Se encuentra usted aquí

Se va Magín y queda su magia: un homenaje al juglar de 'Rosa, qué linda eres'

Con casi 100 años, y un reconocimiento tardío, partió Magín Díaz, “El Orisha de La Rosa”
Foto: Fox PH.
Foto: Fox PH.
Por
Jenny Cifuentes

En casi un siglo, nada pudo contra ese campesino flaquito, moreno, alegre, bailador, errante y hacedor de cantos

Por Jenny Cifuentes @jenny_cifu

“Espíritu maligno, no puedes conmigo, no me da la gana de que tú me lleves”, cantó Magín Díaz entre tambores, desafiando al diablo, afirmando que ni el demonio le ganaba. Y fue verdad.  En casi un siglo, nada pudo contra ese campesino flaquito, moreno, alegre, bailador, errante y hacedor de cantos, dotado de inspiración que emanaba de la tierra.

Fuerte, pujante, con una mente creadora dotada de imaginación, así fue el artista.

Con Magín se despide un juglar, de esos que con sencillez y sabiduría contaron historias de sus pueblos, y ensancharon la poesía tradicional que se volvió canto a golpe del cuero. Una rama robusta del árbol genealógico de la música del Caribe colombiano, que se agigantó con sus chalupas, bullerengues y fandangos.

Hoy decimos adiós al hombre enamorado que dejó a sus musas inmortalizadas en versos.  Al Magín joven que cantó: “Rosa qué linda eres, Rosa, qué linda eres tú”, al que le decía a Carmelina que no lo llorara más, o al que invadido por la ausencia fue capaz de hacer bellezas sentidas como Paloma BlancaA ese Magín viejo y de caminar lento, al que le brillaban los ojos y pregonaba con ímpetu cuando se le acercaban las muchachas bonitas.

Al compositor que en Mamagüela les cantaba a los niños que no van a la escuela porque el maestro les pega con la regla, e invocaba a los “santos místicos de la infancia eterna”.  A quien lloraba interpretando La Totuma en una frase en la que hablaba de su muerte.

Al hijo de Gamero (Bolívar), que descendiente de cantadora y bailador, con la música en sus venas, fue cantante desde pelao, percusionista y guacharaquero en el Sexteto Gamerano, y estuvo mucho tiempo danzando el son de negro. El que hace poco recordaba que bailó por toda María La Baja, en el Carnaval de Barranquilla, en Cartagena, en San Basilio de Palenque…

A ese guerrero que tras haber trabajado de niño en un ingenio azucarero, y de adolescente, en la industria bananera en el Urabá, viajó a Venezuela, y además de haber sido allí, obrero y agricultor de caña, tocó con La Billo´s Caracas Boys.  El que en los 80 hizo parte de la agrupación Los Soneros de Gamero junto a su prima, la cantadora Irene Martínez, bajo la producción de Wady Bedrán, con quienes grabó un par de discos; y el que hizo gozar público retumbando con su sabor en otros grupos dirigidos por Bedrán: Los Wadyngos y Los Viejos del Folclor.

Magín no buscaba reconocimiento, cantar y bailar era lo que lo hacía feliz, dijeron sus allegados alguna vez.  Se cuenta que Irene Martínez se atribuyó la mayoría de sus composiciones y, por ende, el músico perdió los derechos de sus obras. Teorías apuntan a que el no saber leer ni escribir, quizá fue impedimento para registrar algunas de sus canciones. No se sabe con exactitud. Magín es la historia de esos tesoros musicales nacionales que permanecen casi que desconocidos, a los que después de 100 años se les reconoce de manera masiva. Y eso, si se les reconoce. Gigantes anónimos, personajes que encarnan lo autóctono, la memoria ancestral, cerebros de obras que hacen parte de la tradición sonora del país.

Dicen los estudiosos que hay grabaciones suyas de décadas pasadas que no se publicaron y otras que están perdidas, pero en los últimos años vieron la luz el trabajo Magín y Santiago (2012) impreso por la Revista Páginas de Cultura en Cali,  su disco de 2016, grabado en formato tradicional y que incluye remezclas, Magín Díaz y el Sexteto Gamerano, y el álbum que hizo a los 95 años: El Orisha de la Rosa con la participación de Carlos Vives, Systema Solar, Totó La Momposina o Celso Piña, que ganó un Grammy Latino este año y fue nominado a los Grammy Awards 2018.

Se va Magín y queda su magia. Esa magia que lo poseía cuando cantaba, cuando lanzaba sus versos, cuando tocaba el tambor. Queda el hechizo de sus cantos, y el relato de su vida con apartes entre la realidad y fantasía, porque como lo afirmó su amigo, el marimbero Gualajo: “Magín, mágico quiere decir”.

Temas relacionados: 
Publicidad