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Conversaciones de cumbia y colombianadas con Kevin Johansen

“No tenemos esfínteres en los oídos, así que estamos expuestos a todo tipo de sonido”.
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Este viernes 2 de junio Kevin Johansen se presenta en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán y suma una fecha más a sus enésimas visitas al país para reafirmarle al público colombiano que lo suyo es un dechado de alegría, humor festivo y sonidos acústicos. El líder de The Nada habla aquí sobre su inspiración, su familia, sus influencias y su relación con Colombia.

Por: Daniella Cura

Kevin Johansen es un cantautor de reconocimiento mundial nacido en Alaska pero criado en Argentina. Sus canciones se caracterizan por sus letras bilingües, sus juegos de palabras y un particular sentido del humor para contar historias que obedecen a un estilo musical auto-denominado “desgenerado”, ya que no maneja un género musical definido. Johansen estará presentándose este viernes 2 de Junio en el Teatro Jorge Eliecer Gaitán acompañado por The Nada, la banda con la que toca hace más de quince años, y la cantante costarricense Debi Nova como telonera.

Han sido tantas las oportunidades en las que Kevin Johansen se ha encontrado con el público colombiano que es difícil dar una cifra exacta de cuántas veces ha visitado nuestro país. Sin embargo han sido suficientes para generar una importante complicidad con un público que año tras año espera con ansias su próxima visita. Ciudades como Bogotá, Medellín y Barranquilla, ciudad con la que ha generado un importante vínculo desde su participación en el Carnaval Internacional de las Artes del año 2014 y  la reciente grabación del video de Oh what a waist (Pero qué cintura!), han sido testigos del afecto recíproco de Johansen con nuestro país.  

¿Qué lo hace regresar siempre a Colombia?

Bueno, porque me invitan, jajaja. Uno va a donde lo invitan y, bueno, Colombia llama. Tengo muchas ganas de seguir conociendo el interior. Hemos estado en Medellín en varias ocasiones, también tenemos ganas de conocer Cali, de seguir yendo a Barranquilla o a Cartagena y conocer otras partes de ese extenso país. Vamos de a poquito, las canciones hacen su trabajito y gracias a eso uno va por el interior de los países. Ese es el mejor ejemplo del trabajo que hacen las canciones.

Hace menos de un año estuvo tocando en Bogotá. ¿Cómo es su relación con este público? ¿Ya identifica a la gente que siempre asiste a sus conciertos?

Soy muy poco perceptivo respecto a eso. No miro a la gente cuando toco porque temo desconcentrarme o por ahí me enamoro, entonces es como que canto y miro hacia una cosa general que percibo. Me considero muy intuitivo y muy perceptivo respecto a la energía y lo que te puedo decir es que el público de Bogotá desde un primer momento nos recibió interpretando y entendiendo todo, muy afín y cariñoso. Lo digo sin demagogias porque fue real. Eso, para un artista, es sentirse bienvenido.

Ha colaborado con una gran cantidad de grandes artistas latinoamericanos como Jorge Drexler y Andrea Echeverri. ¿Con qué otro artista sueña grabar?

Miles, miles, todos los que hay, los que me gustan. Siempre uno va conectando con artistas y con colegas y surgen a veces cuentas pendientes. Puede ser desde una Julieta Venegas hasta Manu Chao; en Colombia hay miles de artistas, desde un Carlos Vives hasta la cantante de Monsieur Periné, o los ChocQuibTown. Con los discos uno va escuchando voces y diciendo “tal canción estaría buena para el timbre de voz de fulana o mengano”. En las giras, mágicamente, uno se encuentra con alguien buena onda, hay sintonía y así también surgen las colaboraciones.

¿Qué bandas o músicos colombianos le gusta escuchar ahora mismo?

Hace unos años escuché en Barranquilla a Ondatrópica. Me gusta la variedad de la música colombiana y desde muy joven tuve la suerte de escuchar el compilado Black Music of South América. Mi madre lo tenía en casete y ahí había música colombiana del Pacífico y de la selva. Escuchaba el arrullo de San Antonio, temas muy tribales y ancestrales de la música afrocolombiana. Es un gran imperialismo musical el que tienen ustedes en el mundo. Ustedes realmente tienen todo. En cada país hay muchos países, y eso también lo demuestra el clima, la cultura y la música. Mi colega Paulinho Moska a veces me dice que Brasil es una gran isla cultural por su idioma, y que el país es tan extenso que él no termina de abarcar los nuevos géneros que surgen en los diferentes estados. También cuando hice Mis Américas me encontré con algo muy inabarcable, por eso le puse Volumen ½.

Hablemos de los sonidos que tiene este nuevo disco. ¿Qué cosas nuevas exploró en él? ¿Cómo llegó a esos sonidos?

A través de la búsqueda con The Nada. Somos unos “desgenerados” respecto a los géneros musicales. Mis Américas Volumen ½ tiene esas ansias de seguir aprendiendo estilos y ritmos de las Américas. Fue un disco armado junto a Matías Cella, un gran productor y amigo con quien ya habíamos hecho discos como Logo, y que ha trabajado mucho con Drexler y con otros grandes artistas latinoamericanos. Grabé con Leo Sidran en un estudio en Nueva York con mis viejos amigos donde viví diez años en los 90. Él tenía ganas de trabajar con Kassin, el gran productor brasileño en Rio de Janeiro, donde grabamos Torcer a favor: canción en la que participó Arnaldo Antunes. Luego desembocamos en Buenos Aires para ponerle el moño a este primer volumen de Mis Américas.

¿Habrá otro volumen ½ de Mis Américas?

Sí, capaz que le ponemos otro título, pero la búsqueda sigue por ese lado. A los The Nada yo cariñosamente les digo que somos la aplanadora del folk, jajajaja, parafraseando a la banda de rock Divididos. Nosotros somos como la aplanadora del folclore.

Sabemos que es muy fan del grupo cómico musical Les Luthiers y que Marcos Mundstock, uno de sus integrantes, participa de su disco, resulta curioso que después de su Cumbiera Intelectual ellos llegaran con Cumbia epistemológica. ¿Qué responsabilidad tuvo en esto? ¿Cómo se conectan ambas cosas?

Cuando yo tenía doce años, mi madre me llevó a escuchar a Les Luthiers. Años después me encontré en un avión a Daniel Rabinovich, y me dijo “gracias por la dedicateur”. Me había olvidado que en City Zen les había dedicado un bolero llamado Oops, que tenía mucho del espíritu de ellos. Y ahí Daniel me invitó a verlos tocar y a conocerlos en Uruguay. Allí Núñez Cortés, otro de ellos, me dijo que había escrito la partitura de una melodía que le gustaba, se la mostró a su hija y le dijo “papá, eso es Guacamole de Kevin Johansen”. López Puccio, el canoso, me dijo: “yo escuché tu Cumbiera intelectual cuando ya tenía listo el boceto de un tema que hablaba de los filósofos en son de cumbia, pero nunca lo terminé”. A los pocos meses López Puccio me invitó a tomar un café y yo pensaba si era que quería una nueva generación de Les Luthiers. Pero no: era para decirme que había terminado esa canción, la Cumbia epistemológica, y quería pedirme permiso para publicarla. Obviamente le dije: “primero que todo, maestro, el que está en deuda soy yo porque la Cumbiera intelectual tiene mucho del espíritu de Les Luthiers. Así que qué fue primero, ¿el huevo o la gallina?”.

¿La cumbia se ha vuelto un boom comercial? ¿Cree que la música latinoamericana está pasando por un boom comercial?

Sí, por supuesto. El reggaetón también y son géneros muy emparentados. Más allá de las modas creo que los géneros de moda tienen ciclos y momentos de esplendor, y es interesante ver esas mutaciones. A veces escucho que la gente dice que la cumbia es cuadrada o que el reggaetón es cuadrado, pero no: son circulares. Más allá de eso la música es fascinante y los oídos son un orificio que no se puede cerrar voluntariamente. No tenemos esfínteres en los oídos, jajaja. Así que estamos expuestos a todo tipo de sonido y somos música, todos. Es parte nuestra desde que empezamos a escuchar el latido del corazón de nuestra madre y el propio.

En este nuevo disco están presentes al menos dos de sus cuatro hijos, que también han salido en sus videos. ¿Cómo comparte su quehacer musical con ellos?

Muy orgánicamente. Miranda, la mayor, que tiene 19 años, abre el disco cantando en Es como el día. Kim Emma tiene 13 y cantó en Folky con Pitty Álvarez; y Tom cantó en Torcer a favor. Los tres disfrutan muchísimo de la música y es muy natural que vean a papi componiendo en el living de casa. A veces también son tus peores críticos. Te dicen “ay pero papá, cómo puedes componer esto, ¡qué horrible!” y otras veces dicen “¡que linda esa melodía!” o “me gusta lo que dice esa letra”, o simplemente uno los encuentra tarareando una canción que compusiste. Eso es lo más bonito porque es como la aceptación, una buena señal que la canción tiene chance.  

En el 2014 estuvo en Barranquilla participando en el Carnaval Internacional de las Artes. ¿Qué significa para usted el Caribe? A pesar de ser latinos y compartir un continente y un idioma, para un argentino nacido en Alaska puede ser un lugar muy lejano…

En mi caso fue un flechazo muy bonito con una zona, con su gente, con esas sonrisas de oreja a oreja como menciono en el homenaje que hice con Oh what a waist, pero qué cintura en Mis Américas: un retrato propio y jocoso sobre un turista desprevenido que no entiende nada en el precarnaval de Barranquilla. Cuando uno siente una conexión tan concreta con un pueblo o con una ciudad tan diferente a la propia, uno también aprecia las diferencias. Mis Américas es un disco que justamente habla de celebrar las diferencias. Son tiempos para celebrar que el otro sea distinto a uno, y si no todo sería muy aburrido. En Barranquilla descubrí cómo disfrutan del baile, de la conexión del calor, de la cerveza, de una rueda de cumbia, de compartir con gente que uno no conoce… Esa sensación de adrenalina, de gustarse, de disfrutar de esas diferencias hizo que naciera esa canción.

¿Qué otra profesión tendría si no fueras músico?

Jajajaja. ¡Qué buena pregunta! Creo que sería promotora de Fórmula Uno, de esas que sonríen detrás de los corredores. Esas que sonríen con las gorras de béisbol.

 

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