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Lo bueno y lo malo del Sónar 2018

La versión 2018 de Sónar Bogotá nos recordó una vez más que la música nos lleva mucha ventaja.
Fotos: Natalia Pedraza
Fotos: Natalia Pedraza
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Redacción Shock

El Sónar Bogotá completó su cuarta edición y convocó a unas 6.000 personas con un cartel que, podemos decirlo con certeza, valió la pena ir a ver. Después de pasar sus primeros dos años por Corferias y el tercero por Multiparque, en esta edición se mudó a la Gran Carpa Américas. ¿Cómo estuvo esta versión de la fiesta culmen de la música de avanzada?

Metieron la cucharada: Fabián Páez López, Johana Arroyave y Jorge Asmar // Fotos: Natalia Pedraza

Según sus escrituras sagradas (es decir, las del kit de prensa y Wikipedia) uno de los valores fundacionales del festival Sónar, que nació en Barcelona hace 25 años, es entregarle al público una “cuidada oferta que combina lo lúdico con lo artístico, la vanguardia y la experimentación con las nuevas corrientes musicales de la electrónica de baile”. En esta todavía naciente versión criolla, por un lado, ya lograron plasmar eso en los line-ups; pero, por el otro, hay que reconocer que fuera de las tarimas muy poco de vanguardia, arte o experimentación se ha visto.

La redefinición de “la electrónica”

En estos cuatro años lo hemos pasado bien gracias a varios shows que reúnen todos esos valores fundacionales del Sónar. Que Chemical Brothers, Moderat, New Order o Sigur Rós fueron actos memorables es innegable. Y este año se le sumaron otros momentos gratos a esa historia con la deleitable presencia de Vitalic o Giorgia Angiuli (y, digamos que, a medias, la de Hercules & Love Affair: no porque hicieron un dj set en vez de un live, sino porque en el cartel no avisaron qué show iban a traer).  

Tal vez la mayor virtud de un evento del corte del Sónar en Bogotá es que ha ampliado el espectro de lo que pensamos como música electrónica y, efectivamente, nos ha llevado al plano de apreciar la innovación.

El año pasado estuvo en el cartel la caleña Steffi Crown. Este, el bogotano ha$lopablito y el español Yung Beef. Todos ellos representantes de una corriente de trap vanguardista, sintético, hecho a punta de computador y juegos con la voz.

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En el caso de Yung Beef, por ejemplo, el uso sostenido del efecto de voz con autotune o el hecho de que tenga canciones cuyo nombre sea un emoji, imposible de deletrear, lo hacen inminentemente un acto que está más que metido en el universo de la creación digital.

Muchos describen a este tipo de proyectos con esa despreciable y carente de significado categoría de “música urbana”. Pero el ejercicio de incluirlos en una lista de vanguardismo, además de ser aleccionador musicalmente, funciona también para depurar el clasicismo latente en los eventos de música electrónica.   

También, si de experimentación se trata, Giorgia Angiuli y su show housero a punta de tocar juguetes intervenidos es la fina estampa de la creatividad al servicio de la pista de baile. Es una gran apuesta meter en un festival de electrónica alguien que, sin temor y con la tranquilidad del mundo, menciona que no tiene ni idea de lo que es ser dj, ni mucho menos hacer un dj Set. “La vida de los dj, tocar bajo una consola o poner un set de tracks es algo muy lejano a mi actitud y mi concepción de la música”, nos dijo cuando la fuimos a entrevistar.

La vanguardia en la retaguardia  

¿Cómo poner a vivir un festival abanderado de la vanguardia en la tierra de los colados, la tramitología, la reventa intensa y las filas eternas? Desde luego, el caos logístico no es solo en el Sónar. De hecho, pasa en casi todos los eventos, pero entrar a esta edición del festival fue casi tan tortuoso como pasar una cuenta de cobro. Resulta curioso y hasta paradójico, encontrarse con tantos proyectos futuristas e innovadores en la tierra del arcaico Transmilenio. Bien lo relata ha$lopablito en su canción óiganla.

Hay que ver si la culpa es de la carpa de Corferias o del equipo de logística contratado, pero el desorden que hubo fue horrible e innecesario. Existían 2 entradas que desorientaron a los asistentes: primero, porque no había un letrero ni nada que señalizara y guiara el ingreso; y segundo, porque los de logística decían algo y luego otra vaina.

Puede que acá, por la capacidad adquisitiva del país o por la cantidad de público dispuesto a pagar, nos falte pelo pa’ moño, pero vale la pena preguntarse si, al tratarse de un evento sobre tecnología, no hay forma de mejorar la experiencia desde el ingreso. Identificarse desde antes con la cédula en línea, utilizar códigos, la huella digital, algo. Sobre todo, teniendo en cuenta que los festivales son el negocio arquetípico de la “economía posmoderna”, que consiste en cosificar y monetizar “las experiencias”. Y, como se trata de un negocio, uno hasta acepta que haya que pagar por entrar al paraíso, ¿pero sufrir para entrar?

El escenario

El escenario natural para el Sónar son los pabellones de Corferias, donde fueron las primeras dos ediciones, pero la programación rígida y copada del lugar no permite los imprevistos a la hora de armar el rompecabezas de un festival: giras, eventos vecinos, fechas disponibles de artistas, etc.

Este año, el evento fue en la Gran carpa las Américas de Corferias, un constante escenario de conciertos, pero un lugar pésimo para una fiesta del espíritu de avanzada del Sónar.

Había tres escenarios. El Sónar Village, una pequeña tarima descubierta en la que se presentaron los proyectos locales ha$llopablito, Cerrero, Cero 39, Julio Victoria y el español Yung Beef. El Sónar Club, una carpa blanca y grande con buen sonido, pero en la que se filtraba el ruido de los otros escenarios, que se quedó pequeña para tanta gente y en la que los huecos y desniveles tampoco ayudaban al baile. Y, por último, el Sónar Hall, que se supone que al ser el escenario principal debió ser algo increíble, pero parecía un telón muy grande en medio del vacío. Al inicio del evento, el eco que sonaba era impresentable. No se entendía la ubicación lateral del escenario. Para quienes estaban lejos de él, la fiesta fue un recuerdo, porque se escuchaba tarde.  

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Los rumores

Sónar llegó a Bogotá con el eco de los problemas de organización en países vecinos. En Argentina hubo complicaciones, se aplazó la fecha y se creía que la programación venía luego de la edición colombiana, pero sin explicaciones o información detallada anunciaron que lo corrieron a 2019. Y todavía es muy probable que lo cancelen. O sea, que Colombia sería la única apostándole al festival, pues ya se bajaron del bus Chile y Brasil.

En 2015, cuando se hizo la primera gira del Sónar en Latinoamérica, se creyó que era el inicio de una escena que terminaría en un circuito de música electrónica Latinoamericana, pero al son de hoy solo queda Colombia.

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