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La guerra espiritual de Crudo Means Raw en 'War Dog'

Con War Dog, el rapero de Medellín Crudo Means Raw se encomienda a Dios y busca romper sus cadenas.

Crudo Means Raw
Crudo Means Raw en el Festival Estéreo Picnic 2022
// Shock

Hay una guerra afuera de la que nadie está a salvo. Es una guerra espiritual que Crudo Means Raw, rapero y productor de Medellín, libra contra la mentalidad de peón, la guerra contra las drogas y las enseñanzas new age envueltas en humo de palo santo.

Con la convicción de un cruzado que busca recuperar la Tierra Santa, Crudo lucha por Dios; también por su libertad y por Colombia. Lo hace a través de las siete canciones que componen su nuevo disco: War Dog.

Crudo volvió a inquietarnos

“Cambia el flow pa’ que se inquieten”, cantó Crudo hace cinco años en la pegajosa No Copio, el mayor éxito comercial de su carrera. El 2018 fue un parteaguas definitivo: al rap de bajos rutilantes y rimas resbalosas de Todos Tienen Que Comer (2016) le añadió trap y dembow para ampliar los tonos de su paleta de colores.

Este viraje, que elevó su estrella más allá del público rapero, lo capturó en el ecléctico Esmeraldas (2020). Hacia el final de ese álbum, en canciones como Collage y Nada, hay indicios de lo que luego sería War Dog, que se consolidaron en La Infusión, mixtape publicada sin mucho ruido tres semanas después.

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Sin embargo, más allá de estas pistas, con War Dog Crudo volvió a cambiar el flow. Volvió a inquietarnos.

Crudo Means Raw
Crudo Means Raw en el Estéreo Picnic 2022
// Shock

WAR DOG

Desde el saque, en la triunfal The Wonder Years, su misión es clara: usar su don para elevar a los desadaptados, empezar a cambiar de forma. Crudo rapea para romper cadenas, las suyas y las nuestras. Lo hace con la frente en alto, la voz firme y el pecho henchido, orgulloso de no torcer su rumbo ni seguir el de nadie más, sin miedo a empezar de cero.

Se trata de evitar ser un peón y pasar a ser un patrón, dialéctica que permea todo War Dog y que remite a su postura frente a los guiños coquetos que recibió de grandes disqueras hace un lustro.

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Ante la la posibilidad de multiplicar su alcance y sus ahorros, parece decirnos Crudo, de ser la próxima estrella del "género urbano" a cambio de ceder el control creativo de su arte, eligió la independencia.

Que War Dog fuera publicado como una canción de veinticuatro minutos el 1 de enero , entre pólvora y guayabo, se antoja como una declaración: Crudo lo hace a su manera, en contravía de todas las buenas prácticas de la industria musical.

También recorre su camino de la mano de Dios, una fe robusta que no había mostrado antes. El coro de The Wonder Years, como una oración radiante que alaba al Altísimo; este es un disco de góspel para combatir ataques físicos y espirituales, para limpiarse las impurezas y acercarse a Él y sus mandamientos.

No hay sutileza alguna en este mensaje: no solo las letras de War Dog rebosan de alusiones religiosas, sino que en los videos de YouTube hay infinidad de versículos y textos bíblicos, son el marco teórico desordenado que en su exceso deja al disco hinchado y del que nace lo que escuchamos.

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Y lo que escuchamos suena bellísimo: Glory resalta el poder de la música para protegernos y, de nuevo, le brinda toda la gloria a Dios con un coro celestial, sobre una instrumental que suena a J Dilla en misa. Por su parte, Rich continúa con los rezos sobre un drumless místico. Quizás el placer que evoca la buena música como esta, ese pellizco por debajo del pecho, es la máxima prueba de que Dios existe.

“Se deja de tratar de uno, bro, al menos en mi caso. Se deja de tratar de ser uno el más monstruo, cabrón. Suena peye, pero uno se empieza a volver de la gente, fai. De buena”, me explicó Crudo hace un tiempo.

Ese es el enfoque de War Dog—anagrama de Raw God— y por eso Crudo rapea como si fuera un profeta: cada tema una prédica o la interpretación de un códice sagrado, de un mapa divino. Si te gusta el disco depende de tu disposición para escuchar su sermón, o de si sus apuntes te convencen como joyas de inteligencia o te parecen charlatanería impostada que se resguarda en un exceso de salmos, el mismo humo de palo santo que él critica.

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Varias ideas oscilan en ese límite, con el peso añadido de que como en Esmeraldas mató a su ego y nos mostró el cadáver, ahora representa a millones, a los que guía hacia una tierra prometida de conocimiento supremo. Su intención, me dijo aquella vez en su casa de El Poblado, era escribir en maýusculas: que cada verso tuviera un mensaje positivo que pudiera escuchar desde una nea hasta una abuelita.

La Colombia de Crudo Means Raw

La tierra prometida es Colombia, como sugieren las cuerdas de la guitarra que acaricia Ily Wonder, un viejo conocido de la casa, en White Lady, o los acordes de Adán Naranjo en Sound Healer. Crudo compara su flow con el río Cauca, clama por la protección del Amazonas, saluda a los Embera y destaca la panela como el mejor endulzante.

War Dog flexibiliza su geografía, hasta ahora limitada a Medellín. Pero Colombia —que según Crudo viene de la tribu de Aser, el octavo hijo de Jacob, que habría migrado a América quinientos años antes de Cristo— aparece como un territorio en disputa marcado por la guerra contra las drogas. Mientras que en Todos Tienen Que Comer y La Gra$a él se acercó con fascinación a la relación complicada de Medellín con lo narco y su cultura, estética e historia, acá su mirada se complejiza y se dilata como la de un cóndor que planea sereno, pero atento.

La guerra contra las drogas es una guerra contra los Andes. Así lo plantea Crudo en White Lady. Su análisis, que continúa en Lord (On and On), es lúcidamente estructural y constituye uno de los pasajes más interesantes de su discografía; incluye la resistencia de las comunidades indígenas y campesinas, la relación de la guerra contra las drogas con los falsos positivos e, incluso, la dinámica extractivista que puede reverberar en una no tan lejana guerra por el agua. No desarrolla estos puntos, pero sí pinta un panorama que reivindica la coca como una planta sagrada andina que se mambea, en pugna con la invasión del norte que le añadió el sufijo “-ína” para esnifarla.

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No es la primera vez que las sustancias psicotrópicas dejan su huella en la música de Crudo, de forma evidente o soterrada. El proceso de Esmeraldas fue marcado por el LSD y el DMT, que lo ayudaron a decodificar su estructura; “Dmt”, “Síntesis” y la textura lisérgica del álbum son ejemplos flamantes de esta experimentación.

Y lo que me dijo Crudo alguna vez cobra mayor relevancia en War Dog: “Esto acá se está volviendo como una meca para esas experiencias. Que los colombianos no sepamos qué es eso y que el resto del mundo sepa, no debe ser así. Tenemos que saber qué es lo que hay aquí también, y por qué el mundo está sabiendo tanto de Colombia”.

De esta forma, este país se configura como el eje en el que la memoria de Richard Nixon choca contra alternativas más creativas para acercarse a esta cuestión. “And if you puff la eso no es un crimen”, rapea Crudo en Sound Healer, aunque si se lo repites al tombo que te requisa a lo mejor la cosa se pone fea.

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Es por lo menos paradójico que justo en el proyecto en que su país late con más intensidad, Crudo rapee casi todos el tiempo en inglés. Lo hace muy bien: en canciones como Lord hay despliegues técnicos notables de rimas multisilábicas, el flow aceitoso que lo caracteriza y un manejo del lenguaje profundo que trasciende los lugares comunes que plagan el spanglish.

Si le damos el beneficio de la duda, a lo mejor el inglés, como lingua franca del mundo, es un vehículo para que su mensaje llegue a más personas. Quizás su uso es un comentario sobre el colonialismo que nos azota. En todo caso, los versos que sí rapea en español demuestran que su voz es única y dejan para la imaginación cómo habría sido si los temas tan urgentes que trata, que nos atraviesan como nación, hubieran sido abordados en nuestra lengua.

El camino acaba con Leave it in the hands, que, como su nombre indica, advoca por entregarse completamente a Dios y su voluntad.

Crudo emerge de este disco, por un lado, como Don Fernando: un patrón que sacrifica la rumba y las distracciones para coronar, como lo escenifican “Rich” y “Sound Healer”. No obstante, Don Fernando reconoce que solo basta con un capricho del mar para que caiga el telón, no confunde confianza con prepotencia; así surge entonces como Inca Baby, una identidad que no nombra, pero que aparece en los créditos del álbum y en el sello que lo publica, de pronto como el que sale victorioso de la guerra espiritual, el que tras años de caminar por el desierto alcanza su destino.

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“Leave it in the hands and walk it out”, rapea Crudo. Lo repite como un mantra que lo bautiza, que lo protege, que lo guía. Lo repite mientras War Dog se difumina lentamente hasta que acaba, como una nube en el cielo azul y despejado. Un trueno rompe el horizonte. Y al fin, silencio.

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