Simpatía por el diablo: El origen del mito de Lehder y los Stones

¿Este de verdad es el primer concierto de los Rolling Stones en Colombia? ¿De dónde surgió este mito?

Octubre 1 de 2016

Cuentan que en Colombia había un narco con tanto billete y poder que quiso traer, antes de que fuera por lo menos imaginable, a las más grandes leyendas del rock. Pertenecía al cartel de Medellín, una organización tan poderosa que se dice que llegó a exportar más del 80% de la cocaína que se consumía en Estados Unidos. Sus negocios los combinó con su gusto por la era hippie del rock; le rendía culto a Los Beatles y Los Stones. El mito reza que él intentó, antes que cualquiera, ponerlos a cantar en nuestras tierras. Muchos quieren creer que lo hizo en secreto. Recorrimos los caminos por los que se originó ese mito que vinculó a uno de los capos más atípicos del narcotráfico, Carlos Lehder, con sus "majestades satánicas": los Rolling Stones. 

Por: Fabián Páez López @Davidchaka // Fotos Posada Alemana: Felipe Giraldo Orozco // Fotos Lehder: Archivo personal de Mónica Lehder

Mientras Mick Jagger estaba comiendo oblea en el centro de Bogotá antes de dar su primer concierto en la ciudad (Vea: La verdad detrás de la oblea de que se comió Mick Jagger), yo estaba en Armenia y le pedía a un taxista que me llevara a las ruinas del que, sin duda, fue uno de los primeros templos del rock en Colombia: el Hotel Posada Alemana. Fue allí desde donde se manejó, hace más de 30 años, el imperio de uno de los tantos narcotraficantes que marcaron el rumbo del país, Carlos Lehder.

A estas alturas, tanto del hotel como del poderío económico que alguna vez tuvo Lehder solo quedan escombros, pero las historias alrededor de su imagen siguen construyéndose entre la gente; alimentadas de chismes, fascinación y narconovelas. Carlos Lehder fue uno de los capos más pintorescos e increíbles que ha tenido el país. De él se ha dicho que era a la mafia lo que Mick Jagger era al rock. Lo llegaron a conocer como "El Loco". Según varias de esas historias, fue uno de los primeros en soñar con que sus majestades satánicas, los Rolling Stones, vinieran a Colombia.

¿De dónde carajos surgieron esas narraciones fantásticas que vinculan a un narcotraficante convertido en ídolo pop criollo, con los patrones del rock?

Después de cumplir con la conversación cliché sobre el clima de la ciudad, le pregunté al taxista por el antiguo dueño del lugar al que nos dirigíamos. Como la mayoría de personas que crecieron en Colombia entre los 80 y 90, él también tiene una historia que lo vinculó de alguna forma con la vida de un narcotraficante.

Yo crecí en una familia muy pobre. Cuando tenía como 12 años, mi mamá me mandaba a pie todos los sábados por este camino a La Alemana. Allá hacíamos fila y nos daban el mercadito semanal. Recuerdo que nos daban manteca, tres libras de arroz, panela y papa. Mientras él (Lehder) estaba ahí, antes de que le montaran la perseguidora, siempre le ayudaba a los que lo necesitaban. Ese fue el único contacto que yo tuve con él.

La historia de los excesos de generosidad de Lehder en Armenia es bien conocida, y comenzó con un regalo dudoso que le llegó al gobernador del Quindío: un avión. Cuenta el periodista Jorge Orozco Dávila, con quien hablé la noche anterior en su despacho de la Cámara de Comercio, que a finales de 1979 el gobernador recibió una carta proveniente de una “empresa filántropa” radicada en las Bahamas. En la carta decía que la compañía estaba premiando con la nave a las regiones emergentes que demostraban su progreso. “Casualmente”, el lugar merecedor de ese honor era la tierra natal del hombre que firmaba el mensaje. Al poco tiempo, Lehder hizo llegar al gobernador un avión con sus respectivas instrucciones. Orozco Dávila conoció el documento de primera mano y publicó una crónica titulada Extraño regalo al Quindío. Desde ese entonces, las sospechas por su generosidad desbocada empezaron a despertarse y en Armenia aparecerían, cada vez más, bienes de lujo nunca antes vistos. 

Tiempo después, Lehder, que vivía en Estados Unidos, volvió a su ciudad natal e hizo realidad el proyecto de La Posada en paralelo con el crecimiento de su carrera como uno de los capos en el tráfico de marihuana y cocaína. En la zona empezaron a circular autos último modelo, cuatrimotos y celebridades criollas de todas las calañas. Carlos Lehder fue líder del cartel de Medellín y a él, junto a los otros capos que se enriquecieron de la noche a la mañana, los apodaron “Los Mágicos”, como si fueran Los Súper Amigos de DC Comics.

El Hotel Posada Alemana contaba con pista de motocross, caballerizas, un par de leones, un cóndor enjaulado, un monumento a John Lennon que llevaba tallada en el pecho la herida del disparo que le propinó Mark David Chapman, y una discoteca ochentera con todos los juguetes que podía tener en esa época un recinto destinado a la fiesta. El nombre de esa discoteca también le rendía tributo a Lennon, y fue justo allí donde, seguramente, se gestaron los mitos musicales alrededor del capo.

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Hoy en día La Posada Alemana no está del todo abandonada. Al llegar nos encontramos con un tipo mayor y de gafas negras que decía haber heredado el cuidado de esas tierras hace ocho años, cuando el secuestre que había puesto la policía de estupefacientes lo dejó a cargo. De lo mucho que había ahora quedan tres cabañas rústicas que aún se conservan con su color blanco intacto y en las que habita la familia del tipo que nos recibió; el resto es una pila de escombros, putrefacción y rastros de saqueo. Lo que anteriormente era el lobby, ahora tiene el techo roído y las paredes rotas; a la pequeña jaula donde estaban los leones se la tragó el monte y ya ni se ve; las tuberías, sanitarios y la estatua de Lennon fueron robadas; y la discoteca, a duras penas, conserva su estructura.

Cada tanto veía en el piso huecos que parecían recién abiertos. La gente todavía le tiene fe al capo y busca a escondidas alguna caleta que los saque de pobres.

La antigua Discoteca Lennon es el lugar que más excavaciones tiene a la vista y también parece estar a punto de caerse. Aunque no estaba lloviendo, el agua estancada se filtraba entre lo que quedaba de su estructura de domo y olía a madera podrida. El lugar en el que se debieron haber librado tremendas fiestas fue el que sufrió el peor destino posible. De su aura ochentera solo quedaron vivos los espejos de las columnas en la pista de baile y uno que otro dibujo borroso en la pared. 

La Alemana queda en la vía entre Armenia y Pereira. A unos cinco minutos, por la carretera hacia el sur, está el restaurante El Secreto, un paraíso kitsch de la gastronomía rodeado de montañas, palmas, árboles y curiosas chucherías. Su dueño se llama Felipe. Me habían recomendado hablar con él porque, además de que trabajó en la Posada, era un tipo “de ambiente”. Y en efecto, es el clásico mamagallista antioqueño. Hace años trabajó como contador de Lehder. Fui a almorzar allí y me contó sobre la curaduría musical de la discoteca. En las épocas de jolgorio el encargado de esos temas era un tipo conocido como Mincho Gutiérrez.

Mincho era un peludo, un sollado, un conocedor de música. Un día, recuerdo, Lehder le dijo: “se me va a Londres a comprar lo mejor de la música que encuentre”. Así se fue llenando de vinilos la discoteca. Allá uno se encontraba de pronto una noche a Fanny Mickey con su gente, o a bailarines españoles, pero no había mucha música en vivo. La gente se inventa mucha mierda. Una vez leí que dizque Carlos había secuestrado a uno de los Stones en su isla, Norman’s Cay. Él era un tipo muy generoso y si quería le hubiera podido pagar el doble por un concierto a uno de ellos. No tenía por qué retenerlos.

La mierda de la que hablaba Felipe compone todos los mitos que nutren nuestras narcofantasías musicales. Y aunque Lehder era un narco poco convencional, un poco hippie, desde luego no fue el único protagonista de estas historias; algunas seguro fueron ciertas y, de no serlo, no le quitan lo bien que encajaban los excesos de los rockstars con los de los viejos capos de la mafia colombiana.   

Carlos Lehder y su camión Wolkswagen hippie. Archivo fotográfico de Mónica Lehder

Si bien la imagen típica de la narcoestética –léase Pablo Escobar– es la heredada de los narcocorridos y la ostentosidad burda, las bandas de rock también se untaron de sus dineros y, muy seguramente, de los productos que distribuían.

En una entrevista para una cadena chilena, por ejemplo, los integrantes de Los Prisioneros aceptaron que tocaron en una finca perteneciente a los hermanos Ochoa, cabezas del Cartel de Medellín. Contaron que después de la fiesta recibieron el pago con una cantidad de billetes mojados. Se sabe también que por la discoteca de la Hacienda Nápoles pasaron varios músicos y orquestas, pero ninguno muy cercano al rock. Sin embargo, varias versiones dicen que la visita de los Guns n´ Roses a Colombia en 1992, que terminó en revueltas porque fue cancelada a medio camino, estuvo financiada con dinero de Pablo Escobar. Los rumores indican que a uno de los hijos del capo de Medellín le gustaba la banda.

Otro de los mitos alrededor de Pablo y los Stones fue alimentado por la ficción del artista argentino Luciano Denver, que ni siquiera conoció la Hacienda Nápoles. En 2012 intervino algunas fotografías de la hacienda y le dibujó encima a los Stones. Pero esto en realidad nunca pasó; de haber sido cierto, ellos todavía estarían ahí.

Lehder, por sus gustos, tuvo muchas historias que lo vincularon realmente con las bandas de rock. La más enigmática es la del dichoso concierto de los Stones. Jorge Orozco Dávila también me contó esa historia.

Eso fue en la época de campaña política de Carlos Lehder, antes del 82. Lehder compró un periódico que se llamaba Quindío Libre a Noel Ospina Romero, donde publicaron que iban a traer a los Rolling Stones para hacerle ruido al movimiento Latino Nacional. Decía que querían hacer un evento público gratuito, pero nunca lo hicieron.

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Antes de volver a Bogotá, me reuní en el hotel con la persona que podía resolver todos esos mitos: Mónica Lehder, la hija de Carlos; ahora es una joven rubia y de pelo corto. Durante el auge de La Alemana, ella era una recién nacida. No le tocó vivir junto a Carlos la temporada de vacas gordas en las que Yoko Ono, esposa de John Lennon, estuvo al alcance de la mano. Sobre los mitos de su padre Mónica cuenta:

La gente siempre me pregunta que si fue verdad que él trajo a los Stones. Mi mamá, que fue la fuente más cercana, lo único que me confirmó es que él sí se contactó con Yoko Ono para invitarla a venir y hablar con ella, pero al final nunca se dio nada. Mi papá fue extraditado en el 87 y no pudo vivir La Posada como la quiso porque le duró muy poco. Yo nací en el 83 y durante esos cuatro años él ya estaba escondido. Las leyendas se originaron seguramente por sus gustos. Y porque tenía plata.

Mi papá era fanático total de los Rolling Stones, de los Beatles, pero especialmente de John Lennon. También le gustaba mucho Supertramp. Y lógicamente le hubiera gustado verlos en vivo, pero nunca se pudo. Los conciertos en la posada fueron pocos y con artistas locales. Y cuando él estuvo en Europa nunca coincidió con una gira de ninguno de sus ídolos. Es verdad que en la discoteca toda la música que tenía se la mandaba a traer a Mincho. Era la típica discoteca ochentera con luces y bola de cristal. Alrededor estaba decorada con cuadros de toda la historia de John Lennon; desde niño hasta fundar Los Beatles. Eran cuadros de 2x2. 

Le pregunté por otro mito, el que reza que una reconocida banda tocó encima de un tractor para inaugurar la pista de motocross de La Posada. Ella volvió a llamar a su mamá, Liliana, y le preguntó frente a mí por algunas cosas personales, por la historia del tractor y por anécdotas de otros músicos. Se mostró triste en broma porque parecía que su mamá estaba arruinando la imagen rockera de su padre.

Inicialmente, tanto Mónica como Liliana se hubieran negado a hablar conmigo, porque tienen claro que debe estar cerrado el capítulo de las historias de narcotráfico. No obstante, ella accedió a romper su silencio porque el tema que nos reunía era la música. En verdad parecía emocionarle hablar sobre músicos y conciertos. Parecía feliz cuando me hablaba de sus memorias musicales viendo bandas de metal en MTV, pero eso es otra historia. Respecto a los mitos sobre Carlos, Liliana confirmó que lo de la banda en el tractor sí fue cierto, pero no fue una banda de rock.

Desde Bogotá venía mucho un grupo de bailarines muy famosos en la época y un cantante, pero no eran tampoco las grandes figuras. Acá venía un bailarín muy conocido que se llama Óscar Ochoa y un músico de baladas llamado Harold Orozco. A Carlos le gustaban más las modelos que los músicos. Bo había mucha música en vivo. Eso sí, se sabía completica la canción de Sgt. Pepper's de Los Beatles.

Tenía libros y discos de Los Beatles. Los cuadros y las imágenes las mandaba a traer de Londres. Eran fotografías impresas. La mayoría de esos cuadros se desaparecieron con la extinción de dominios o se los robaron. Algunos todavía los tengo en la bodega.

Para Mónica, los mitos sobre su padre no tienen tanto peso como para los que vieron a Lehder como una figura poderosa y lejana. Antes de despedirnos, me habló sobre esa extraña sensación de que a su padre lo idolatraran por algo que para ella era muy cercano. Una vez hasta se encontró una canción que le dedicaron a su padre con letra y todo.

Buscamos juntos la canción en YouTube. Se llama The Ballad of Carlos Lehder y es interpretada por la banda Rockfish. El video estaba acompañado de fotos de su padre. Mientras yo oía la canción extrañado,  ella lo miraba con ojos de hija enamorada y decía: “tan hermoso”.  Para ella, Carlos Lehder no es una figura de culto, sino un padre ausente por estar condenado en un lugar lejano.

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Se supone que el mito, en su ficción, explica las génesis de las relaciones fundamentales del hombre; el hombre en su relación con fuerzas secretas maléficas o benéficas, pero esencialmente sagradas. ¿Qué es más sagrado para el hombre que la música, el dinero fácil o los bienes de lujo?

Ahora creo que las narcohistorias son tan populares porque de alguna forma tienen el mismo mensaje que los manuales de éxito que venden en los estantes de los supermercados. Solo que al involucrar a la música se vuelven mucho más poderosas.

De todos modos, sigue siendo más divertido pensar que si Keith Richards hubiera pasado por la Hacienda Nápoles se hubiera quedado en una traba eterna montando un hipopótamo. O que Los Beatles tenían una choza hippie reservada en Norman’s Cay; o que Mick Jagger tenía predilección por la hierba que sembraba uno de los capos colombianos. Al fin y al cabo, cuando se comió una oblea en Bogotá también queríamos saber los pormenores. 

Por: 

Fabián Páez López