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Sobre el 'encoñamiento' y los amores inútiles

Por
Redacción Shock

Por Paula Ardila @acidodivino // Foto: iStock. Cuántas veces nos vemos enredadas en relaciones estériles que, desde un principio, presentan toda la sintomatología de un fracaso rotundo, pero incluso a pesar de eso seguimos allí aferradas y encoñadas a una costumbre de patrañas y a un hábito de falsedades que nosotras mismas hemos inventado para maquillar y disfrazar de azul a nuestro príncipe gris.

Con tal de no estar solas nos aferramos a amores cualquiera. A veces pensamos que nadie nos va querer tanto como él, que es un polvazo espectacular y que con la colección de vacas muertas que tenemos en nuestras vidas, pues es mejor no arriesgar. Son cientos los pretextos que hemos venido recopilando desde que cupido empezó a drogarse y perdió el privilegio del sentido común.

En consecuencia, terminamos pasando una eterna temporada al lado de un hombre que no respeta nuestra independencia, que no tiene aspiraciones, que es tacaño y perro, o lo que es peor, un chicanero que se la pasa contándole al mundo éxitos exagerados que nunca le ocurrieron. Uno de esos bombriles que todavía se esconde detrás las enaguas de su mamá,  el típico chupa-sangre que nunca tiene un peso ni para invitar a una menta, pero que eso sí, apenas le pagan a la novia, se vuelve el más romántico y no se despega por nada.

¿Se han preguntado por qué nos cuesta tanto mandar a este tipo de hombres al carajo? Se trata de ese tipo de relaciones en las que uno se la pasa con la sensación constante de fracaso e inutilidad, pero igual ahí nos quedamos.

La verdad es que yo sí siento una profunda admiración por las mujeres que son capaces de frenar una relación estéril desde el inicio; Ser capaces de dejar la pendejada y el encoñe a un lado y evitar la fatiga de compartir sus mejores momentos con alguien que terminará no haciéndonos felices, es un acto de sentido común que debemos tener la valentía de enfrentar por nosotras mismas. Finalmente, de amor nadie se muere. Sí, es cierto, uno se deprime, pierde el apetito, le duele todo, le dan nauseas, pero no se muere.

Desde muy temprana edad las mujeres deberíamos desarrollar el don de no idealizar al ser amado, mirándolo como es, crudamente y sin anestesia, para luego, si es necesario, poder decir: “Ya no tengo ganas de nosotros”, o como le dijo un tío español a una amiga: “La verdad es que ya no me apeteces”.

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