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La historia del tipo que dejó el fútbol y se convirtió en actor porno gay

En el cuadriculado mundo de la redonda se les perdona la vida a los que evaden impuestos, a los que arreglan partidos, pero no a los gais.
Foto: Portada calendario stany-falcone.com
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En el cuadriculado mundo de la redonda se les perdona la vida a los que evaden impuestos, a los que arreglan partidos, pero no a los gais. Jonathan De Falco tuvo que dejar el fútbol para romper el cascarón del machismo y triunfar en el mundo del porno.

Por Juan Francisco García - @jfgarcia2809 // Editor Hablaelbalón

Es extraño lo que pasa en el fútbol con los homosexuales. Los años pasan, el mundo cambia, la sexualidad se debate y, sin embargo, el deporte rey aún se niega a sí mismo que entre sus camerinos saturados de testosterona y selfies haya futbolistas gais. Ir al estadio, a cualquier estadio del mundo, es comprobar que a quien yerra un pase o se come un gol le caen como yunques los calificativos de “marica”, “puto” o “travesti”.

En el cuadriculado mundo de la redonda se les perdona la vida a los que evaden impuestos, a los que arreglan partidos, a los mercenarios que saltan de club en club sin sonrojarse, pero no a los gais. Ser homosexual y jugar fútbol parece ser una mezcla tan abominable que se ha convertido en una negación que contradice a la biología y a la estadística. “El fútbol es solo para machos” es un grafiti invisible que se lee en casi todas las canchas del mundo…

Para romper este cascarón y salirnos de esta burbuja machista que le da la espalda a la diversidad, debemos seguir recopilando y visibilizando las historias de todos los rebeldes, de los valientes que cansados del silencio quisieron ver al mundo (del fútbol) arder.

Jonathan De Falco, guapo y promisorio lateral derecho belga, debutó en el 2004 en el modesto Oud Heverlee Leuven de la Tercera División belga. Con su primer club gritó campeón, ascendió a Segunda División y alcanzó a soñar en grande. Pero entonces vinieron las lesiones crueles, el fútbol se le fue acabando y después de deambular por tres clubes remotos, a los 27 años, en el 2011 optó por el retiro. Los cuatro goles que hizo y los 135 partidos que jugó son números que apenas adornan su perfil. Hasta entonces, era un tipo del montón.

(Vea también: ¿Qué pasaría si Cristiano Ronaldo se declarara gay?)

Luego, ya sin su máscara de futbolista, vino lo bueno: se hizo fisioterapeuta y amigo íntimo de la noche. Sin su máscara de futbolista, también, le hizo caso a sus pulsiones, dejó de gambetearle a su deseo por los hombres. La noche, tan liberadora en estos casos, le abrió el camino y de ganarse la vida recuperando lesionados pasó a pagar las cuentas como bailarín go-gó.  

El exfutbolista se volvió a sentir promesa, calentó los bares de Bruselas y se sacudió la melancolía del sueño roto del futbolista. Ya sin novia, y alejado para siempre de los camerinos de machotes, aceptó una oferta para convertirse en actor porno gay. En su primer año la rompió y se ganó el Óscar de la industria al intérprete revelación. Todo lo que no pudo hacer con los guayos puestos.

Hoy, el jugador que fue juega a la sombra de Stany Falcone, el nombre artístico con el que le muestra su pene erecto al homofóbico mundo del fútbol, ese en el que nunca hubiera podido ser. “Nadie notaba nada. Si hubieran conocido mi orientación, hubiera tenido problemas. El mundo del fútbol no está dispuesto a aceptar jugadores abiertamente gais, todavía hay demasiados prejuicios y muy poca tolerancia”, dijo alguna vez Falcone.

Su caso, obviamente, no es nuevo. Netflix acaba de sacar al aire el documental Forbidden Games en el que se cuenta la historia de Justin Fashanu, celebre futbolista inglés que terminó suicidándose luego de confesar su homosexualidad. Ser gay lo privó de hacer parte del inmortal Nottingham Forest que ganó las dos Copas de Europa a finales de los setentas y que después de pagar un millón de libras por su pase —cifra nunca antes pagada por un jugador de color— lo desechó como a un perro por “patear con ambas piernas”. Antes de matarse, sin trabajo y acusado de abuso sexual, dejó una carta en la que manifestó la vergüenza asfixiante que el mundo le hizo sentir. Se fue por pena.

Muy pronto estará en las librerías la autobiografía Coming Out To Play, de Robbie Rogers, en la que el primer futbolista gringo en confesar —¿confesar qué?—  su homosexualidad cuenta por qué tuvo que retirarse luego de salir del clóset (después volvió y se convirtió en el “primer” campeón gay). También está el caso del alemán Thomas Hitzlsperger, mundialista en 2006 y subcampeón de la Eurocopa 2008, que debió esperar a no tener contrato ni camisetas por vender para terminarle a su novia, salir del clóset y volverse un activista contra la homofobia en el fútbol.

¿Y los árbitros? Más de lo mismo. Jesús Tomillero, valiente hombre de negro español, vio como su carrera se hizo trizas después de publicar una foto con su novio. Aunque pitaba partidos de niños menores de edad en la segunda juvenil andaluza, los “te vas a meter ese penalti por el culo”, “¿qué has pitado, maricón de mierda?” y el bullying virtual hicieron que con solo 21 años dijera basta, game over. Nadie dijo nada.

Los años pasan, el mundo cambia, la sexualidad se debate y, sin embargo, el deporte rey sigue mirando para el otro lado. En Colombia, no hace mucho, el expresidente de la Difútbol, Álvaro González, dejó caer que “no hay peor enfermedad, si se puede llamar así, con el respeto del que la sufra, que el homosexualismo”. Aquí no se registran casos de futbolistas gais y “maricón” sigue siendo el adjetivo predilecto para el que cae lesionado, quema tiempo o se come un gol.

Para que la cosa cambie, para que la FIFA se tome tan en serio la homofobia como el racismo y los hinchas repensemos nuestros hábitos agresivos de machos cabríos, parece ser que la pelota sigue del lado de los futbolistas. Le ha llegado la hora a los Stanys. ¿Quién será el primero en seguirle los pasos? ¿Zlatan? ¿Cristiano? ¿Falcao? ¿Piqué? Uno de cada diez, dice la estadística…

 

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