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‘Una Madre’: cuando acompañar deja de ser suficiente

El 10 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Por eso, a propósito, les dejamos un acercamiento personal a la maternidad y la salud mental a partir de la película colombiana ‘Una Madre’.

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Alejandro (Jose Restrepo) y Dora (Marcela Valencia)
// Cortesía: Antorcha Films

Alejandro perdió a su figura paterna. Su hermano y otros miembros de su familia recuerdan a su padre con cariño y hablan de su partida con nostalgia. Pero en la cabeza de Alejandro sólo ronda la imagen de un hombre que, por años, abusó de ellos física y emocionalmente; una figura oscura que recluyó a su madre en un manicomio cuando él era un niño y lo alejó de ella. Así que decide visitarla en el sanatorio y, en un ataque errático, busca recuperar su relación atravesando las montañas.

La historia de su reencuentro transcurre en la zona rural de Antioquia. La crudeza de la vida en el campo es una metáfora de la crudeza de la enfermedad mental. El enfermo y sus cuidadores cargan con el peso de la religión y del machismo que reprime las emociones y pone las tareas de cuidado en manos, casi exclusivamente, de las mujeres.

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Diógenes Cuevas, director de la película Una Madre, decidió contarnos esta historia sin proscribir ni diagnosticar a Dora, la madre de Alejandro (interpretada por Marcela Valencia), sino destacando su relación rota y la forma en la que la enfermedad mental afecta también a las personas cercanas a la persona que la padece.

Perder a una madre es atravesar por un dolor intenso. Aquí en Colombia, particularmente, estamos (mal) acostumbrados a que las labores del cuidado estén repartidas de manera poco equitativa y la maternidad termine siendo el eje central del cuidado familiar. Por eso la historia contada en Una madre nos interpela con más intensidad a quienes hemos vivido de cerca la pérdida.

Cuando acompañar deja de ser suficiente

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Desde los 9 años vivo con la sensación constante de que en algún momento, a cualquier hora, cualquier día, voy a perder a mi madre.

Mi mamá fue diagnosticada con Lupus Eritematoso Sistémico (LES) cuando yo tenía 10.

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La enfermedad y las clínicas han sido constantes en mi vida desde que soy muy pequeña, porque además de tener que enfrentarnos a su enfermedad crónica, la depresión y ansiedad nos rondaron desde que tengo memoria.

Por eso, en Una Madre, pude ver a mi mamá en Dora. Me vi con ella en un futuro, que espero que no esté cerca, pero que inevitablemente llegará. También me vi en las acciones desesperadas de Alejandro por intentar solucionar algo que no entendemos. Pude vernos en este recorrido que hemos tenido que hacer las dos y que seguimos caminando todos los días, en el que hemos podido ver que los enfermos incomodan, así la gente no lo diga.

Mi mamá, eventualmente, sufrirá de ‘Neblina Lúpica’, una forma muy poética, si me lo preguntan, de decir que no se acordará de nada. Algo parecido le sucede al personaje de Dora. Esta neblina le ha borrado de la cabeza uno que otro término o concepto básico, nada lo suficientemente importante para generar preocupación externa, pero qué hacer cuando ya no pueda verme a través de ella.

Al ver la película, y pensar en nuestra relación, sentí que me había construido desde su mirada. Me hice muchas preguntas, pero hubo una que tomó el lugar de todas: ¿si ella no me reconoce, cómo me reconozco yo? Por ahora no tengo una respuesta y, seguramente, sólo la encontraré cuando ya no tenga otra opción que reconocerme sin ella. Me he preguntado también sobre qué hacer cuando mi compañía ya no le sea suficiente, cuando mi cuidado toque el límite y no pueda seguir más allá.

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Recuerdo visitarla en la Clínica psiquiátrica de La Monserrat, al norte de Bogotá, cuando era niña. Estaba recluida, como Dora. La idea de que eso se vuelva costumbre y no excepción me cuesta. Porque cuando no recuerde nada y deje de hacer y ser las cosas que la hacen ella tendré que hacer un duelo, y no hay nada más doloroso que hacerle duelo a una persona que sigue con vida. Es explicarle al cuerpo que la ausencia es circunstancial, que la mejoría es sólo una idea del deseo.

El suicidio como acto de amor

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Tenía doce años cuando vi a mi mamá muerta por primera vez. Era un día de marzo del 2012, recibí una llamada suya llorando mientras decía que nos íbamos a quedar sin apartamento, que ella ya no podía, que me amaba y otras cosas que, por su afán de hablar, o por mi afán de entender, nunca supe interpretar.

Pasaron 10 años y sigo sin poder explicarlo. Sabía que una parte de mi mamá había decidido dejarme, no entendía cuál, tampoco entendía el porqué. Nunca la había visto tan quieta como ese día. Estaba acostada, boca arriba. Se veía, por primera vez en mucho tiempo, en paz.

No pude evitar llorar, yo sabía que la había perdido así las palabras “suicidio” o “depresión” pasaran por mi cabeza como términos intangibles.

Le hablé pero no escuché una respuesta. No respondía, no me abrazaba, no me regañaba. Empecé a gritarle a un Dios que no sé qué forma tenía, pero le reclamaba porque me había quitado a mi mamá. Le reclamé por el poco tiempo que tuve con ella, por no tener la oportunidad ni siquiera de despedirme.

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Cuando ya no tenía voz y el aire no me daba para gritar más, me volví a acercar a ella y puse mi cabeza en su pecho. Nada, silencio. Sentí ese silencio como una herida que se abría. Tenía doce años y me había quedado con miles de preguntas por hacerle. Puse mis manos en su cara, le di un beso en la nariz, el beso que ella me daba cada que se despedía de mí. Miré sus labios y estaban morados y yo seguía dándole besos en la cara como si eso fuera darle un pedazo de mi vida. No pasaba.

Ese día tuve mi primer ataque de ansiedad. Lo que pasó después dejó en mi cabeza espacios en blanco que aún no he podido llenar. La llegada de la ambulancia, lo que los paramédicos me decían, mi papá llegando al apartamento. A mi mamá la salvó un lavado gástrico que quitó el exceso de clonazepam de su cuerpo, la salvó una niña que, como pudo, pidió ayuda. A mí me salvó, 8 años después, entender por qué lo había hecho.

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“A la mayoría de personas les sirve más un muerto que un loco”

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Alejandro hablando con Socorro
// Cortesía: Antorcha Films

“A la mayoría de las personas les sirve más un muerto que un loco” le dijo Socorro, la encargada del sanatorio donde estaba Dora, a Alejandro. Eso mismo pensó mi mamá cuando se tomó casi un gotero entero de ansiolíticos. Algo dentro de ella le dijo que mi vida sería más estable si me iba a vivir con mi papá. Me soltó porque creía que podía estar mejor sin ella.

“Porque a un muerto se le puede enaltecer, en cambio a un loco hay que esconderlo”.

***

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La película Una madre, producida por Antorcha Films, está disponible en Cali, en la cinemateca del Museo La Tertulia; en Medellín, en Procinal Las Américas, en el Colombo Americano y el Museo de Arte Moderno; y en la Cinemateca de Bogotá.

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