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MF DOOM es eterno: la historia del villano favorito del rap

¿Qué nos queda tras la muerte de DOOM? ¿Cuál es su legado para el hip hop?

Mf-Doom
MF DOOM
// Roger Kisby

En el año en que todos nos cubrimos el rostro, en Halloween, murió MF DOOM, el villano favorito del rap, famoso por su máscara. Y nos enteramos dos meses después, en el último día del 2020. Qué cabrones la muerte y el destino, pero tienen algo de sentido del humor.

Por Santiago Cembrano // @scembrano

MF DOOM vivió 49 años que lo erigieron como uno de los más grandes de toda la historia del hip hop. Un post en Instagram, firmado por su esposa Jasmine, ocultó la causa de muerte, pero lo recordó como el más grande esposo, padre, profesor, estudiante, compañero de negocios, amante y amigo que ella pudo pedir, e indicó que su transición a otro plano había sido el 31 de octubre.

Así como de su muerte, lo que sabemos de cómo vivió no es mucho, y eso solo aumentó su mito y el peso de su opaca figura.

Nació como Daniel Dumile el 9 de enero de 1971 en Londres, hijo de una madre de Trinidad y un padre de Zimbabue. Su familia se mudó a Long Island, Nueva York, cuando él no había ni cumplido un año. Allí creció.

Debutó en el rap con una estrofa en The Gas Face de 3rd Base, en 1989. Entonces se llamaba Zev Love X, y pasó a formar KMD junto con su hermano, el DJ Subroc. Luego de Mr. Hood (1991), un debut jazzero con letras entre ligeras y políticas, la disquera Elektra rescindió el contrato antes de que KMD pudiera lanzar Black Bastards, que iba a ser más agresivo y oscuro, con una portada de un Sambo (una caricatura racista) muerto, todavía colgando de la horca. Por esa época, Subroc murió atropellado por un carro. Zev Love X desapareció.

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Los 90 avanzaron y él estuvo durmiendo en bancas de parques y buscando qué hacer con su vida. Apareció en la luz pública de nuevo hacia el final de la década, ya como MF DOOM. Dejó de mostrar su rostro. Primero empezó a cubrirlo con medias veladas cuando se presentaba en sesiones de micrófono abierto y luego adoptó la máscara que definiría su carrera, diseñada por Lord Scotch e inspirada en El Gladiador.

Pero el personaje también venía de Marvel: así como el Doctor Doom de Los 4 Fantásticos se ocultaba tras una máscara para esconder la cara desfigurada que lo había vuelto un villano, DOOM también salió de sus años más oscuros con una identidad opaca.

A partir de 1997, publicó algunos sencillos con Fondle ‘Em, el sello de Bobbito García. Su gran debut como solista llegó con Operation: Doomsday (1999), que de inmediato lo consolidó como uno de los autores más vibrantes e interesantes del underground. Sus beats mantenían el interés por el jazz de la época de KMD, pero tenían un tono caricaturesco y excéntrico.

Al escupir sus juegos de palabras intrincados, su técnica era impecable y a la vez marcada por la crudeza humana: se salía del tempo y variaba de cadencias casi como si estuviera manejando borracho, y así lograba encajar rimas multisilábicas sobre samples de Sade y otros que podían ser la banda sonora de Cartoon Network.

Así empezó una racha legendaria, de esas que marcan y cambian el hip hop. DOOM siguió ampliando su mundo con otros personajes: como Viktor Vaughn lanzó Vaudeville Villain (2003); como King Geedorah, Take Me To Your Leader (2003). Además, mostró sus —a veces subvaloradas— habilidades como beatmaker con la serie de Special Herbs, collages de samples extraños que solo él y quizás un par más podían hacer.

Uno de ellos era Madlib, y gracias a Stones Throw Records ambos se unieron para formar Madvillain. En un bunker de Los Ángeles, y gracias a generosas dosis de hongos y marihuana, hicieron Madvillainy (2004), quizás el santo grial del indie rap y la primera vez que DOOM conoció el éxito comercial.

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Sobre beats psicodélicos —tanto que si no estás drogado cuando escuchas te vas a sentir así cuando termines—, DOOM rapeó sobre temas tan disímiles como una prostituta adolescente con esquizofrenia y tetas enormes (Meat Grinder), su amor por la marihuana (America’s Most Blunted) y las raíces de la violencia religiosa (Strange Ways); incluso se burló de DOOM desde la perspectiva de Viktor Vaughn (Fancy Clown) y se despidió con elegancia mientras comentaba la filtración que casi acaba con el disco (Rhinestone Cowboy).

Es su trabajo mejor conocido y con razón: si no es su mejor disco, pega en el palo. Y lo mismo va para Madlib, que sería un productor legendario solo por los loops de este álbum.

Madvillainy pasará a la historia como la prueba reina de por qué DOOM fue y será uno de los más grandes: escuchar estas canciones es escuchar cómo se extienden las fronteras de lo que se entiende como rapear, sin que siquiera sea evidente el esfuerzo. Sus flows impredecibles y su exploración del lenguaje desembocan en pasajes tan misteriosos como brillantes y cómicos.

Canciones como Accordion, Figaro y All Caps son evidencia. En todo caso, alguien que para mostrar lo frío que es se compara con la teta de una bruja o que se define como el Dios más odiado que concede favores extraños no necesita demostrar el poder de sus letrones, que pulía leyendo constantemente diccionarios, y no solo de inglés.

Siguieron más discos como solista: MM…FOOD (2004) y BORN LIKE THIS (2009). Vinieron colaboraciones con De La Soul, Gorillaz y Wu-Tang Clan y discos con Danger Mouse, Jneiro Janel, Bishop Nehru y Czarface. Se volvió un amuleto de culto para el rap. Thom Yorke, de Radiohead, lo nombró su MC favorito.

Su vida accidentada continuó a su forma: hasta los súper villanos sufren; o sobre todo ellos, pero lo esconden. ¿O por eso se vuelven súper villanos? En fin. En 2010 se fue de gira y nunca pudo volver a entrar a Estados Unidos por problemas con trámites de nacionalización irresueltos.

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Se fue a vivir a Londres con Jasmine y sus cinco hijos. Uno de ellos, King Malachi Ezekiel, murió en 2017, a sus 14 años. Nunca se supo la causa. En los últimos años, antes de morir, dejó unas estrofas potentes en canciones de Your Old Droog, Westside Gunn o DJ Muggs. Flying Lotus reveló que estaban trabajando en un EP conjunto. Aunque Madvillainy 2 nunca salió, Madlib comentó varias veces que tenían cerca de veinte canciones nuevas para el proyecto y que estaba casi listo.

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MF DOOM el 28 de junio de 2005 en el Central Park de Nueva York.
Peter Kramer/Getty Images

El rapero favorito de tu rapero favorito, sugirió Q-Tip en Twitter luego de que la noticia de su fallecimiento empezara a sacudir internet horas antes de que el fatídico 2020 pasara al 2021 y nos diera la ilusión de que el 2021 sería distinto.

Seguro no soy el único que ha dedicado estos primeros días del año a escuchar de nuevo su trabajo, a pensar en él como si fuera un tío enigmático y bromista al que quizás pude haber apreciado más antes de que partiera.

Entonces, ¿qué nos queda tras la muerte de DOOM? ¿Cuál es su legado para el hip hop?

La emoción de Tyler, The Creator y Earl Sweatshirt cuando lo conocieron, registrada en video, es la de cualquier fan del rap que pasó horas diseccionando sus estructuras, referencias y rimas. Los mejores raperos hacen que el rap se sienta como más que música, te llevan a otra dimensión y te envuelven en un mundo nuevo. Eso estaba asegurado cada vez que lo escuchabas.

Cuando DOOM resurgió, a finales de los 90, el hip hop estaba en un estado de conmoción. Biggie y 2Pac fueron asesinados y la brújula de la cultura estaba averiada, no había un rumbo claro. Jay-Z y P. Diddy eran la punta de lanza de una tendencia de trajes brillantes y demasiado ostento y lujo, mientras que hacia el sur Master P hacía lo propio con No Limit en New Orleans.

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Mientras más mujeres semidesnudas, carros carísimos y armas amenazantes aparecieran en tus videos, mejor. Y frente a esa megalomanía, DOOM se puso una máscara y se reveló contra ese statu quo. Era un súper villano que buscaba destruir esas prácticas y traer la importancia de nuevo al sonido y no solo a la imagen (aunque, sin saberlo, estaba creando una de las imágenes más potentes del rap).

Tras la decisión de usar la máscara y ocultar su identidad había un subtexto claro: lo primordial es el rap, no los raperos. La pelota no se mancha, lo dijo el Diego. Esta era una cosmología radical, una que amplió en forma de decálogo para identificar a un wack emcee. Dentro de estos puntos destacan el uso y abuso de las groserías, gritos, desnudez y marcas. Pero, sobre todo, hay uno fundamental: un wack emcee para DOOM era ese que solo hablaba de sí mismo, el que sus letras empezaban y terminaban en el “yo”, el que se quedaba sin barras si su sujeto no era su persona. La máscara bloqueaba a Daniel Dumile y le daba vida a su personaje.

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MF DOOM el 18 de julio de 2009 en el Pitchfork Music Festival at Union Park de Chicago.
Roger Kisby/Getty Images

Es una visión polémica, sin duda, y se puede disputar de varias formas, pero él ondeó esta bandera hasta el final. “Él”. Así hablaba de sus experiencias en las canciones. No “yo”, sino “él”, como si fuera un personaje con vida propia. También le decía “El Villano”. La expresión más absurda de este desapego la sufrieron los fans que pagaron emocionados la entrada para ver a DOOM en concierto y detectaron que el que estaba tras la máscara no era Daniel Dumile sino un impostor que fingía recitar la letra. Las críticas le cayeron como un aguacero, y con razón. Mucho performance de arte contemporáneo o la obra de un súper villano con sentido del humor o lo quieras, pero no sé si me gustaría ese chiste. Sin embargo, Daniel Dumile no era DOOM, sino un autor que había creado un personaje. Esta distinción la hizo explícita en una entrevista con HipHopDX: “Soy el director y soy el escritor. Escojo diferentes personajes y su dirección y dónde los quiero poner. Entonces quién elijo para interpretar al personaje depende de mí. Al personaje que contraté le pagué por eso. No es un impostor”.

La música es eterna y DOOM vivirá en beats y rimas mientras la Tierra gire y el sol caliente. Eso es cierto para todos los rimadores legendarios que nos dejaron antes de tiempo, como Prodigy, Guru o Big Pun. Pero el caso de DOOM es especial, porque él se encargó de escindir su creación de su vida.

Cuando murió Sean Connery, el mismo día que Daniel Dumile, no murió James Bond, porque los conceptos de vida y muerte no aplican para personajes como él. DOOM habita un mundo al que siempre podemos retornar para seguir descubriendo pequeños detalles y apreciarlo como se lo merecía. La máscara le permitió innovar y diferenciarse, pero también crear algo más grande que él mismo: “El Villano representa a cualquiera. Cualquiera acá puede usar la máscara. Hombre, mujer, de cualquier raza. Todo depende de las intenciones de tu corazón. Cuál es el mensaje y qué tienes por decir”, dijo en 2011.

Entonces, ¿qué nos dejó DOOM? Su máscara, esa que definió a su personaje. No es pues solo un pedazo de metal, un truco para no ser acosado si iba a comprar pan en pijama un domingo por la tarde o una forma de que destacara no lo feo que era, sino su flow precioso, como dijo en “Beef Rapp”. La máscara de DOOM contiene una visión del hip hop que es inmortal y que podemos abrazar como guía.

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Las causas que llevaron a DOOM a ponerse la máscara siguen vigentes. Y la máscara está ahí para que la usemos y recordemos cuál es la prioridad: el hip hop, que es infinito. Ese camino que nos dejó DOOM es lo que hace que trascienda la finitud.

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