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Así era El Castillo, 'el parque de diversiones de los sinvergüenzas'

Uno de los prostíbulos más famosos de Bogotá cerró la semana pasada por líos legales. Días antes estuvimos averiguando por qué tanto alboroto.
Por
Laura Muñoz

En la zona de la Calle 22 con Caracas está El Castillo, un prostíbulo famoso por sus mujeres, ubicación, supuestos nexos con el narcotráfico, y que ahora está en medio de problemas por las actividades ilegales de sus antiguos socios.

Por: Laura Muñoz - @nadadoraa // Fotos: cortesía KienYKe

El Castillo es, o era si persisten sus líos legales, un prostíbulo icónico en Bogotá que está emproblemado por sus viejos vínculos con José Ricardo Pedraza y Carlos Manuel Medina, las cabezas de una red de lavado de activos y de narcotráfico. 

El Castillo VIP Night Club sí que es un castillo. Pero uno muy a la colombiana. Con una fachada enorme que imita un palacio medieval, una entrada amplia que da la sensación de lujo y un ejército de súper humanos que serían capaces de requisar el pensamiento; el club para caballeros recibe cientos de comensales esta noche. Uno de ellos soy yo.

A la entrada -donde predomina un estilo sereno y, según muchos, elegante- pregunto por Juan Pablo Lozano, el hombre de 44 años que gerencia El Castillo desde el 2011. "Tenemos una cita a las 6:00 pm", le digo al guardia, pero muy pronto me doy cuenta de que está demorado. Necesito entrevistarlo por Made in Colombia, una serie de fiestas electrónicas en su club de placeres que reúnen más de mil personas y que pueden costar entre 30.000 y 1.200.000 pesos dependiendo de la boleta. Para ese momento no sabía nada ni se habían destapado los enredos ilegales del club, pero sí sabía del éxito de las fiestas en medio de lo que muchos llamarían una olla.

Tras las puertas que conectan con el interior del club se despliegan unas luces de neón que enceguecen. Entreveo un primer piso con mesas, sofás y camareros de esmoquin. Recupero la vista. Veo un segundo piso con palcos –luego me enteraría de un tercer nivel con habitaciones para “servicios privados”–. A juzgar por la entrada imagino un lugar entapetado con hombres fumando habano, pero me encuentro con un gran salón en piso de baldosa y mesitas de acero.

El ambiente cambia, por supuesto. En comparación con el hall que indica distinción, el interior del club es una mixtura entre el ruido y la escasa visibilidad. La arquitectura de castillo se mantiene, pero el propósito es distinto: que los clientes pasen desapercibidos.  Camino lento. Me mezclo entre unas 80 personas. Veo dos tubos enormes que atraviesan el tiempo y el espacio. Luego unas mujersotas con extensiones, maquillaje, tacones y mini-faldas/pantis/bikini/tops/no-sabe-no-responde sobre sus prominentes curvas.

Pero esa fue una primera impresión. Me fijo mejor y hay todo tipo de mujer. Las chicas de El Castillo son muy diferentes a como las imaginaba. Aunque muchas entran en el estereotipo de narco-belleza, algunas podrían ser tan naturales y jóvenes como las niñas con las que estudié durante la carrera. Como mis amigas. Como yo.

Tomo asiento, luego un sorbo de cerveza. Escribo, otro sorbo. Y así transcurren dos horas en los que una morena enorme hace un show de striptease en el tubo principal al son de una música electrónica más bien ecléctica. Otra rubia le hace un baile privado a un grupo de ancianos -que probablemente celebra su jubilación- y entre tanto, contabilizo más de 150 mujeres entre los 20 y 35 años que buscan clientes. Ese dato lo confirmaría Juan Pablo Lozano, quien llegaría dos horas y media después de lo acordado y me daría una entrevista en una oficina pequeña. 

Una oficina caracteriza demasiado bien a alguien, pero la de Juan Pablo habla por él. Entre los vidrios que protegen sus mesas, por ejemplo, hay una serie de tarjetas con leyendas bíblicas y mensajes personales. En sus paredes, banderas y afiches, y sobre su escritorio -el mismo que reafirma su poderío- un manojo de papeles. Pero eso es poco. Juan Pablo Lozano es un tipo imponente. No solo anda con los zapatos bien lustrados, sino que también carga con un cuerpo grueso, una calva bien afeitada y una mirada penetrante. Tampoco se anda con rodeos. Y no es para menos. Manejar un prostíbulo en una zona de tolerancia ya es suficiente motivo para tener un carácter parejo.

Pero Lozano no está solo. A pesar de que es el gerente y uno de los socios, en total hay cuatro cabezas detrás del negocio. Lozano se reserva los nombres, pero ya es bien sabido que el núcleo familiar de José Ricardo Pedraza y Carlos Manuel Medina Acosta, dos narcotraficantes acusados por lavar millonarias cifras de dinero entre 2001 y 2002, mantienen control sobre parte del inmueble. Por eso una parte de El Castillo, junto con 35 propiedades más, enfrenta una extinción de dominio del CTI desde el pasado 15 de febrero. 

"Para mí El Castillo es como una discoteca con habitaciones. Ni siquiera lo veo como un prostíbulo. Es un centro de eventos. Obviamente los hombres saben que las niñas tienen placas públicas, se prestan para el diálogo y que pueden interactuar con ellas", dice Lozano mientras se incorpora del todo en su asiento. De vez en cuando también interviene Stephanie, su esposa de 22 años que hace las veces de asistente. Juntos manejan El Castillo y mantienen un diálogo directo con 'las niñas', como ellos las llaman. 

Afuera incrementa el flujo de asistentes. También el de “las niñas”. Si antes había alrededor de 80 personas, seguro que ahora son cientos. La conversación con Juan Pablo continúa. Hablamos sobre las fiestas electrónicas, el target de sus clientes –que oscila entre los estratos 3 y 6– y hasta la presión de género entre las trabajadoras sexuales. 

No es un mundo fácil. Además de la presión por mantenerse esbeltas y deseables, no es un secreto para nadie el micro tráfico en la zona. Pero lo cierto es que cada quien tiene la libertad de hacer lo que quiere y de no ser juzgado. Ese es el encanto -y la desgracia- de una zona caliente como la calle 22. Lo que la catapultó a ser lo que es hoy.

Por su parte, El Castillo luchó durante años por posicionarse como uno de los prostíbulos más prestantes y reconocidos de la zona junto con La Piscina. Y a pesar de estar involucrado en un escándalo de narcotráfico a causa de sus antiguos dueños, no es desconocida su reputación como uno de los mejores clubes de esta naturaleza en Bogotá. 

Alejandro (24 años), uno de los asistentes y lo que yo llamaría un “niño bien”, dice que le gusta venir a El Castillo porque puede estar con sus amigos tranquilamente y distraerse con las chicas. Ha visitado el Club unas diez veces. Siempre se siente a gusto. Y así como él son muchos los hombres de estratos socio económicos altos que vienen a los prostíbulos de la zona de tolerancia.

"Este es el parque de diversiones de los sinvergüenza", dice Juan Pablo. Y añade que los hombres se sienten a gusto porque están con las niñas que les gustan, a la hora que quieren y con el trago que quieren. De otro lado, todo indica que a las chicas también les gusta lo que hacen. Al menos a las de El Castillo. 

Son cerca de las 11:00 pm y el club está a reventar. Para ser un miércoles parece que la oferta y demanda están bastante bien. Los shows en el tubo y en los palcos privados continúan con regularidad. Parece que la euforia ha aumentado con el paso de las horas. A Juan Pablo le gusta lo que hace. Se le nota. Dice que “trabaja constantemente por el bienestar de las niñas y que quiere lo mejor para ellas”.

Con un acento paisa muy marcado y una cortesía natural, Lozano se despide y me invita a volver cuando quiera. Más adelante me entero de las investigaciones que adelanta el CTI y de la situación actual del club. Y aunque enfrenta una extinción de dominio y una serie de despidos, no todo el inmueble está en líos. Por eso queda esperar y reconocer que El Castillo sí lo tiene todo para ser un castillo. Al menos uno diseñado para los sinvergüenzas.

 

 

 

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