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Es más peligroso denunciar a un violador que violar a una mujer

Tanto las leyes de protección a la mujer como esas campañas (No es no, #MeToo, etc.) son solo letra muerta.
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Johana Arroyave

Últimamente casos como el de La Manada en España, Claudia Morales en Colombia y los cientos que se destaparon en Hollywood nos han recordado que es más peligroso denunciar a un abusador que abusar de una mujer. ¿Qué tan efectivas son campañas como “No es no”, #MeToo o las docenas que se inventan? ¿Los hombres sí están entendiendo que las mujeres tienen derecho, aún si son sus parejas, a negarse a tener relaciones sexuales?

Por: Johana Arroyave / @JohanaArroyave

Érase una vez una señora de unos 45 años, que vivía en un pueblo muy lejano y que amaba criticar mi soltería escudándose en la frase “mamita es que usted debe joder mucho”, caminaba por su palacio de oro sacando pecho como pavo real y contando las aventuras que a mi edad tenía con algún hombre. Cansada de ver que a mis pobres 25 años no encontraba el príncipe azul, sacó una varita mágica para lanzarme el hechizo del amor verdadero y con él, la solución al gran problema diciendo: “abra cadabra, patas de cabra… que esta niña entienda que a los hombres no hay que reclamarles por nada, no hay que hacerles preguntas y siempre decirles que sí en la cama”.

Y así sin más me lanzó la verdad más absurda que haya escuchado alguna vez, pero con la que crecieron muchas mujeres; que a los hombres hay que satisfacerlos en la cama o van y se buscan otra y qué pena quedarse sin un man al lado, que es preferible aguantar el sacrificio de abrir las piernas que decirle que no. Y no, esto no es un cuento de hadas, es la realidad con la que crecen muchas niñas y tras la que se escudan muchos hombres para violar a su pareja pues en algún momento les metieron en la cabeza que cuando se tiene una relación el sexo no es una opción, es una obligación.

No, no me inventé la historia de la señora, es real. La viví, la he vivido y la sigo escuchando, en otros rostros, en otras voces, de ambos géneros (hombre o mujer) y con otras protagonistas. Desde que estábamos pequeños nos enseñaron que el sexo existe, cómo hacerlo, cómo protegernos de embarazos, cuáles son los órganos reproductores, y qué tenemos dentro de cada uno de ellos y sus nombres; pero nunca nos enseñaron que el sexo implica intimidad y que, si no queremos hacerlo un día simplemente debemos decir “no” sin sentirnos mal, sin pensar en las consecuencias, que al final no son nada pues lo único importante debería ser sentirnos bien con nosotras mismas.

El ayuntamiento de Madrid (España) creó en 2017 una campaña contra las agresiones sexuales a mujeres a la que le pusieron el lema “No es no”. Esta iniciativa intenta concientizar a la sociedad sobre un concepto muy sencillo: cuando una mujer dice que “no” es que “no”, siempre, en cualquier situación, incluso de fiesta, sobrios o borrachos. El sexo es un deseo no una obligación.

De esta iniciativa se desligaron miles de actividades a nivel mundial y lograron que mujeres del mundo se unieran para levantar la voz y contar cómo les tocó tener sexo sin querer con su pareja o con un hombre por el miedo a las repercusiones. Así leímos y escuchamos casos que nos dejaron con la boca abierta y que nos hicieron reflexionar sobre lo que pasa realmente detrás de esto. Y es que nuestra educación nos tiene jodidos porque a la hora de tener sexo, si a un hombre no se le para es normal, no puede tener relaciones y ya pasó. Pero si una mujer no quiere, solo tiene su palabra para parar la situación.

Lastimosamente hemos crecido con frases como “si no se lo da se busca otra” o “por eso es que tienen amantes, porque la mujer no los satisface en la cama”. Las han recalcado tanto que para muchas mujeres se ha creado un problema psicológico en el que el miedo a perder a la pareja es más grande que el valor sobre el propio cuerpo y vale más la pena tener a alguien al lado que sentir la satisfacción de haber dicho “no” cuando no se quería. ¿Por qué pasa esto? Simple, porque en pleno siglo XXI y por factores socio económicos, culturales o familiares y sobretodo de educación hay chicas que siguen creyendo que no pueden solas si no tienen una figura masculina a su lado.

¿Y si empezamos a cambiar la educación, las frases y ayudamos a que el amor propio sea más fuerte? Tal vez así evitaríamos que muchas terminaran llorando en una habitación después de haber entregado su cuerpo porque tocó. Los grandes expertos y revolucionaros salieron a decir que era necesario que las mujeres empezaran a denunciar los casos en las que las obligaban a tener sexo sin consentimiento, que no se podía atacar el problema si no abrían la boca, como si nombrar el mal lo erradicara. Y sí, en teoría muy acertado, ¿pero en la realidad funciona?

Creo que estos gurús de las teorías no pensaron que tenemos una sociedad en la que tras de que nos violan, no nos creen cuando denunciamos. O sea, abusadas y mentirosas. Aquí es necesario aparecer muertas en un caño y que la autopsia diga “fue una violación”, pues quedar vivas e ir a denunciar donde la autoridad implica que no nos crean, pasar por un escarnio público, enfrentarnos con el violador (si es una persona cercana) y finalmente escuchar la frase “pero si era su pareja cómo sabemos que es cierto y usted no se está vengando porque sí”. Si es una persona externa nos enfrentamos a que nos digan en la cara –como se lo hicieron a la chica de 18 años en España violada por 6 hombres distintos–: “no es una violación porque no gritaste y no pediste que pararan”. A pesar de que la estaban grabando estaba en una esquina llorando en cuclillas y con los cinco acusados rodeándola con los pantalones abajo. ¿Alguien cree que en ese momento si ella dice “no quiero hacer eso” o “no me apetece”, la dejan ir así como así?".

Y no es necesario ir tan lejos, lo vivimos en nuestras narices. Cuando la periodista Claudia Morales denunció que uno de sus jefes la violó, la acusaron de vengativa, de showsera, de loca y la insultaron hasta que quisieron. Y tras del hecho le dijeron que le gustaba que la violaran pues nunca había denunciado. Nadie vio el miedo que podía tener, el sufrimiento que le debió causar y sobre todo que aunque intentó parar la situación fue imposible.

Sí, es muy bonito decir que hablando se solucionan las cosas, escribir sobre papel es muy fácil pero la realidad es a otro precio. Según cifras de Medicina Legal en Colombia hay tres reportes de abuso sexual cada hora, pero solo un pequeño porcentaje de las víctimas busca justicia. En 2016 fueron realizadas 6.251 valoraciones a nivel nacional de mujeres que denunciaron algún tipo de violencia y de los cuales se resaltaron 1.359 casos como "riesgo extremo" pero la mitad de ellos se quedó en veremos. Entre enero y septiembre de 2017, en Colombia aumentaron las denuncias de delitos de embarazo forzado y acoso sexual en un 8,9%; aunque el Código Penal colombiano señala en la Ley 1257 de 2008 que la pena por “acceso carnal violento” es de 12 a 20 años, la impunidad de las denuncias de abuso sexual es del 97%. 

Tanto las leyes de protección a la mujer como estas campañas (No es no, #MeToo, etc.) son solo letra muerta pues la realidad, por lo menos la colombiana, es que muy rara vez un violador va a la cárcel. ¿O ya se nos olvidó el caso de Claudia Giovanna Rodríguez, quien denunció a su pareja por abuso en marzo de 2017 y aun así las autoridades permitieron que el hombre permaneciera cerca? Un mes después la expareja la asesinó en un centro comercial.

No es sorprendente que las mujeres quieran guardar silencio y no porque les guste que las abusen o porque se sientan cómodas, sino por temor a represalias. Pues en esta sociedad global es más riesgoso denunciar a un abusador que abusar de una mujer. 

A la par con la creación de estas campañas tan bonitas y pedir que los casos se hagan públicos, deberían fortalecer los procedimientos ante una violación o denuncia; proteger a la mujer de la muerte tras abrir la boca; enseñar a los niños desde el colegio a no violar; y a las niñas reforzarles el valor de su cuerpo y de sus sentimientos, que no permitan que alguien las quiera menos de lo que ellas se quieren. Tal vez así la incompetencia frente al acoso disminuya y las iniciativas de “no es no” sean un éxito.

 

 

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