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Lecciones festivaleras desde el Taiquenaju en Caicedonia

El universo de los festivales de música en Colombia tiene mucho para donde crecer. Y mucho que aprenderle a los nuevos públicos.
Por
Fabián Páez López

En un país en el que todavía hay gente que se escandaliza cuando un músico se sube a tocar a un festival de rock con ruana, hacer que cientos de jóvenes pogueen en una plaza con una banda de punk, mientras a diez metros los vecinos de fiesta se bailan una de Wilfrido Vargas, es realmente un ejercicio de convivencia extrema.

Por Fabián Páez López @Davidchaka

Suena raro que eso pase en un pueblo de Colombia, tradicionalmente tan conservadores, pero ese es el panorama que ha pintado el Festival Taiquenaju desde hace cuatro años, uno de los espacios más prometedores del país con miras, no solo a abrirle mercado a los sonidos fuertes, sino a tumbar ese halo de superioridad de gustos musicales con el que muchos han crecido.

La de este 2017 fue la cuarta edición del festival y la inminente prueba del crecimiento de un discurso de aceptación a través de la música. Que llegue la gente a pararse frente a una tarima bajo un sol picante, y que a unos 28° empiece armarse un pogo de niños durante la segunda banda del cartel, en un municipio cuya zona urbana no suma más de 25 mil habitantes, es solo una lección de esta iniciativa que está construyendo paz y escena desde la raíz, desde los más pequeños, los futuros rockstars.

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Fue también un ejemplo para la organización y público de la movida festivalera en Bogotá. Sin necesidad de una horda de policías que lo reauqeteen a uno en la entrada, con niños a bordo y alcohol a la venta en las tiendas de siempre, no hubo más disturbio que el ocasionado por los codazos y empujones del pogo frente a la tarima.

A la selección musical tampoco le faltó nada de ese discurso de inclusión y descentralización. El mapa musical de Colombia se nutre a diario desde todos los rincones y con todos los géneros. Locotina, de Sevilla, fue la primera banda en pararse en el escenario; la siguió la apuesta del metal oriundo de Caicedonia, Sepulcrum; los caleños de Ra La Culebra y Electric Sasquatch; y el rock mestizo de Señor Coffee desde Aguadas, Caldas.

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La cuota de veteranía la puso un impecable grupo de Death Metal pereirano pero con residencia en Suecia, Goretrade; unos bogotanos clásicos del punk de cantina, ChiteLo Ke Diga el Dedo y una de las bandas más reconocidas del rock nacional, Don Tetto.

El año pasado, en la tercera edición, se calculó la asistencia de unas seis mil personas. Esta vez, con la tarima puesta en otro lado de la plaza del pueblo, en la misma acera de la iglesia, hay que decir que se veía más púbico. Muchos de los asistentes iban por una u otra banda. O por la única que conocían. Pero se quedaron y con seguridad salieron a escuchar bandas nuevas, porque otra lección que nos dejan desde los festivales que se hacen en los pueblos de Colombia es la capacidad de asombro. Esa que muchos hemos perdido para la fiesta y los festivales, y que hace que cuando salgamos queramos escuchar lo mismo que ya conocemos, lo que nos sabemos de memoria. Pero con el panorama tan disperso de la música en Internet, el mundo festivalero -y tomen nota de esto para cuando solo pidan nombres fuertes en cada Line-Up - es un espacio para ir a conocer bandas nuevas.

Queda también el ejemplo para los demás pueblos y municipios, que necesitan cada vez más espacio para los jóvenes, para la movida alternativa, que seguramente seguirá creciendo hasta sonar infaltablemente en cualquier rockola.

(Vean también: Pogo en la puerta de la iglesia)

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*Evento apoyado por el ministerio de cultura - Programa Nacional de Concertación Cultural

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