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Cinco preguntas incómodas para hacerse sobre las corridas de toros

Gústeles o no ir a toros, el debate se llenó de los vacíos propios de esta generación de indignados virtuales.
Foto: Daniel Álvarez
Foto: Daniel Álvarez
Por
Fabián Páez

Con la temporada taurina no se está despertando la compasión, sino los callejones de la infamia para quienes asisten a las corridas. Gústeles o no ir a toros, el debate se llenó de los vacíos propios de esta generación de indignados virtuales.

Por Jairo Clavijo Poveda y Fabián Páez López (Antropólogos)

Durante la tercera corrida de toros en Bogotá, el número de aficionados fue escaso. ¿Qué pasó con el lleno y la euforia del primer día? Según los datos, solo asistió menos de la tercera parte de los aficionados. La causa, el miedo. Miedo a los activistas y al escarnio público. Cabe preguntarse bajo qué circunstancias la primera corrida se convirtió en una situación traumática para muchos, al punto no de no querer volver a la plaza. Y sobre todo, en qué momento se volvió tan caricaturesca la discusión sobre el tema.

Acá reflexionamos sobre algunos aspectos que han convertido de este, más que un debate entre argumentos, un juego del sentido común reinante, de la opinión mediada y de la negación del contacto con las dimensiones problemáticas de la realidad; lo que se dice suele estar guiado por clichés y opiniones infusas.

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1.

El callejón de la infamia: ¿Los antitaurinos son seres más evolucionados? ¿Los que van a toros son arcaicos?

 

En un hecho inaudito, para esta caldeada temporada taurina, en la primera corrida, las autoridades hicieron caminar hacia la Plaza a los aficionados por un “callejón de la infamia”. Parecía un espectáculo romano montado por la Alcaldía. Al mejor estilo de la antigüedad, los manifestantes a lado y lado de los condenados gritaban toda suerte de improperios con escupitajo incluido en medio de este ritual arcaico de “muerte social”. Recordarán la escena de la quinta temporada de Game of Thrones en la que Cersei Lannister camina desnuda frente al pueblo por orden del Gorrión Supremo. Una escena, por cierto, inspirada en los rituales de humillación pública ejecutados por la iglesia católica para castigar la herejía o el adulterio en la Edad Media.  

Lo paradójico: la muchedumbre arengaba “ricos, anacrónicos”, sin darse cuenta que estaban haciendo parte de un espectáculo arcaico, casi pornográfico, en el que todos representaban a la colombiana lo que algunos pensadores como el filósofo esloveno Slavoj Zizek han señalado como la crisis del multiculturalismo: es decir, ese punto muerto al que ha llegado la tolerancia liberal, la cual, al mismo tiempo que lucha por reconocer los distintos modos de vida impone fuertes y silenciosas restricciones a la diferencia, ocultando las estructuras y dando por terminados viejos conflictos irresueltos, como la desigualdad económica.

Hacía mucho tiempo no veíamos personas que se pasearan por la sociedad portando “una moral evolucionada” cuya única posibilidad es la anulación del otro. No hay negociación posible, no hay diálogo alguno, solo existe el argumento propio y el de la no existencia social de un Otro radical, en este caso los aficionados.

2.

¿Por qué hay toreo (y violencia)?

 

Observando sus actos pareciera que para algunos antitaurinos, quienes asisten a las corridas son una especie de monstruo desquiciado del tipo Drácula al que le gusta ver sangre por placer, u oligarcas avariciosos del tipo Señor Burns que juntan los dedos cuando ven morir al toro diciendo “Excelente”. Pero la cosa va por otro lado. Las corridas existen porque sencillamente mucha gente aprendió de sus antecesores esa forma de goce colectivo, una tradición de siglos atrás que de manera también paradójica explica la existencia de los toros de lidia.

Ahora una parte de la sociedad se compromete con una nueva ética hacia los animales. Lo que es también comprensible. Pero esto no explica por qué el uso de tanta energía violenta, como mecanismo paradójico para repudiar la violencia. Tampoco se entiende por qué nos causa tanta dificultad asistir a escenarios de conflicto social donde el país ya no es tan multiétnico y pluricultural como se soñaba en la década de 1990.

Una líder antitaurina afirmaba al respecto, con la misma credibilidad que nos produce la antitaurinidad del Alcalde, que los violentos eran unos pocos y que ellos eran pacíficos. Esta misma líder de la defensa de la vida se inventó en una nota de prensa reciente el sustantivo “parataurinos”, dándole la estocada política, en un acto de palabra, a los aficionados y a cualquier discusión, pues quien no piense como ella, pertenece a un bando enemigo. En otro caso, un youtuber mayor de 40 años (o de 42), pone a sus lindas hijas a ver fragmentos de una corrida, sin explicarles nada de contexto, frente a lo cual las niñas en un acto casi de tortura infantil estallan en llanto y gritos al ser forzadas por su padre a ver semejante cosa, para concluir este espectáculo dantesco preguntándole a las inocentes criaturas si creían que eso era arte o cultura. Por supuesto, entre sollozos, respondieron “no” a gritos. No quisiéramos imaginar un padre ultraconservador que se le ocurra poner a sus niños a ver un video sexual bajado de internet, y luego preguntarle a la moral de un niño si cree que eso es amor. En serio, ¿hasta dónde podemos llegar en la defensa de una causa?

3.

¿De dónde salió el monstruo taurino?

 

Hasta acá, aparece claramente en el ruedo social un nuevo “monstruo cultural”: las corridas y por supuesto quienes van a ellas, e incluso cualquiera que opine diferente al respecto. El toro como ser viviente pasa a un segundo plano. No hay propuestas serias de contingencia sobre lo que pasaría con los toros vivientes después del triunfo de la causa antitaurina, quizás ya no importe su suerte, se abrirá una nueva causa. ¿Terminarán acaso como los peces del Atlantis, o como los peces león? Al fin y al cabo son una especie foránea muy peligrosa para otros animales y para los humanos. El objetivo es otro, son las corridas, ese ritual de goce, ahora considerado inmoral.

Se revela entonces el centro del problema: se trata de la censura –disfrazada de evolución moral– a un tipo de goce colectivo atribuido a la clase dominante y a las clases populares que gozan con las corralejas y el coleo. Pareciera, en consecuencia, que quienes se consideran más evolucionados se pudieran dar licencia de ejercer cualquier tipo de violencia para imponer sus convicciones sobre estas formas de goce históricamente aprendidas. Es más aceptable ver animales explotados económicamente o siendo usados como antiexplosivos o antimotines, pero no en las corridas. Lo de las corralejas y el coleo viene por añadidura.

(Vean también: ¿Por qué nos sobreactuamos con los animales?)

Asistimos a la emergencia de un clasación social que da base a una nueva lucha de clases en el terreno moral, como lo expone Zizek. Algunos creen que sus convicciones deben ser la única verdad biopolítica y que deben ser impuestas a toda la sociedad. Como le contaba hace un tiempo el filósofo español escritor Fernando Savater en una entrevista a Alfredo Molano Bravo: “ir contra las corridas de toros no puede ser una norma moral impuesta a todo el mundo. ¿Qué se podría decir hoy de un mandatario que prohibiera por ley acostarse con la mujer del vecino?” O mejor, ¿qué sería de nuestras vidas si el exprocurador o el “concejal de la familia” puedieran imponer todas las normas que se les vienen a sus mentes perversas? Con esto se niega de tajo la tan cacareada pluriculturalidad. ¿No se tratará básicamente de la extensión de una moral de clase media que quiere colonizar a ricos y pobres con su credo?

Pero, volvamos a la Plaza ese primer día. Después de pasar por la muerte social, los aficionados se reconfortaron cuando salió el primer toro de otro callejón, el de los toriles. Uno a uno fueron lidiados y sacrificados. La verdad, sin el contenido ritual este espectáculo puede resultar grotesco -sin el trajecito luminoso pegado al cuerpo; sin el sombrero y el estoque, que emulan claramente los cuernos del animal-. Una vez más, el toro como viviente pasa a segundo plano.

 

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Foto: AFP

4.

¿Es una causa popular?

 

Estamos frente a un hecho que puede casi que catalogarse como “paradigmático”, como lo vería el filósofo italiano Giorgio Agamben. Es una situación de punto cero, no hay mediaciones, solo tiene referencia a sí misma. Al final, creemos que no habrá más corridas, pero tampoco toros, desaparecerán por un giro moral en los gustos de los humanos que los crearon.

Vale la pena preguntarse en medio de esta situación, cuál será el futuro del sueño multicultural en el país del postacuerdo. Sobre todo teniendo en cuenta que todas las culturas tienen prácticas aceptadas que causan sufrimiento a otros seres; por ejemplo, hay ablaciones y circuncisiones a niños indefensos por razones religiosas, en nuestro país hay grupos indígenas que cazan y comen micos que serían sagrados para los animalistas, pero los indígenas están amparados por la diversidad cultural; otros indígenas aplican legítimamente castigos físicos ancestrales como el cepo o los latigazos ¿son también formas de tortura inaceptables? Si lo son, ¿por qué no despiertan la movilización social? ¿Cómo queda aquí la consigna “tortura no es cultura”?. Se abre el abanico de muchas nuevas posibles causas morales para casi todo, que dividen y seguirán dividiendo a nuestra sociedad. Las nuevas luchas sociales están dejando de ser políticas, y empiezan a coger fuerza formas totalitaristas de tipo moral.

Todos asistimos apacibles y hasta complacientes a la corrida de la desigualdad económica, de la reforma tributaria, de las arbitrariedades que abre el nuevo Código de Policía, a la eternización del macabro sistema de salud colombiano. Estas causas, las verdaderas en el sentido de Zizek, no movilizan activistas enardecidos, realmente no son sus causas. Son otras las que alimentan la defensa radical de las convicciones, la protesta y el cambio en el orden jurídico. Un oscuro panorama ideológico para la promesa de un país incluyente, menos desigual para todos.

5.

¿Se millenializaron los animales?

 

El escritor inglés Simón Sinek dio en el clavo al analizar los rasgos particulares de la generación millenial. En una entrevista que circula por Youtube menciona que una de las características principales de quienes entramos en ese grupo es el haber crecido pensando que “éramos especiales”, que tendríamos todo lo que quisiéramos por el simple hecho de quererlo. Una autoimagen que se quiebra cuando nos enfrentamos al mundo real. Y la realidad es que no todos crecimos humanizando a los animales, viendo caricaturas de Disney con ratones, vacas, patos y perros parlantes.

Esa humanización de los animales, de hecho, es la causante de un festín de millones alrededor del mercado para nuestras mascotas. Según cifras de Fenalco, la industria que rodea el cuidado de los animales de compañía está creciendo a un ritmo de 13 por ciento anual. Este crecimiento, según ellos, se explica por algo llamado “el ‘síndrome del nido vacío’, aplicable a las parejas jóvenes que se niegan a procrear y llenan la necesidad de dar afecto y protección con un animal doméstico”.

Si lo pensamos bien, lo que está en juego es una necesidad muy humana de dar afecto y protección. No es un asunto de cercanía con la naturaleza, pues a decir verdad, somos una generación que ha crecido completamente alejada del mundo natural. Para nosotros, por ejemplo, la selva es la casa de Tarzán y sus amigos o, por mucho, un lugar para pasear rodeado de lindos arboles a donde nos lleva un guía turístico.

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