Se encuentra usted aquí

Viendo a través del tacto un mundo negro de colores

Por
Redacción Shock

“Aunque la vista proporciona más información en menos tiempo, el tacto es una percepción complementaria irremplazable, tocar nos da una sensación de realidad que ni siquiera el ojo puede garantizar. A pesar de su perfección el ojo nos engaña con frecuencia. El tacto en cambio es casi siempre leal”. Se lee en uno de los capítulos de Proyecto Piel, un libro de Julio César Londoño.

Los ciegos expresan que la vista no necesita de la proximidad para poder percibir las cosas. El ver implica un alejamiento, una cierta barrera transparente que incluso en ocasiones hace de su acto una acción displicente. Muchas veces la relación que se tiene con las cosas que vemos es la misma que tenemos con una buseta: se nos revela la ruta a una cierta distancia, depende del grado de miopía o astigmatismo; les estiramos una mano de forma displicente y nos subimos a esta pensando que la ruta ya es conocida. Cuando de ver se trata, la cercanía y el acto de involucrarse muchas veces parecen tener un papel coprotagónico.

Sin embargo, tan sublime puede llegar a ser la privación de la vista que en la antigüedad los ciegos hacían el papel de oráculos, seres especiales que por su capacidad de acceder a otros espacios de realidad y a otros lugares significativos a través del desprendimiento de los ojos -de las imágenes que estos reproducen y del engaño que este sentido podría traer- eran estimados como hombres sabios y superhombres. No como discapacitados. Esa noción del ciego como un discapacitado es una percepción que necesita ser reevaluada.

Iniciativas como las del Museo Nacional y la Galería Táctil del Louvre de París en su exposición “Sentir para Ver” (presente hasta febrero de 2009 en dicho museo) invitan a que la piel nos permita acceder a nuevos niveles de visión. Tocarle los senos a la Venus de Milo, aproximarse a la figura desnuda de un griego y lograr una imagen del mismo sintiendo sus contornos y formas que, a la vez, plantean un nuevo encuentro con el tacto. “La noción de discapacidad es una noción bastante relativa, es simplemente una condición distinta de acceso al mundo” dice-Philippe Maffre, curador de la Galería Táctil del Louvre.

Sentir involucra inevitablemente a los sentimientos, y quizás por eso es interesante pensar en algo como “el amor a primera vista”, algo que quizás para un ciego no tenga mucha relevancia. Sin embargo, este enunciado pone en claro la permisividad que tienen los ojos para hacernos creer cosas estúpidas, pues en una realidad llena de fantasmagorías y hologramas es más fácil ser engañado por lo que vemos que por aquello que realmente sentimos. En su libro “Proyecto Piel”, Julio César Londoño dice: “El amor entra por los ojos, sí, sigue por el oído -lo que se dice es tan importante como la manera en que se dice-, pero se consuma en el tacto y empieza siempre por las manos”. Así, alguien podría pensarlo dos veces antes de profesar su amor por alguien a quien apenas ha visto y no ha tocado, y más bien aplicar la maniobra que Ray Charles hacía cuando se disponía a buscar pareja: sentir su mano.

En pro de aumentar la sensibilidad de este texto y pese a la imposibilidad de que usted toque o si quiera pueda ver las imágenes de manera apropiada, le propongo que le de play al video que está en los asuntos relacionados, que cierre los ojos e imagine los colores y nos lo abra nuevamente hasta que la canción de Hot Chip, llamada “Colours” quede en silencio.

Colours are what
keep me alive
colours are what
to hold in my head

¿Cómo poner un color en letras, cómo generar impresiones de los mismos a partir de una melodía, cómo describirlos a través de una completa oscuridad? El mundo de las tinieblas arroja muchas más luces sobre nuestros propio estado de incapacidad que el que tienen aquellos quienes son ciegos. Su potencia de ver a través del tacto, del oído e incluso del olfato y de congregar cuatro sentidos en una acción hace ver pobre y poco contundente nuestra capacidad.

Con la finalidad de poner otras condiciones a la vista –y más bien al tacto-, una serie de publicaciones se han convertido en espacios de inclusión para los invidentes: narraciones, representaciones y gráficas entablan conversaciones a través de relieves y braile entre mundos que se distancian solo a partir de la cantidad de luz que logran percibir.

Este es el caso de “El Libro Negro de los Colores”, de Menena Cottin y Rosana Faría, y de la revista “Colors” número 72, una edición especial sin color.
El primero trata de hacer representaciones del color a partir de texturas y figuras que los contienen, genera imaginarios táctiles y descritos con palabras hechas de puntos de lo que puede ser el rojo, el amarillo e incluso el negro, color que podría ser el más familiar para un ciego. “El rojo es ácido como una fresa y dulce como una sandía pero duele cuando se asoma por el raspón de la rodilla” y “El negro es el rey de los colores, es suave como la seda cuando su mamá lo abraza y lo arropa con su cabellera”.

Sumergirse en la lógica de un invidente y palpar las hojas de este libro no genera más que cierto cuestionamiento sobre nuestros propios impedimentos, ya que tocando solo sentimos muchas líneas y nunca formas concretas, algo así como una bofetada negra y en relieve a la imaginación mermada y la poca sensibilidad que tenemos como videntes.

“Colors”, por su lado, una publicación italiana que dedica su edición 72 paradójicamente a la ausencia de color; entrecruza en sus páginas relatos y modos de vida de personajes tan variados como un rapero, un pescador africano, un futbolista brasilero y una campirana europea, todos con una característica en común: su ceguera.

La historia de Rob Quest, de 36 años, rapero de profesión y capaz de bailar, ir y venir, dar vueltas, atornillarse y agacharse; la vida de Mizael Conrado de Oliveira, una de las estrellas de la selección brasileña de futbol de ciegos; la fortaleza de Cecilia Camellini, de 15 años, para quien el agua se presenta de diferentes colores dependiendo del ánimo que tenga cuando quiere nadar; y la vida sin tropiezos de Michael Hingson, de 57, sobreviviente invidente de los atentados contra el World Trade Center el 11 de septiembre dejan una pregunta y una reflexión en el ambiente: ¿Por qué teniendo los cinco sentidos y una visón casi 20/20 me la paso en el piso o dándome con el borde de la cama con el dedo meñique, dejando caer las cosas y tropezándome en la calle con cuanto bolardo poco visible hay por ahí?

Y creo que la respuesta es simple y no es una cuestión de superioridad o de súper habilidades. Simplemente parece como si la potencia del cuerpo estuviese enclaustrada, constantemente, dormida y desaprovechada. Como si cinco sentidos nos quedarán grandes y trabajaran a media marcha, y que el usual regaño de mamá cuando uno se iba de bruces en la arenera y se raspaba hasta el copete es más que apropiado para la ocasión: “Es que tiene los ojos de adorno”. Y no, quizás no los tengamos de adorno pero sí es posible que los tengamos en un constante estado de agüevamiento.