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El nuevo Black Flag no es sólo estruendo, caos y desparpajo

Black Flag ha sabido entender que los orgasmos no se consiguen con pirotecnia ni intervalos.
Black Flag en Bogotá 2020 - Fotos: Javier Quintana
Black Flag en Bogotá 2020 - Fotos: Javier Quintana
Por
William Martínez

La primera gira latinoamericana de las leyendas del hardcore punk arrancó en Bogotá. A pesar de los cambios de alineación, el estallido Black Flag se mantiene, sus seguidores lo hacen posible. Pero hubo más que adrenalina. Aquí les contamos.

Por William Martínez - Fotos: Javier Quintana

Un muchacho de 25 o 26 años cayó sobre la tarima. Saludó extasiado a Mike Vallely, skater profesional y vocalista de Black Flag. Bailó. Se quitó la camiseta. Sin preludios, y sin importar la falta de cuerpos que tenía frente a sí para amortiguar el aterrizaje, dio un salto a lo Caterine Ibargüen. Su rostro se estrelló contra el piso asfaltado. Aún extasiado por la música, siguió bailando, ahora con el rostro bañado en sangre y una raja que le decoraba la frente. Dos amigos lo arrastraron hasta el baño para auxiliarlo. La imagen salvaje de ese muchacho podría ser la imagen de cualquier seguidor de Black Flag en los años setenta, cuando el Departamento de Policía de Hermosa Beach, California, decidió poner el nombre de la banda en una lista negra por los desmanes que causaban sus fans.

Lo que vivimos en el concierto de Black Flag en Bogotá, durante el arranque de su primera y única gira latinoamericana hasta la fecha, es bastante parecido a lo que vivieron miles de punks californianos durante los años setenta y ochenta. Menos de 400 personas, en Ace of Spades Club, un auditorio con cara de bodega industrial en el barrio Normandía, se dejaron arrastrar por una ola de adrenalina que se extendió por dos horas. A pesar de los cambios de alineación de la banda, y de las mutaciones estilísticas y conceptuales que ha vivido el hardcore punk con el paso del tiempo, el espíritu de Black Flag está congelado. Sus nuevos integrantes son más calmos, menos histriónicos que los legendarios Keith Morris y Henry Rollins, pero el estruendo y el caos y el desparpajo que produce su sonido permanece vigoroso.

Sin embargo, el nuevo Black Flag no es sólo estruendo y caos y desparpajo. En este regreso, después de décadas de inactividad, bien pudo detonar sus clásicos himnos de menos de dos minutos y el público hubiese quedado satisfecho. Pero optó por alargar algunos de sus temas incorporando eternos interludios instrumentales que terminaron mostrando una faceta inédita del cuarteto. Eran pasajes prolijos, impulsados por baterías in crescendo, que ofrecieron una nueva versión del estallido Black Flag.

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El vocalista Mike Vallely presentó a sus compañeros después de que habían tocado más de la mitad del set —23 canciones—. En eso consistió su discurso. A falta de palabras, los integrantes mostraron continuamente su agradecimiento. Cada tanto, Greg Ginn, guitarrista, compositor y fundador de la banda, firmaba vinilos desde tarima, ofrecía su guitarra para que los seguidores tocaran algunos acordes, recibía cerveza, se fundía en abrazos con ellos. La música fue protagonista. Black Flag ha sabido entender que los orgasmos no se consiguen con pirotecnia ni intervalos.

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