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Y así comenzó la historia de la salsa choke

Un repaso a la historia del género que se volvió en una fiebre después del Mundial de Brasil 2014
Por
Redacción Shock

Por: Nadia Orozco M @Cornfake

A Junior Jein lo saludan en la calle como “El Caballo”.

“Es cuando tú eres bueno en tu área y te conviertes en el número uno”, explica sobre su apodo este cantante nacido en Buenaventura. En las calles él resalta, es un corcel grande que parece que difícilmente se desboca. Le piden autógrafos, le chocan las manos y se toman selfies con él. Sin duda, es una estrella.

Cuando apenas era un potrillo y aún lo conocían como Harold Ángulo, Junior Jein  jugaba a mercadear con los marineros de las embarcaciones que llegaban al puerto de Buenaventura. El negocio era muy básico: a cambio de Lps y casetes de RUN DMC, Milli Vanilli, The Fat Boy y, en general, cualquier título caliente del hip hop neoyorkino de la época, él les llevaba los mejores cigarrillos, las mejores cervezas y las mejores damas de compañía. Al final del día todos quedaban más que satisfechos con su botín. En medio de esos tesoros sonoros, que no todos podían tener en sus manos, Junior se dio cuenta que lo suyo era cantar y rapear. En vista de que en su hogar no existían los recursos para comprar un piano o cualquier instrumento, decidió que su as bajo la manga sería la potencia de su voz y la agilidad para improvisar.

“Me quedaba más fácil pararme en la esquina, observar lo que pasaba en el barrio y con la ayuda del golpe de un amigo en una de las tantas paredes de madera que hay en Buenaventura, rapear e improvisar”, cuenta Junior Jein. Pero algo se cruzaba entre su camino y el del hip hop; era la salsa que también le corría por las venas como un río caudaloso. Eso no fue un problema pues en ningún tratado decía que la salsa no podía amangualarse con los beats, las líricas y el flow del hip hop.  Por eso cuando Harold mutó oficialmente a Junior Jein y lanzó su primer álbum en el 2010, el track que más llamó la atención del público fue Son Cepillado, un cover de Guayacán que si bien tenía toda la sabrosura salsera, se licuaba con un embestidor  flow urbano, confundiendo al oyente de turno.

Sin saberlo, “El Caballo” estaba poniendo la primera piedra para ayudar a cimentar con fuerza un nuevo género que levantaría tierreros y que, pocos años después, se  convertiría en el género de moda en todo el país, desbancando a otros ritmos fulgurantes de la cima del circuito comercial. 

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