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En memoria del Dr. Rock: Aquí desde la madre Tierra

Uno de los personajes más genuinos de nuestra contracultura, el Dr. Rock, partió para el más allá a sus 70 años.
Gustavo Arenas (Dr. Rock) -  Archivo Shock
Gustavo Arenas (Dr. Rock) - Archivo Shock
Por
Chucky García

Conocí a Gustavo Arenas Rendón a comienzos de los 90, en el centro comercial Vía Libre de Bogotá, justo al otro lado de la acera en la que mataron a Dilan Cruz. Allí, en el segundo piso, quedaba su emblemática discotienda Rock-ola, a la que uno en esa época iba a comprar casetes y vinilos que no se conseguían en otros lados.

Por: Chucky García @chuckygarcia

“¡Es que usted aprendió de rock con Michael Jackson!”, era una de sus frases para exigirle al comprador o melómano que ampliara su conocimiento musical y no se quedara en las mismas bandas de siempre o con una visión corta, porque ojo, si bien era conocido y hasta el sol de mañana lo será como Dr. Rock, no era lo único de lo que sabía: sus tertulias sobre tango, salsa o chucu chucu eran demenciales, y no traían a cuento datos enciclopédicos sino estructurales. De dónde venían y para dónde iban, y cómo había influenciado en ellas la calle, el barrio, los movimientos sociales u obreros o la marginalidad.

Pocos años después, cuando pasé de ser un cliente de la Rock-ola a su discípulo en el extinto diario de oposición La Prensa (que entre otras cosas publicó una completa colección de rock, por fascículos, llamada La Historia del Rock), a través del Dr. Rock conocí a Juanes, en aquel tiempo con Ekhymosis, y también a La Etnnia, a Neurosis o a Masacre. El Doc no solo vendía la música de todas estas bandas nacionales en su tienda, sin importar el formato más sí el mensaje, sino que organizaba firmas de autógrafos y hasta toques: el segundo show que La Pestilencia hizo en toda su historia, según lo recordamos por estos días con Dilson Díaz, su cantante, fue justamente a finales de los años 80, justo el día en que la discotienda abrió sus puertas: “Fue muy bacano porque la banda del opening de la tienda fue la ‘Peste’, y tocamos con full equipo de sonido, en esa época tener un equipo de voces para un concierto era tremendo lujo y pues para esa inauguración lo tuvimos, tocamos en el primer piso de Vía Libre y éramos la banda y ocho personas más pogueando, lo cual era bastante exótico para todos los que pasaban por ahí y se quedaban mirando”.

Juanes en Rock al Parque - Foto por Omar Cruz, cortesía prensa Idartes

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Con Gustavo Arenas nos encargamos durante varios años en escribir y sacar adelante el Planeta Elvis, una separata de 12 páginas, tamaño tabloide, en la que hacíamos entrevistas, artículos, columnas de opinión y hasta especiales sobre la movida musical local e internacional. Hicimos especiales sobre el mítico Festival de Ancón en Antioquia, en 1971, por ejemplo, evento en el que el Dr. Rock estuvo presente, escribimos sobre las primeras ediciones de Rock al Parque (aunque él poco asistió, de hecho jamás lo hizo en los años en que he trabajado para el festival* y solo me aceptó acompañarme una vez a ver a Brujería, edición de la granizada); y reseñamos discos de Slayer, Marilyn Manson, Ultrágeno, Danny Dodge, Cabeza de Jabalí o Aterciopelados, que por cierto no era una de sus favoritas.

“No tocan un tercio, esos pelados”, era otra de sus frases de batalla memorables, en una batalla de mil batallas, en todo caso.

Su visión o posición podía ser inversamente proporcional a la de otros. De entrada, él era hincha a morir de Millonarios -y de Bogotá, si bien había nacido en Fusagasugá-; jamás dejó una discusión a medio camino, nunca fue un lame suelas y siempre llamó a las cosas por su nombre. Es una de las pocas personas que he conocido que nació libre y murió libre, que nunca fue empleado de nada (solo de sus propios negocios y proyectos) y que incluso en un punto lamentó haberse casado con ideales o hasta ser hincha, porque eso a la final cohibía su libertad y lo hacía ponerse de un solo lado de la historia.

Menudo personaje, terco, montador y de voz ronca pero no por un defecto sino porque se le antojaba, casi que a la misma edad del genial Joe Arroyo (es decir, menos de 16) dejó su casa para irse a vivir la calle y la noche, y para militar posteriormente en el movimiento hippie colombiano. Si bien era, como yo, otro hijo adoptivo de Bogotá y amaba Cundinamarca, alguna vez me contó que había fundado una comuna hippie en Cali. Se conoció con todas las grandes bandas colombianas de rock y psicodelia de los años 60 y 70, le tenía un cariño especial a Génesis y verlo cantar el tema Don Simón, contoneándose, era como trasladarse a esos años en que hizo parte de una generación de colombianos que no solo quisieron cambiar el rumbo de su país sino del mundo mismo; y que luego se desencantaron.

Hacia finales de los 80, el Doctor Rock fue el productor del álbum Espías Malignos de Darkness, uno de los vinilos incunables del rock nacional pese a que solo trae cuatro temas: Metalero es uno de ellos, casi un himno para la cultura del rock duro en la capital y en otras partes del país. Pero para ese momento, no se engañen, el Dr. Rock ya había ido y vuelto y nos llevaba de diferencia mundo y medio de experticias, para ese momento era una de las figuras más genuinas de lo contracultural y también había ejercido como periodista y locutor de radio.

Como había vivido tantas cosas dispares, Gustavo Arenas era capaz de saltar de una historia a otra como quien brinca un charco en pleno aguacero. Un día me dio una de las tarjetas originales de presentación de su programa radial Aquí desde la madre Tierra, producido por él bajo el nombre de Hongo Atómico Producciones, si mal no lo recuerdo; y a la par me contó de la vez que se fue hasta el extinto Coliseo El Campín a entrevistar a James Brown en su primer y único concierto en Colombia en 1973. Fue uno de los pocos periodistas que el gran Padrino del Soul aceptó recibir en su camerino, y al Doc de entrada no se le ocurrió otra cosa que saludarlo con la expresión “What’s up, my nigga”, pensando además en que era un término de camaradería que funcionaba igual de blanco a negro. Por obvias razones, ahí mismo culminó la entrevista, y James Brown lo mandó a sacar del camerino.

Cuando los famosos Corridos Prohibidos de México llegaron a Colombia, con el Dr. Rock no solo fuimos al evento de lanzamiento, sino que él cargaba en su carro unos casetes que, camino a la imprenta en la que se imprimía La Prensa, ponía en el pasa cintas. Mientras sonaban canciones del Grupo Exterminador como La cruz de marihuana, La pista secreta o El cartel de las calles, vociferaba a todo volumen y recorríamos Bogotá del norte al sur a las 12 de la noche o primeras horas de la madrugada, llevando en la parte de atrás el machote del periódico que saldría a circulación en unas pocas horas. En La Prensa era común que a uno de periodista lo mandaran hasta la rotativa, como si lo que llevara entre sus manos fuera un flyer para promocionar los almuerzos de un roto de corrientazos, y no un periódico que denunció la corrupción del gobierno de Ernesto Samper y sus vínculos con el cartel de Cali.

Nosotros con el Dr. Rock, en todo caso, solo nos dedicábamos a escribir de música, luego yo partí hacia el diario El Espectador, él cerró su discotienda y se dedicó a una infinidad más de cosas, entre otras a la televisión. Nunca escribió un libro sobre su vida, pese a toda la prosa que lo acompañó en vida, y en estos últimos meses se negó a que alguien lo hiciera. Nuestra última conversación, hace algunas semanas, giró en torno al foro de Sao Paulo, una caja de colección de The Clash, Clash on Broadway, y la película Soylent Green (Cuando el destino nos alcance).

Un filme futurista de 1973 y cuya historia se desarrolla en el año 2022, plantea un futuro distópico en una Nueva York habitada por 40 millones de personas y en el que una élite tiene el control económico, político y tecnológico; mientras al 99% restante de la gente le toca vivir hacinada, en medio del calentamiento global y con poco acceso a los alimentos básicos. “Hay unas familias montadas”, me dijo Gustavo Arenas ese día, “son los dueños del mundo y para la gente conseguirse un banano es como encontrar un tesoro. El protagonista es Charlton Heston, es policía, y a la gente la alimentan con unas pepas llamadas Soylent. El policía se pone a investigar de dónde salen, y resulta que las hacen de los mismos humanos que se mueren, para que no se detenga la máquina. Algo inevitable, tanto como la muerte, pero al menos tenían derecho a escoger qué tipo de muerte: si querían morir con el mar, o con flores, o con montañas nevadas. Es más o menos así. Lo mismo que pasa ahora. Nos alimentan con una pepa, la cual sale de nosotros mismos”.

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*Chucky García es programador y curador artístico de los festivales Rock al Parque y Colombia al Parque.
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