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Forest Green Rovers, el primer equipo de fútbol en convertirse al veganismo

Subieron de quinta a cuarta categoría porque, según su dueño, no comer carne los hace más rápidos.
Foto de Wikimedia Commons
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Habla el Balón

En la cuarta división del fútbol inglés juega el equipo campeón en hipsterismo ecologismo, el Forest Green Rovers, un plantel vegano ortodoxo por mandato de su dueño, un exhippie que se volvió millonario y sueña con un universo libre de contaminación.  

Por Martín Lleras Jacobsen @martinlleja // Habla el Balón

Para entender cómo hizo el veganismo para tomarse el fútbol hay que volver a la pequeña ciudad de Great Yarmouth, Inglaterra. Puntualmente, al verano de 1976 cuando un adolescente de 15 años decidió abandonar el colegio. Primero vagó con una pandilla de motociclistas y luego decidió unirse a un convoy de hippies que iban a recorrer el Reino Unido en busca de festivales de música y de causas sociales por las que protestar.

A sus 21 años ya estaba convertido en un nómada y su casa era una destartalada miniván militar. En Great Yarmouth sus padres juraron desheredarlo…

Pero fue gracias a la carretera y a su camioneta que Dale Vince pasó de ser un hippie mugroso a convertirse en un exitoso millonario. Su curiosidad y su desespero por salvar al mundo lo llevaron a poner una turbina eólica artesanal en el techo del carro. Su primer triunfo fue ofrecer un puesto de carga para teléfonos móviles en el festival de Glastonbury de 1994.

Dos años más tarde, el rudimentario experimento era ya una empresa constituida. Hoy, en 2018, la fortuna del hippie supera los 100 millones de libras esterlinas y Ecotricity es una de las caras reconocibles en el sector de la generación de energía sostenible a través de turbinas, paneles solares y biogases. Los logros de la empresa son impresionantes: le vende electricidad a más de diez mil hogares, tiene el monopolio de estaciones de carga de carros eléctricos en carreteras y, el mejor de todos, patrocina al primer equipo vegano de la historia del fútbol, el Forest Green Rovers de la cuarta división inglesa.

Loco por la pelota, Dale —que sigue siendo el mechudo desarreglado que siempre será— se enamoró de un pequeño club de Nailsworth, un pueblito de seis mil habitantes que queda cerca de la sede principal de Ecotricity. Tanto fue el amor que en 2010 lo compró. A los tres meses, y a pesar de todos sus compromisos empresariales,  se convirtió en su presidente y se puso la meta de convertirlo en el club profesional más verde del mundo. Vaya desadaptado…

En Inglaterra las primeras cuatro divisiones son profesionales, de ahí para abajo vienen un sinfín de divisiones amateur. Cuando Vince llegó al Rovers, el equipo era de quinta (división), la más profesional de las divisiones aficionadas. Y fue bajo su mandato que logró el ascenso. No fue algo inmediato, pero en menos de una década un club con 120 años de historia dio un giro de 180 grados.

Lo primero fueron los 170 paneles solares alrededor de The New Lawn, el pequeño estadio para 2000 personas que se llena domingo a domingo para ver a los herbívoros.  Después vinieron el uniforme verde, las algas para tratar el agua reciclada con la que riegan el césped, la prohibición de pesticidas y la podadora teledirigida impulsada con energía solar. Hasta ahí todo bien…

Luego se le metió al rancho a los jugadores. Le dio a cada uno un carro eléctrico y los obligó a movilizarse en él. Hasta ahí, todo bien. ¿Quién no quiere un carrito? Pero después, en el 2015, decretó que el primer requisito para fichar por el Forest Green Rovers era convertirse al veganismo ortodoxo. No se negocia: si quieres jugar debes renunciar a todos los derivados del mundo animal. “No sé si esto haya contribuido al rendimiento —dijo el presidente el día del ascenso— pero los nutricionistas me han dicho que las carnes rojas te hacen lento”.                           

Con los jugadores inscritos a su religión, Vince pasó a evangelizar a los viejos pueblerinos que llevaban toda la vida yendo a apoyar al club, tomarse unas pintas y comerse un delicioso pastel de carne… I’m sorry, mate, no more meat pie, mate. La revuelta no se hizo esperar cuando, de una semana a otra, cambiaron la carne por quínoa y prohibieron la leche de vaca para el té del entretiempo. La medida fue la antítesis de esa máxima gringa que dicta que el cliente siempre tiene la razón. “Hay cosas que son más importantes que la plata”, dice el tío Dale cuando le preguntan y luego se ríe porque todas las semanas llena el estadio y las hamburguesas veganas se venden a chorros.

Como cuando manejaba su abollada camioneta, hoy su único objetivo sigue siendo el de salvar al planeta del calentamiento global. Quiere dar un ejemplo al mundo. Todo muy soñador, todo muy idealista. Sin embargo, desde que se metió al mundillo del fútbol profesional la cosa parece haberse complicado. Dicen los tabloides ingleses que ya ha gastado más de cinco millones de libras en el equipo y que el retorno ha sido cero. Las críticas no se han hecho esperar.

Recientemente hubo un aumento en las tarifas de las estaciones de cargado de los e-cars y sus clientes lo señalaron de estar desincentivando el uso de vehículos eléctricos. Para explicar la supuesta usura, los usuarios no tuvieron de otra que culpar al derroche futbolero del millonario y a sus aspiraciones por llegar con un club vegano a la Premier League.

A Dale Vince la opinión de sus clientes parece tenerlo sin cuidado. Mientras los indeseables comecarne hacen berrinche, el vegano mayor ya anunció la construcción del primer estadio de madera de la nueva era. Su costó estimado es de 120 millones de libras y para construirlo primero tendrá que luchar contra el parlamento inglés, que desde 1985 —luego del mortal incendio de Bradford— prohíbe la construcción de gradas en madera. A él no le da miedo, acuérdese que comenzó cargando celulares en un festival hippie.   

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