Se encuentra usted aquí

Lo sandunguera no me quita lo feminista: reflexiones desde Suelta Como Gabete

Se me cayó la idea de que la estética del reggaetón es machista por completo. De hecho, vi una lógica bastante queer"
Por
Luis Miguel Triana

“Se me cayó la idea de que la estética del reggaetón es machista por completo. No vi ninguna mujer en bikini montada en un carro de legalidad dudosa, sino que vi una lógica bastante queer.”

(Debo empezar excusándome con Shock y sus lectores por enviar este texto hasta ahora, pero hasta después del almuerzo volví a ser una persona medianamente funcional, a la que ya no le temblaban los dedos por el guayabo y que podía hacer un ejercicio de digitación decente).

Por Carmenza Zá @ZaCarmenza // Fotos: Julián Galán

El guayabo era inevitable teniendo en cuenta que el sábado incursioné en el mundo de la party reggaetonera en, nada más y nada menos, “Alístate que estoy Suelta como Gabete”: la fiesta rola que se ha posicionado como la celebración oficial del reggaetón en la capital. Suelta ya cumple siete años y, en esta ocasión, traía el nombre de #Atrevida.

Atrevida y feminista no son dos etiquetas que suelan usarse mucho en la misma oración. Básicamente porque, en el imaginario colectivo, las feministas estamos emputadas porque tenemos mal sexo y la amargura no nos deja mover el culo (algo que sí es cierto en mi caso, pero no por feminista sino por soltera).  Toda la discusión sobre la hipersexualización de la mujer ha tenido la mala fortuna de terminar reducida a la anulación de la sexualidad femenina y, en palabras de los mortales, uno tiene que definir si es puta o morronga sin la opción de puntos intermedios.

Lo cierto es que, decidida a vivir la experiencia completa, busqué un amigo con el que me sintiera lo suficientemente cómoda para perrear a lo que marca, pero también para poder –en caso de que fuera necesario– sentarme en una esquina, libreta en mano, a hacer etnografía para la redacción de este texto.

Cuando digo que la experiencia fue completa es porque incluye los más de 50 minutos haciendo fila para el ingreso y la necesidad de comprarle a un revendedor porque el acompañante resultó bueno para el perreo y la etnografía pero no para conservar las boletas a salvo en su bolsillo.