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'Happy as Lazzaro', la ‘Roma italiana’ que debió triunfar en los Óscar

Por qué no perderse esta favorita de los festivales.
Netflix.
Netflix.
Por
Victor Solano

Roma da de qué hablar: tres premios de la Academia a mejor cinematografía, mejor película en lengua extranjera y mejor dirección. Su éxito arrollador es más que merecido. Pero hay otra producción de la que casi nadie habla al no haber sido nominada a los premios. Sí, Happy as Lazzaro es una obra maestra olvidada por todos a pesar de tener puntos tan altos como Roma y una temática muy parecida. Aquí comparamos y destacamos lo mejor de ambas películas.

Por Víctor Solano Urrutia.

En la premiación del pasado domingo, Roma se llevó todos los honores y fue una de las películas más galardonadas de la gala. El filme de Cuarón estuvo a la altura de las expectativas y se convirtió en la primera producción mexicana en ganar en la categoría de mejor película de habla no inglesa y la cuarta a nivel latinoamericano. Nada que reprochar en la decisión, Roma ha demostrado ser al mismo tiempo una obra de arte y una crítica social con elementos muy destacados en la actuación, en la originalidad temática y en el alcance del guion, entre otras cosas.

Pero quizás por ser una película de la cual no se esperó mucho en su momento y que no se compara con el alcance que tuvo una producción de quince millones de dólares como Roma, ‘Lazzaro Felice’ de Alice Rohrwacher (2018), rebautizada en español Lazzaro Feliz, no tuvo tanto eco. Se trata de un filme que, al igual que Roma, no está hecho para todo tipo de públicos. El silencio, las pausas, las secuencias de milimétrica artesanía son ese tipo de elementos que aburriría a un 98% de los espectadores.

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Estas particularidades no dejan de ser maravillosas si comparamos punto por punto las dos producciones. Ya sabemos que Roma tiene una especial conexión con nosotros al retratar una realidad diaria de nuestros países latinos. Pero a pesar de que Happy as Lazzaro no cuenta con karatecas desnudos ni con sensacionales escenas de persecución estudiantil, tiene una belleza muy sutil que nos conecta emocionalmente. Y bueno, también tiene lobos, lo cual siempre es genial cuando no son mitad adolescentes patéticos como en Crepúsculo.

Un arte que supera el mal llamado “realismo mágico”

Cuando el crítico de arte alemán Franz Roh utilizó a principios del siglo XX el término “realismo mágico” lo hizo con el propósito de expresar lo que para la clase alta europea era una imposibilidad mestiza. Por una parte, una realidad fuerte, directa, cruda; por la otra, una cotidianidad plagada de magia, de extrañeza única y exótica. Por supuesto, esta visión exotista viene de un contexto urbano industrial, moderno, que no se deja de “supersticiones pueblerinas”. Realismo mágico es una forma snob y políticamente correcta de referirse a estas realidades casi siempre rurales y culturalmente extrañas al europeo promedio. 

Digámoslo así: Cien años de soledad simplemente es. En la costa caribe rural la crudeza y la belleza hacen parte de un solo mundo, y García Márquez a penas se encargó de usar las palabras precisas para describirlo. De igual manera, Happy as Lazzaro toca las fibras de esa realidad campesina italiana de los años 70 que se tropieza con la explotación laboral, la esclavitud y los cuentos de lobos y santos que usan los padres para criar a sus niños. En esa combinación de relatos que incluyen el poder de la devoción religiosa y las pequeñas formas de resistencia (no olvidemos que los campesinitos escupen con odio en la comida de sus patrones), hablar de realismo mágico sería un insulto. La vida simplemente es así en estos lugares.

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De manera similar, Roma toca las fibras del latinoamericano que vivió estas situaciones de explotación doméstica, ya sea en carne propia o por el remordimiento de un maltrato inconsciente. El mundo que rodea a Cleo (Yalitza Aparicio) se presenta a nuestros ojos como un universo de sucesos extraños pero cotidianos: terremotos constantes, niños que nacen muertos, demonios gringos que cantan en medio de los incendios, superhéroes que enseñan artes astrales a mexicanos de escasos recursos, etc. 

Y podemos hacer una comparación que a los puristas del cine puede parecer imprecisa, pero Lazzaro (Adriano Tardiolo) está en la misma posición que Cleo. Su mundo se desmorona, la gente envejece, los lobos acechan, los fantasmas caminan pero no comen, la música vuela y escapa, etc. No hay realidad que dure cien años ni magia que la contenga.

“El olor de un hombre bueno” en medio de la desgracia

Cleo y Lazzaro tienen en común varias cosas: son víctimas de un mundo que los explota simplemente porque puede, porque las cosas “siempre han sido así”; ambos atraviesan dificultades sin vacilar y sin retroceder en sus deberes; los dos se declaran vulnerables pero no por ello cuelgan la toalla (Cleo reconoce que no quería a su bebé y Lazzaro se excusa ante el marqués por su “fiebre”); y sobre todo los une el hecho de que son personas buenas en un mundo que se empeña en ser un asco.

La bondad, más que la desigualdad social, es el verdadero tema de estas dos películas. De hecho, la desigualdad puede venir en muchas maneras y colores. En Roma se trata de una desigualdad institucional, que pasa por el salario miserable y por la crianza impuesta; en Happy as Lazzaro, tiene la forma de la esclavitud y de una pobreza obligada: los campesinos de la hacienda ‘La Inviolata’, una vez son liberados, son sumidos en la miseria. En Roma, en cambio, Cleo cuenta con algunos privilegios de la clase alta, como salud y vacaciones.

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Sin embargo esto es accesorio. Cleo y Lazzaro son en el fondo caras del problema “dostoievskiano” de la bondad, la cual no puede ser sino estúpida. La bondad y la idiotez son caras de la misma moneda, y lo son en el sentido en que los personajes no se rebelan, no actúan contra corriente: hacen lo que se les dice y al final su destino los vuelve héroes o víctimas. Este mundo mezquino que trata a todos como basura hace que las personas buenas se conviertan en indispensables, casi en santos. Y su santificación, paradójicamente, los hace todavía más rebeldes.

Pero el punto de inflexión que separa a Roma y a Happy as Lazzaro tiene que ver con la forma en la que critican estos modelos de desigualdad. Mientras Roma critica el machismo, la pobreza y el abuso de la clase media-alta por medio de contradicciones fuertes y explícitas, Happy as Lazzaro lo hace de manera más sutil cuando nos hace pensar para qué carajos sirve la modernidad.

Los santos devotos de la modernidad

Pensemos en esa maravillosa combinación de elementos artísticos que logró que Roma triunfara en los Óscar. Las metáforas y las contradicciones que vemos a lo largo de la película son la clave. Por ejemplo tomemos las siguientes: 

1) Aunque las empleadas domésticas Cleo y Adela vivan en un cuartucho de la casa, no pueden usar luz eléctrica de noche por orden de los patrones. No obstante, es Cleo quien apaga siempre las luces de la gran mansión que los niños y los papás dejan encendidas hipócritamente. 

2) Cleo y Adela están constantemente restringidas en sus costumbres, tanto así que los niños odian cuando ellas hablan en lengua indígena. Pero aunque se las trate de “modernizar”, siempre tienen que estar separadas del mundo blanco: tienen que tomar sus propios tragos, tienen sus fiestas aparte, duermen lejos de los patrones, etc.

3) Metafóricamente hablando, hay una contradicción entre conflicto y estabilidad. Cleo siempre es la persona más estable aunque el mundo a su alrededor se desmorone; cuando tiembla en la capital, ella es la única que no pierde la compostura; cuando el superhéroe enseña a todos los karatecas su pose mística, sólo ella pueda hacerla. Sin alardear mucho, Cleo es la más fuerte de todos los personajes.

4) La figura del hombre machista ausente es la más tangible y la más crítica. El papá de los niños sólo aparece con símbolos muy fálicos como el auto gigante que no cabe en el garaje pero que él trata con más dedicación que a sus hijos. También está el karateca que deja embarazada a Cleo y luego se marcha no sin antes amenazarla. Las figuras femeninas se encargan de acabar con estos símbolos. Doña Sofi destroza el orgullo de su perro marido cuando hace trizas su adorado Galaxy, y Cleo abraza la paz cuando se libra milagrosamente de esa maternidad forzada que la amarraba por siempre al machismo. 

Estas son las contradicciones de Roma que a mi juicio la hacen merecedora del Óscar. Ahora, Happy as Lazzaro también merecía la misma distinción por lograr lo que otras tramas han fallado en hacer manifiesto: ¿Cómo expresar la resistencia a la modernización? Mientras algunas películas tratan de rebuscar fórmulas sacadas de los rincones más olvidados del mundo rayando en el amarillismo, el exotismo o el complejo del salvador occidental, Alice Rohrwacher manipuló magistralmente el tiempo del reloj y lo puso a merced del tiempo cíclico del campo y de esa realidad de cuentos que no son sólo cuentos. La directora logró utilizar los símbolos del catolicismo campesino para explicar y a la vez criticar la violencia de la modernidad. Nada más revolucionario que esto.

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La simpleza de la trama la hace una obra maestra, quizá de las mejores de nuestra década. No es una oda melancólica al pasado ni una alabanza al presente moderno. Tampoco es pretenciosa ni sobrecargada. El guion es de por sí una pieza inigualable que se acompaña mejor con la actuación irremplazable de Adriano Tardiolo (quien debutó al igual que Yalitza Aparicio), con una ambientación muy bien lograda, un humor cautivante y un arte retratado bellamente por el formato Súper 16 mm que no alcanza a describir estas palabras. A la próxima será, joven Lazzaro.

 

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