Se encuentra usted aquí

Las feministas también tiramos (y mejor)

El feminismo nos ha enseñado que los polvos son responsabilidad de los involucrados, no solo de la mujer.
Foto: Gettyimages
Foto: Gettyimages
Por
Carmenza Zá

Después de “feminazi” el insulto que más recibimos las feministas es “mal follada”, “mal tirada”, “mal culeada” y todos los sinónimos imaginables, como si la falta de sexo o su mala calidad limitara nuestra capacidad de raciocinio, nos generara alguna anomalía cromosomática o, lo que es peor aún, como si tener malos polvos fuera nuestra entera y exclusiva responsabilidad.

Por Carmenza Zá @ZaCarmenza

Pese a que este tipo de insultos casi nunca vienen solos y más bien traen consigo un “lo que le falta es verga”, “mínimo también es lesbiana”, no me voy a detener en lo triste que resulta que alguien reduzca el sexo a la penetración o que no imagine una relación sexual sin un pene en el rol protagónico (cosa que sí es a todas luces indicador de un pobre y lastimero polvo) y más bien voy a avanzar en un par de reflexiones sobre mi vida sexual a las que solo he podido llegar a través del feminismo.

Porque así insistamos en que el sexo hace parte de la vida privada de cada quien, lo cierto es que está totalmente influenciado por el mandato social y entonces la experiencia individual de cada mujer es en realidad el reflejo de una norma colectiva.

A las mujeres se nos enseña a medir nuestra vida sexual en función de la cantidad de hombres con los que nos hayamos acostado: que si “perdimos la virginidad” con uno o con otro, que a cuántos se los hemos dado, que por qué hueco ya nos lo han metido y un largo etcétera. No solo se nos habla poco acerca de la masturbación, los orgasmos o la eyaculación femenina, sino que son temas prácticamente censurados.

Que se nos obligue a pensar en el otro (usualmente un otro masculino) antes que, en nosotras mismas, termina por obligarnos a vernos desde afuera, desde esa otredad. En el sexo la situación no es diferente. No me dejarán mentir las mujeres que me leen si digo que todas, por lo menos en alguna relación sexual, hemos estado más concentradas en ahogar los gemidos para que no parezcan demasiado, en arquear bien la espalda para que el culo se vea mejor y en no perder demasiado el control de los músculos faciales por temor a hacer alguna mueca extraña. Ni siquiera en los momentos de mayor éxtasis e intimidad podemos ser para nosotras mismas.

La industria pornográfica, por ejemplo, no impacta solamente en los deseos de los hombres sino especialmente en los roles que asumimos las mujeres (lo de putas en la cama y damas en la calle lo tenemos bien interiorizado, ¿no?).  Así, no solo nuestros referentes estéticos son distintos tipos de mujeres muy bien construidas por el mercado -con altos componentes racistas, además- sino que nos convencen de que una cantidad de prácticas usualmente violentas y denigrantes deben resultarnos seductoras. ¡Ding, ding, ding, ding, victoria del patriarcado!

Para confirmarlo, no hace falta sino darse una vueltica por las categorías más populares de la web porno “Step fantasy” (sí, esa de padrastros con hijastras), “bondage”, “negras”, “zorras”, “japonésas” ¡Es la erotización de la violencia!

¿Qué supone para las mujeres la resignificación de nuestra sexualidad desde una perspectiva feminista?  En primer lugar, nos invita a hacer que la satisfacción de los hombres deje de ser la medida de nuestro placer, nos hace participantes de la relación sexual y no solo como sujetos pasivos (¿se han preguntado por qué no existe un equivalente masculino para el concepto de “vaca muerta”?), haciendo del sexo un asunto de reciprocidad, de dar y recibir placer.

El feminismo, además, nos permite tener una relación diferente con nuestro propio cuerpo, que no solo es nuestra herramienta para vivir la sexualidad sino, nada más y nada menos, el único medio que tenemos para habitar el mundo. Nos enseña que no hay una sola forma correcta de ser mujer y que el gemido sonoro, la mueca “extraña” y el culo sin arquear también son válidos si son manifestación del placer, de ese placer que parece negársenos si no resulta de agrado para los demás (así, en masculino y en plural).

Si lo correcto en el sexo es que no disfrutemos tanto o más que los hombres, que estemos tan concentradas en el placer del otro que podamos sacrificar el propio, pues a las feministas no solo nos están follando mal, sino que, con seguridad, nosotras mismas también lo estamos haciendo terriblemente. Si, por el contrario, el sexo es un asunto de justicia y de que resulte una experiencia placentera para todos los involucrados, las feministas tiramos mejor que cualquiera.

Pdta: Durante la redacción de este texto me encontré con este otro, escrito por un hombre y que vale mucho la pena leer también: 

 

 

Temas relacionados: 
Publicidad