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Por la plata baila el fútbol

Hay un lado oscuro donde la Fifa es una organización mafiosa que empieza su decadencia al mejor estilo romano
Por
Héctor Cañón

Los corruptos roban sin compasión, y los jugadores cuestan y ganan millonadas absurdas, mientras el mundo entero ve cómo crecen las cifras absurdas. ¿Se manchó la pelota?

Por: Héctor Cañón 

Algunos dicen que la pelota no se mancha. Eso es verdad, si por pelota entendemos la esencia vivida en cualquier recocha de potrero, frente a una tele con un parche de amigos o como protagonista en una cancha del mundial. Esa esencia que ha convertido al fútbol en el deporte rey y en una industria multimillonaria. 

Sin embargo, hay un lado oscuro donde la Fifa es una organización mafiosa que empieza su decadencia al mejor estilo romano, donde los jugadores cuestan cifras que alcanzarían para derrotar el hambre de millones y donde se mueven los más oscuros intereses y capitales desbordados en un mundo jodido por la desigualdad.

El dilema no es entre la bondad o maldad del fútbol. Eso sería estúpido, o tal vez aun más que eso. El asunto de fondo es que donde hay dinero el hombre es capaz de corromper la belleza con tal de sacar ventaja. 

Una cosa es el fútbol como deporte y otra como negocio. Los jugadores bailan por la plata, al son que les toquen. ¿Qué me dicen de Jackson, Lavezzi, Drogba y compañía (casi ilimitada) partiendo a la liga china (donde nadie en el planeta fútbol volverá a tomarlos en serio) en sofisticadas transferencias con los mismos ceros que las de la Premier, el calcio y el fútbol español?

Entre los 20 jugadores que más dinero ganan al año (el podio está integrado por Messi, Cristiano Ronaldo y Neymar) suman fortunas de alrededor de 200 millones de euros, lo que equivale a más de un millón de salarios mínimos colombianos. Las transferencias más altas y mediáticas del mercado alcanzarían para mantener, en una Colombia ciega por el fútbol y empobrecida por la guerra, a medio millón de familias durante un largo mes. 

Messi, Neymar, Bale y sus familiares hicieron chuecos para poder esconder que las cifras astronómicas de las transacciones fueron aún mayores a las que se hicieron públicas y escandalizaron. Por eso la ley española los tiene en la mira. Al brasilero, además, un tribunal de su mega futbolero país le embargó 42 millones de euros por evadir impuestos.

En casa también tenemos varios goleadores, dentro y fuera de la cancha. A Luis Bedoya no le bastaron los 22 millones de pesos mensuales que ganaba como presidente de la Federación Colombiana de Fútbol (aparte de otros contratos alternos que manejaba), no pudo explicar el origen de más de dos mil millones de pesos que tiene en propiedades, y fue suspendido del fútbol de por vida. Tarjeta roja por cochino. 

Otras cifras dirán que en Argentina, donde el fútbol es pan y circo desde siempre, el gobierno ha desviado recursos de la ley de bosques al programa Futbol para Todos. Allí las dos cadenas que llevan la liga a los ansiosos televisores de las hinchadas pagan cada una cerca de 13 millones de dólares por transmitir cada torneo de seis meses. Por su parte, el Real Madrid vende 1,4 millones de camisetas al año (más de la mitad son de Cristiano Ronaldo), lo que suma 84 mil millones de pesos, equivalentes al presupuesto de la salud púbica de Bogotá para dos meses. Totalmente enfermo y sin remedio a la vista.

Sin embargo, la ética del fútbol va más allá de la corrupción de sus dirigentes, de las cifras astronómicas que mueve su industria en un mundo poblado de hambre y sed, de la delincuencia de todos los calibres alimentada por la pasión del hincha común y buena gente. El asunto es que en un mundo necesitado de ideales y de modelos para imitar, a los que mueven el negocio afuera y la pelota en las canchas se les permite lo que se les dé la gana. 

Por citar una jugada espléndida, Arturo Vidal, ídolo de la muchachada chilena que estrena título continental y escándalos de directivos al tiempo, tenía que donar 100 pares de zapatos a un colegio, lo que podría pagar con apenas unas horas de salario, por el estrellón que tuvo borracho durante la Copa América (en el que destruyó literalmente un auto de 300 mil dólares). Pero no lo hizo. Ahora la cura resulta más absurda que la enfermedad: debe pagar 4000 dólares. ¡Plop! Qué regate el de Arturito y el de todos los corruptos que usan el fútbol para lucrarse con las ganas de la gente de ver un espectáculo ameno, compartir con la gente que se quiere y encontrar alivio en una sociedad delirante. 

Otra gambeta es la de la Conmebol. A pesar que la mayoría de los presidentes de sus federaciones están más que untados de corrupción, en junio se celebrará en Estados Unidos la Copa América más grande del siglo y se espera que los casi 700 mil espectadores que abarrotaron las tribunas en Chile 2014 sean por lo menos duplicados. De la tele ni hablar, será el evento deportivo más visto en Estados Unidos desde el Mundial 94.

Sin embargo, señores, la pelota no se mancha en su esencia. Así la ambición por el dinero intente todo lo contrario. 

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