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Zoé y su viaje cósmico

Por
Redacción Shock

Las verdades de este mundo jamás bastan. Esa parece ser la tesis de Zoé. Una banda mexicana que, desde su nacimiento, ha decidido viajar al corazón del Universo a bordo de una nave de puro rocanrol, para desentrañar, entre los pliegues del espacio y de los sueños, los misterios de la vida y de la muerte y del amor.

Desde que apareció en el panorama con un primer disco homónimo en el 2001, la banda se distinguió por una propuesta de rock nocturno y sideral que, más en deuda con Ziggy Stardust que con Café Tacvba, desentonaba con un panorama alterlatino cada vez más indulgente con las fusiones folclóricas y más reacio a la introversión.

A ese primer trabajo lo seguirían tres: Rocanlover (2003), con sus himnos beatlescos Love y Peace and Love (y una gemita: una balada psiconáutica llamada Polar); The Room EP (2005), con una electro-sombría, Dead; y Memo Rex Commander y el Corazón Atómico de la Vía Láctea (2006), una pura travesía intergaláctica que encuentra su clímax en Vía Láctea, una canción perfecta que resalta la principal cualidad de este quinteto: su sensibilidad pop. Un corpus sólido que, entre el major y la autogestión (han estado con sellos como Sony y EMI, y con independientes como Noiselab), no solo convirtió a millones a su credo, sino que los hizo rebosar las fronteras de México, el hogar de su ejército de fieles: los Rocanlovers (esos mismos que hace cuatro años llenaron por los miles el Palacio de los Deportes del D.F. para celebrar los diez años de la banda, evento que quedaría registrado en un DVD alucinante: 281107).

Comandada por León Larregui en la voz y la composición, a la tripulación la completan Sergio en la guitarra, Rodrigo en la batería, Jesús en los teclados, y Ángel en el bajo. Bordeando los 40, ellos están pasando por su mejor momento. Vienen de grabar una obra maestra del rock en español: el Reptilectric (2008), una acertadísima novela sonora de ciencia ficción que, entre lo profético y lo antiutópico, describe eso que los filósofos llaman ‘la noche del mundo’: cuando el abismo nos devuelve la mirada.

Ya tocaron en Coachella. Ya conquistaron el difícil mercado hispano en Estados Unidos y uno más difícil aún: el español. Ahora, después de casi 15 años de carrera, reciben un premio que los certifica como una de las inmortales: este mes lanzan al aire Música de Fondo, su MTV Unplugged. Ya es justo decirlo: actualmente, Zoé es una de las grandes del rock en español.

Invitados a Colombia por Shock para una premier exclusiva de su Unplugged y como antesala a su presentación en el Festival Estéreo Picnic, charlamos con los fundadores de la banda: Sergio y León. Vale la pena resaltar que no fue un encuentro cualquiera. Tras el origen de la obra nos encontramos con el rostro de su autor. Un León Larregui cosmonauta e hiperlúcido que, siempre entre la oscuridad y la luz, nos conduce por una geografía espiritual que también es una bitácora de vuelo. Un camino hacia la salvación.

Hablemos de Música de Fondo, el Unplugged que acabaron de hacer para MTV.

León: De chavitos éramos fans de muchos Unplugged, el de Nirvana, el de The Cure, el de Illya Kuryaki, entonces cuando nos invitaron a hacerlo, inmediatamente dijimos que sí. Es algo que solo hacen bandas que han alcanzado cierta importancia con su carrera, entonces que nos dieran ese honor pues fue increíble.

¿Cómo nace el concepto de Música de Fondo?

L: Pues empezamos a ver qué canciones queríamos poner, habían como 25 “candidatas”, y la onda fue que no queríamos hacer la típica versión nada más desconectada, de fogata, sino versiones nuevas, en las que nos adentráramos más en la experimentación, en cambiar cosas, invitar gente…

Sergio: De repente soñábamos con estar más cerca de Morricone que de un Unplugged tradicional. Queríamos un ensamble más interesante, con sonoridades provenientes de cualquier recurso; por ejemplo, el set de batería parece un puesto de mercado de pulgas, hay maletas, charolas, sillas, una jaula de pájaro. Entonces yo creo que los dos factores fundamentales fueron esos: rodearnos de amigos muy cercanos y de todos estos recursos y juguetes…

Haciendo una lectura del panorama actual de la industria, sobre todo luego de su caída, Zoé parece ser la última gran banda de rock de Latinoamérica. ¿Qué opinan?

S: Espero que no sea así, porque eso sería como afirmar que ninguna banda la va a lograr sin el apoyo de las transnacionales. Yo más bien le apostaría a que el buen uso de los nuevos medios y tecnologías para producir música y conectarse con la gente, que están en manos de las bandas, sea el que impulse nuevos fenómenos importantes en la música latinoamericana. Nosotros no nos conectamos con la gente porque la disquera esté enviando comunicado tras comunicado. Nos conectamos a través de Facebook, Twitter y YouTube. Entonces teóricamente tendría que suceder lo mismo con cualquier banda que tenga los argumentos para hacerlo.

Ustedes han estado de ambos lados: con sellos grandes (como Sony y ahora EMI) y con sellos independientes (como Noiselab). ¿En dónde se sienten más cómodos?

S: Ahora tenemos lo mejor de los dos mundos. A pesar de estar firmada con un sello grande, Zoé sigue operando desde la autogestión. Nosotros estamos a cargo de todo el proyecto, no hay ninguna restricción por parte del sello, simplemente se nos entregan los presupuestos y nosotros nos dedicamos a hacer todo, desde el álbum (cuándo lo vamos a hacer, con quién…), hasta el arte, los videos… Zoé genera todo el contenido y lo entrega, y de ahí en adelante pues se trabaja en conjunto con el sello.

Siendo un grupo oscuro, frío e introvertido, ¿cómo hicieron para crecer dentro del contexto de la música hispana contemporánea, en su mayoría colorida, caliente y extrovertida?

S: Eso lo que tomó fue tiempo, que la gente lo empezara a asimilar y lo hiciera suyo. Si te fijas bien en nuestra carrera, te darás cuenta de que durante los dos primeros álbumes no pasaba nada. Fue como hacia el final del segundo disco y sobre todo con Dead que llegó un poco de éxito, un boca a boca más fuerte que poco a poco ha ido contagiando a Latinoamérica. Quizás cuando arrancamos estábamos más fuera de contexto, pero ahora hay una generación de bandas nuevas que proponen un lenguaje más universal en su música. Nosotros pertenecemos a una generación intermedia de bandas previas que estaban muy mexicanizadas, y para nosotros era muy importante hacer una música honesta, de lo que nos salía, en un lenguaje mucho más universal. Una música por sí misma, no necesariamente con ninguna bandera o referente folclórico.

No hay muchos referentes como ustedes en México… aunque, bueno, Caifanes, por ejemplo, al comienzo era una banda oscura…

L: Sí. Caifanes ha sido una de las bandas que nos han influenciado más en español… y, claro, Soda Stéreo.

¿Y cuál es el origen de la oscuridad de Zoé?

L: Yo creo que todos tenemos ese lado oscuro. Pero un grupo que nos gusta mucho en ese sentido es The Cure. En ellos hay oscuridad y melancolía, pero al mismo tiempo un toque de esperanza y luz. Creo que nosotros tenemos un poco de eso. Sí hay un montón de oscuridad, pero al mismo tiempo está como peinada con un poco de esperanza y alegría y cosas positivas.

Ahora que lo pienso, los referentes mexicanos en Zoé no son tan obvios, pero están. Por ejemplo, “Reptilectric”, que es el nombre de su último disco de estudio, hace referencia a la deidad Quetzalcóatl, la gran serpiente emplumada de Mesoamérica…

L: Sí. Un día investigando me dije “Mmm… voy a ‘updatear’ a Quetzalcóatl, le voy a poner un nombre más rockero… (risas). Entonces de ahí surgió el personaje de Reptilectric. Luego empecé a leer varios libros de profecías Mayas y eso… ya sabes, el 2012 y esas cosas, y eso también influyó en el disco.

Sí, el álbum tiene un tono profético. En canciones como Babilonia, Neandertal, Últimos días…

L: Esas rolas sí tienen esa reflexión profética del fin de los tiempos.

¿Y ustedes creen en el “Fin de los tiempos”?

L: Yo lo que sí creo es que va a haber un cambio. No creo que vaya a ser el fin de los tiempos o el fin del mundo, pero sí creo que la humanidad está cambiando. Yo creo que… cósmicamente… (risas)… como que hay información que está llegando a la conciencia de la gente. Y he visto cambios interesantes, cambios que tienen que ver con la espiritualidad. Al mismo tiempo también se sienten el enojo y la desesperación.

Eso también se siente en Zoé. Ciertos fantasmas que intentan conjurarse a través de la música. ¿Se logra?

L: Sí, es una forma de procesar emociones. Canalizarlas siempre es algo positivo. Esa siempre ha sido mi terapia. Agarro la guitarra cuando me siento así y después de que la suelto ya me siento mejor.

¿Y le funciona para exorcizar demonios?

L: Sí. Creo que si yo no compusiera música ya estaría en el manicomio, o quién sabe dónde… (risas).

Si uno pudiera inscribir a Zoé dentro de un género literario, este sería, sin duda, la ciencia ficción…

L: Sí, somos fans de la ciencia ficción. Somos generación Star Wars, Pac-Man, entonces como que se mezclan esas mitologías. Aunque yo no me acuerde de esto, mi mamá siempre me cuenta que, una vez, cuando yo estaba muy chico, en un parque en el D.F. había unos mariachis, y yo empecé a gritarles que quería que me cantaran la canción de La guerra de las galaxias... (risas). Pero sí, eso siempre ha estado bien marcado. En las letras y eso que tienen que ver con el espacio. 2001 de Kubrick es mi película favorita, y Blade Runner… creo que he visto todas las películas de ciencia ficción, aunque sean malas.

¿Y literatura?

L: Soy fan de Ray Bradbury, el de las Crónicas Marcianas. Ese es mi libro.

Como en la ciencia ficción, en Zoé el espacio es un motivo recurrente, pero no como un recurso gratuito, sino como metáfora del ser…

L: Donde hicimos el Reptilectric y el Memo Rex es un rancho en Texas que queda como a una hora de todo, no hay nada a kilómetros y kilómetros a la redonda. Ahí, en las noches puedes ver las estrellas, todo un brazo de Vía Láctea… es muy inspirador. Ahí he escrito todas las letras. Aparte, estamos nosotros solos, entonces también se convierte en una especie de retiro… Creo que en todos los discos de Zoé hay un montón de reflexiones existenciales y espirituales. Y que la gente lo sienta es bonito.

Sus letras están repletas de imágenes así…

L: Más que escribir poesía me encanta construir imágenes.

¿Y cuál es la imagen más recurrente en su cabeza?

L: Imágenes recurrentes… mmm… yo creo que volar.

¿Y por qué volar?

L: Mmm… ya sé que lo que voy a decir va a sonar raro, pero… yo suelo tener muchos viajes astrales, ¿sabes? Entonces sé perfectamente cómo volar.

Cuénteme más de estos viajes astrales… ¿Cómo llega a ellos? ¿Puede inducirlos?

L: Pues… no. Así como a voluntad, no. Me sucede a veces, mientras duermo…

¿Pero qué siente?

L: Siento como… ingravidez… separación como del cuerpo, pero al mismo tiempo conciencia total de que estoy dormido pero libre en otra forma corpórea en la que me puedo mover y hacer lo que quiera.

Descríbame la sensación…

L: Al principio da mucho miedo. Terror total. Tú dices: ‘¿Qué onda? ¡Ya me morí!’, y te pones tieso. Pero luego te relajas y entiendes que tu cuerpo ya está desconectado. Que ya te desprendiste. Entonces comienzas a sentir vibraciones muy fuertes y al rato es como si te convirtieras en una especie de gas… He leído mucho de ese tema también. Hay gente que le dice ‘sueños astrales’ o ‘desdoblamientos’… en el Don Juan de Castaneda se le llamaba “ensoñar”…

¿Y se inspira en esos viajes para hacer música?

L: Pues de repente sí, me pasan cosas ahí que me inspiran, imágenes, cosas que veo. A veces también conozco gente y tenemos conversaciones… y de repente me encuentro preguntándome: ‘¿Qué hago con esta información que me acaban de dar?’. Nunca es que regrese con la información muy… este… decodificada. Viene muy codificada. Números… O nada más recuerdo despertar y que estaba como en una clase, pero no me acuerdo de qué. De repente es muy difícil recordar. Pero hablando de volar, de eso sí me acuerdo perfecto: cómo se siente, cómo controlarlo y cómo hacerle. Eso es lo extraño. Ahorita podría volar si estuviera ahí, porque sé cómo se hace. No es como Superman ni como esos superhéroes; es en otra dimensión. El otro día estaba platicando con una amiga que está muy clavada en el budismo, y ella me contaba sobre unos monjes tibetanos que podían manipular atómicamente la materia, que podían caminar sobre el agua, volar, estar en dos lugares al mismo tiempo… cosas así.

¿No han experimentado algo como grupo, me refiero a algún tipo de investigación psiconáutica? Ya sabe, como los Aterciopelados con la ayahuasca, los Beatles con el LSD…

S: Bueno, sí hemos hecho las plantas de México. Las de la selva. No en grupo, pero sí cada quien por su lado.

¿Peyote y hongos?

S: Yo no hice peyote, pero hongos sí, con una chamana de Oaxaca, en un lugar al que iba gente como Dylan.

L: Yo también, los hongos en Huautla de Jiménez, que es donde fueron los Beatles y los Stones. Ahí tuve también visiones y revelaciones importantes.

¿Qué vio?

L: De repente son cosas que aún no he podido descifrar. Nada más veía el cielo y las plantas y las montañas y lloraba y decía ‘¿Qué tonto soy? ¿Qué hago en la ciudad? ¿Qué estoy haciendo?’. Era algo realmente revelador y existencial y bonito. En Oaxaca los mazatecos llaman a los hongos ‘niños Dios’. No es una droga, es algo sagrado, es un vehículo que los lleva a tener revelaciones de conciencia, que los acerca a eso que nosotros llamamos ‘Dios’.

S: Sí, sobre todo te lleva a reconocerlo todo como un gran organismo.

L: Te das cuenta que todo tiene un espíritu. Que el agua tiene un espíritu. Que tú tienes un espíritu. Que el planeta tiene un espíritu. Es impresionante.

Son muchos los que canalizan ese tipo de mensajes a través de la música…

L: Yo creo que en estos momentos que vivimos, si no haces algo que genere conciencia, no funciona. Si haces música para entretener, me parece que estás haciendo poco. A mí la música que más me gusta, que considero buena, es la que me genera conciencia. Esa que después de escucharla digo: “Algo cambió en mi cabeza, en mi espíritu”. Esa es la música que nos gusta hacer con Zoé.