Así como Navas, Gloria también obedecía a la noche como si su fiereza le ayudara a extender las alas. Por eso, quizá, ronda las calles en La sangre y la lluvia devorándose  su oscuridad con una confianza exquisita.

“Se masturba, baila, llora, toca manes, grita, es atacada sexualmente… pasa por todas las gamas emocionales posibles”, dice Jorge Navas del trabajo de Gloria, mientras recuerda los dos intensos meses de rodaje.

Esas noches en las que el equipo intimó con zonas rojas y expendios de drogas, con la indigencia y la miseria, con prostíbulos, hospitales y calles húmedas. Esas noches eléctricas y heladas que los cambiarían para siempre. Ninguno volvería a ser el mismo jamás después de estar cara a cara con esos personajes que deambulan con la tristeza, el hambre, la delincuencia y el aislamiento a cuestas. Se enfrentaron como nunca antes a los terrenos ocultos de la inhóspita Bogotá, a sus detonantes de miedo, a su cotidianidad nocturna.
Director, actores y el gran equipo de técnicos, maquillaje, vestuario, luces, comidas y hasta el Ejército que los custodiaba, se volvieron animales nocturnos durante esas siete semanas, viviendo hasta la madrugada, escondiéndose durante el día y saliendo de nuevo, como vampiros reales, a esa noche de expedición por la ciudad árida y furiosa, por sus entrañas.

“Fue descubrir a esas personas a las que uno les teme y les tiene distancia. La tuvimos muy cerca y es gente muy bella. Algunos habían estado en la cárcel, otros eran asesinos, casi todos estaban arrepentidos de algo, realmente era gente muy hermosa. Nos encontramos con el que cuidaba el metedero de bazuco y terminó súper parcero nuestro, y con otro que se fue a rodar una escena y dejó a la esposa embarazada. Cuando volvió, la habían apuñaleado”, cuenta Navas ido en sus recuerdos, sinceramente agradecido porque algunos cedieron su escenario cotidiano para exhibirlo al mundo en 35 milímetros.

Gloria, por su parte, relata su experiencia todavía con esa agitación de la primera vez ante la cámara. Las mujeres, prostitutas, vendedoras de tinto, indigentes… a todas les robó algo, a todas les pidió prestada su experiencia para alimentar su personaje afligido.
 
La película está lista. El resultado de la lucha que Jorge Navas libró durante siete largos y obstinados años se verá en Colombia el próximo 30 de octubre. Su caprichosa y pasional primera película, esa que le quitó el sueño, la paz, la cordura y que hoy lo bendice, lo arroja a las filas del cine colombiano como un narrador excepcional. Porque hay mucho de Navas en La sangre y la lluvia. Del cine negro que lo inspira profundamente: el hombre que batalla por un ideal perdido, atrapado en la delincuencia, contra su destino y la sociedad; la femme fatale que en apariencia lo domina todo, pero que tiene el alma partida.

Una amalgama emocional que resulta de la maldad y la ferocidad, del romanticismo y las sensaciones densas. Hay mucho de Bogotá. Hay mucho de todos y todas. Hay mucho de nuestro miedo.

En un pequeño pueblo colombiano, el pasado 1 de agosto, como lo informó la prensa local, llovió sangre. ¿Fue una señal divina o un castigo de Dios? Un mes después, la ciudad capital anunciaba apenada sus 1.074 cadáveres, y Navas exhibía su película en Venecia. La crudeza de la frase estremece: “Que llueva sangre no es un milagro; es Bogotá”. Pero cuántos en sus casas no preferirían que en vez de correr, de derramarse habitualmente como vestigio de nuestra violencia descarnada, la sangre cayera sobre sus ciudades como un fenómeno divino.

FICHA TÉCNICA


La sangre y la lluvia
Dirección: Jorge Navas
Reparto: Gloria Montoya,
Quique Mendoza, Hernán
Méndez, Weimar Delgado,
Julián Díaz.
Guión: Jorge Navas, Carlos
Henao y Alize Le Maoult
Dirección de fotografía:
Juan Carlos Gil
Dirección de arte:
Jaime Luna
Montaje: Sebastián
Hernández Z.
Música original: