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¿Qué tan malo (o bueno) es realmente ver porno?

Trastornos mentales, estereotipos sexuales, huesos cinematográficos y tabús religiosos. ¿Qué de bueno tiene ver porno?
Foto. Gettyimages
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Por
Trilce Ortiz

A mí el porno tradicional jamás me ha gustado, así que puede que esta nota no sea lo más objetiva. Mi primer intento de ver pornografía se lo concedí a la versión XXX de Blancanieves y los siete enanitos, que no logró excitarme en lo más mínimo, pero por poco consigue dañarme el recuerdo dominguero de los Cuentos de los hermanos Grimm. De ahí en adelante le di un par de oportunidades más a la cosa con el clásico setentero The Private Afternoons of Pamela Mann, las mamasitas de Manhunters y más recientemente algunos clips del español Nacho Vidal. Ni modo, el porno básico y ramplón no me da nada de nada. Sin embargo, entre mi disgustos caben los gustos de todos los #pornofans. Al que le gusta le sabe pero, ¿qué tan bueno (o malo) es ver porno realmente?

“Uno de estos animales si es como los otros”

Atrás quedó la época donde ver porno era considerado ultra-subversivo o incluso medianamente pecaminoso. Aunque no falte el religioso que balancea su sentido de culpa con su disfrute sexual, la verdad es que todo el mundo ve porno. Según estadística del canal Pornhub, la gente consumió 4.6 miles de millones de horas de pornografía en el 2016, y eso sólo en Internet. Si de tener gustos comunes con un tren de desconocidos alrededor del mundo se trata, nada mejor que el porno.

Veredicto: gol indiscutible para el porno por su capacidad de masificación.

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi maldita culpa”

Hay tres temas que ponen delicado a casi todo el mundo: la política, el fútbol y la religión. Por lo general evito tocar a profundidad alguno de los tres, porque como buena librada me gusta la armonía y le huyo a la discordia -#llamemecobarde- Habiendo dicho esto, según las estadísticas del Annuarium Statisticum Ecclesiae, que entrega el Vaticano anualmente, Colombia es el sexto país con más católicos por tasa poblacional en el mundo, así que ni modo, me les voy a meter un trisito al rancho. Según la Biblia (Mateo 5:28)  “todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón” -sólo hay que cambiarle el género y aplica también para las chicas-, y prosigue (proverbios 6:32-33) quien “comete adulterio no tiene entendimiento, destruye su alma el que lo hace. Heridas y vergüenza hallará, y su afrenta no se borrará”. La culpa, mis queridos, no es innata al ser humano, sino una construcción social derivada, sí, del cristianismo. Hay quienes no van a misa un domingo y se sienten pecadores; hay quienes se masturban y se sienten culpables; hay, también, quienes ven porno y después andan con una culpa al hombro del tamaño de un elefante.

Veredicto: La vaina entre la religión y la pornografía no la gana ninguna. Ganan, creo, los que se gozan su espiritualidad sin permitir que controle cada uno de sus movimientos o quienes de plano deciden separar el placer de la religión. Como sea gana quien se libera de la molesta culpa.

“La escuelita de la desinformación”

Mientras que a los papás tradicionales se les cae la cara de la vergüenza el siquiera pensar en discutir temas de sexualidad y placer con sus retoños y los colegios insisten en profesar la abstinencia entre sus alumnos -#soñarnocuestanada- la gente sigue teniendo sexo, estadísticamente en Colombia desde los 13 años, y la primera escuela a la que suelen echarle la mano es la pornografía. Pensemos la vaina por un segundo: tirar sin condón -muchas veces con múltiples compañeros sexuales-, olvidarse por completo del placer femenino, fingir orgasmos -en el caso de las mujeres-, obviar el juego previo, enfocarse en el tradicional mete y saca, saca y mete, fomentar el sexo entre, por ejemplo, “colegialas” y sus tutores de francés, hacen parte del menú educativo del porno. Antes de que me salten a decir que es muy pendejo el que se cree que el sexo real es como en el porno, permítame recordarles que a los 13 años la gran mayoría de los humanos somos bastante atembados. Por experiencia personal, además, sé que hay hombres -y mujeres- cuyo único referente de sexualidad temprana fue el porno, y se les nota.

Veredicto: Como mecanismo desinformador, gana definitivamente el porno, pero esa no es una victoria de la cual se pueda estar realmente orgulloso. Es decir, pifiada mal.

“El síndrome porn-star”

En la misma línea de la desinformación, sin lugar a duda la pornografía fomenta ciertos estándares bastante irrealistas de alcanzar para hombres y mujeres. El promedio un hombre sin complicaciones médicas -como la eyaculación precoz- se viene a los 7 minutos, bastante lejos de las horas que aparentemente demora un actor porno -#elpoderdelaedicion-. Tanto los actores como las actrices porno -que viven de eso- podrían protagonizar la versión xxx del Circo del Sol, y no es que el resto de los mortales no pueda hacer su propio show de Kamasutra, pero la vaina toma destreza, práctica y entrenamiento. A las actrices porno se les ve mojarse con sólo una mirada, eyacular a chorros y tener “orgasmos” de proporciones astronómicas en medio de gritos que desvelarían a un barrio entero. Además, los actores y actrices más famosos del mundo, tipo Manuel Ferrara, Derrick Pierce, Johhny Sins, Madison Ivy, Lisa Ann y Samia Duarte tiene cuerpazos de dioses griegos, no se les sale medio gordo, no tienen ángulo malo -#benditasealacamara-. Muchas veces, parte del atractivo del porno, es su excitante perfección, el lío está cuando quienes la consumen empiezan a creerse el cuento.

Veredicto: El porno no es el único que nos distorsiona las expectativas de pareja, cuerpo, estatus, etc, pero eso no lo salva de ser uno de los que más puede llegar a joder las mentes impresionables. Otro punto menos.

“El país de Nunca Jamás”

Si a algo tenemos un sano derecho todos los humanos es a nuestras fantasías. Metidos en un universo lejano podemos ser niños de nuevo, tumbarle el puesto a Karen O en los Yeah Yeah Yeahs  y cachetear a nuestro detestable jefe. En lo que al sexo compete, la pornografía es una puerta abierta a la exploración de fantasías sexuales, incluso aquellas que ni sabías que teníamos. Tener fantasías no significa que uno tenga la intención o siquiera el deseo de volverlas realidad y aunque por un lado ver una escena de un trío en pantalla nos arreche, pensar en ver a nuestro amado teniendo sexo con alguien más frente a nuestras narices puede revolcarnos la barriga. Hay parejas que terminan viendo pornografía juntos y se lo disfrutan, otros a los que la sola idea los pone re incómodos y un grupo más que ni siquiera sabe a ciencia cierta si su pareja se ha pasado por Xvideos.com. Igual hay parejas que se cumplen mutuamente ciertas fantasías sexuales, para otras miles –y a veces descabelladas, dentro de la mentalidad más tradicional- existe el sano escape del porno.

Veredicto: Punto indiscutible para el porno por permitir la exploración de hasta las más oscuras fantasías.

“Dame de tu vicio nena”

Aunque el Manual de desórdenes mentales no incluye a la pornogrfía dentro de su lista oficial de adicciones, el sexo si encabezan el listado –ahora es que digan con que ver porno no es sexual-, con todo eso sólo en Estados Unidos se han registrado más de 13 mil millones de personas a quienes el porno les jodió tanto la cabeza que los llevó a dejar a sus parejas, vender hasta la olla del arroz y dejar de vivir en el mundo real por andar viendo porno. La cosa es más grabe si se considera que con el acceso cada vez más sencillo y con menos filtro a las producciones xxx, los niños están tragando porno desde que tienen smartphone. Cuando cualquiera que sea la cosa que nos da placer, llámese drogas o ejercicio, nos vuelve zombies y nos aleja de las cosas que amamos, hay que buscar la manera de ponerle un pare. En el caso del porno, preferir masturbarse con las imágenes de completos extraños tirando a compartir espacios sexuales con gente de carne y hueso, definitivamente habla de un problema grave.

Veredicto: No todos los que ven porno se vuelven consumidores compulsivos, pero no está de más estar pilo.

Como tampoco estoy muy de acuerdo con los conceptos simples de “bueno” o “malo” debo concluir que como adultos que somos cada quien es libre de decidir si ver porno o no. Me parece que lo importante es entender que, en su forma más tradicional, el porno es una versión bien distorsionada de lo que es la sexualidad sana y real. Yo últimamente me he enganchado bastante con películas porno producidas por mujeres como Melusina y Viólame, que no se reducen a las tiradas machista y sí, han logrado excitarme bastante.

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