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Los placeres masoquistas de viajar incómodo

Para muchos lo incómodo sería no poder viajar.
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Todavía me pregunto cómo es que las cosas que a muchos les incomodan de los viajes, los trámites, el muy escaso espacio entre silla y silla en aviones o buses, la obligatoria requisa en los aeropuertos, luchar contra el mareo en un barco... a mí no me molestan, no me aburren. 

Por: Por: Laila Abu Shihab // @laiabu

Quiero creer que esa rareza se debe a que hacer un viaje, cualquiera, corto o largo, sin importar el motivo o el medio de transporte, me emociona de tal manera que ninguna de esas incomodidades que en realidad sí lo son a mí me desencajan el genio. 

He pensado en todo lo que puede significar una incomodidad en el momento de viajar: llenar formularios, hacer trámites de aduana e inmigración y aguantar malas miradas e interrogatorios groseros de funcionarios que no quieren que entremos a su país, el cinturón de seguridad en el avión, no poder estirar las piernas, solicitar una visa o llegar a un lugar con serios espasmos musculares. Pero no, ninguna de ellas me genera problemas.    

Tampoco hacer la maleta ni esperar horas infinitas en un aeropuerto o en una estación de tren; soy adicta a esos lugares, los amo locamente, me encanta recorrerlos todos y, una vez siento que ya los conozco, simplemente dejar que pase el tiempo mientras como algo, me tomo un trago y leo, mientras me invento las historias de los viajeros que corren desesperados de una sala de espera a otra, de este andén al siguiente. Son de mis lugares favoritos. 

Supongo que viajar con niños debe acarrear un sinfín de incomodidades, pero a mí todavía no me ha tocado. Y enfermarse durante un viaje es, por supuesto, un infierno, aunque en realidad lo es siempre y por eso no considero que venga incluido en el paquete que uno adquiere cuando organiza un viaje, simplemente puede ocurrir, en cualquier momento. 

A veces pienso que lo feo es tal vez ese periodo de tiempo en que uno se mueve de una ciudad a otra. Tengo un amigo, Miguel, que está seguro de que viajar es en sí mismo incómodo porque hay que “cambiar de ambiente, cambiar de cama y almohada, acostumbrarse a cosas nuevas, comenzar a oler raro porque la comida cambió, dormir en buses o quién sabe dónde, no descansar (porque cómo voy a perder el tiempo descansando), poder llegar a aburrirse de la comida”. Y tiene razón. Cambiar de cama y de almohada es jartísimo, no descansar, pues lo mismo. Pero ni siquiera esas cosas empañan para mí el hecho de andar de viaje. No logran amargarme. 

¡Incómodo el baño ajeno! Mi amiga Irene, que recorrió Suramérica durante varios meses con su pareja, en un plan muy mochilero, lo tiene clarísimo. Tal vez uno nunca se acostumbre a eso. Es cierto.  

Ni hablar del sufrimiento de los grandes. Tengo tres amigos a los que alimentaron muy bien cuando eran niños y es difícil que quepan en los reducidísimos espacios de buses y aviones, que para ellos son como los de una casita de muñecas. A Carlos, Raúl y José Gabriel los torturan los dolores de rodillas y los calambres e incluso la necesidad de pagar dos puestos cuando el viaje es largo y por tierra para poder estirar las piernas.

Para ‘chocheras’, aunque igual no me parece que lo sean tanto y podrían tomarse como parte de la aventura, las de Jairo Bonilla cuando se refiere a los viajes por tierra en Colombia: “Aquí el manejo del ambiente al interior del bus intermunicipal es pésimo: música y películas a intensidades inaceptables, ruido del aire acondicionado, temperaturas extremas mal manejadas (calor y frío) y, depende la fecha, abuso de la capacidad del bus con exceso de cupo”. 

Hay quienes hallan incomodidad en el hecho de no viajar con suficiente dinero. Lucas, que ahora se la pasa viajando de lo lindo, dice que no es divertido cuando se hace con “excesivas restricciones monetarias”. Gerardo y otros amigos piensan lo mismo. Cuestión de gustos. Yo creo ahora que hacer un viaje con poca plata puede sacar lo mejor de uno a flote y acercarlo mucho más a la realidad, a la cotidianidad del lugar que se visita. 

Incómodo podría ser también tener que regresar. Saber que el viaje terminó, sentirlo, hacer la maleta de vuelta con la certeza de que se nos acabó el tiempo. Mis amigos Ignacio, Javier e Irene me hicieron caer en cuenta de eso. 

Pero es con lo que opinan Natalia y Melissa que me siento realmente identificada. Para Natalia es incómodo viajar “mal acompañada”, con personas “que lo azucen a uno y no lo dejen tomar fotos o que sea tan lentas” que impidan que uno conozca lo suficiente, así como con alguien “que tenga un libreto o itinerario y no se salga de él, alguien que no quiera incomodarse y alguien que crea que viajar acompañado es no conocer gente nueva o no tener noches solitarias”. Amén, viajera chévere. 

Para Melissa “lo incómodo sería no poder viajar, todo el resto es parte de la aventura, desde molestar al vecino en el avión para estirar las piernas hasta la pérdida del pasaporte en el regreso”. Ella cuenta, además, que las mejores anécdotas que guarda de viajes son, precisamente, de “incomodidades”. Menos mal yo puedo afirmar lo mismo. 

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