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Viaje a una cárcel de estudiantes en Alemania

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Viajar no es sólo tomar el sol, recorrer un museo, probar un plato nuevo, tomarse una foto cuando por fin encontramos la estatua de uno de nuestros héroes. Es también, y por fortuna, viajar en el tiempo.

Por: Laila Abu Shihab // @laiabu

Para lograrlo hay que poner a trabajar la imaginación. A veces incluso hay que forzarla un poquito. Cuando llegué a Heidelberg, una apacible ciudad de 150 mil habitantes ubicada en el noroeste de Alemania, y conocí la Cárcel de Estudiantes de la universidad, me vi obligada a hacerlo. 

Quiero llevarlos ahora a 1717. También quiero llevarlos lejos, a Alemania, pero lo más importante es que vayamos casi tres siglos atrás. Que vengan conmigo en esta máquina del tiempo.

Heidelberg es famosa por albergar la universidad más antigua de Alemania y una de las más prestigiosas del mundo. Varios de los más célebres científicos, filósofos, economistas y abogados de los siglos XV a XX pasaron por sus aulas, intimidantes y legendarias. De ahí se gradúan hoy algunos de los mejores investigadores que existen.

Creada en 1386, la Universidad de Heidelberg es la que le da vida al lugar en el que se asienta. Es la que moldea el carácter de la ciudad. Sin la universidad, Heidelberg no tendría alma, sería indefinida. Porque todo lo que sucede en Heidelberg depende, comienza, pasa, gira o termina por la universidad, por alguno de sus institutos, salones, actividades, fantasmas o estudiantes.

Pero no por eso allí se debe forzar la imaginación hasta un límite incómodo y desconocido. Es porque al lado de uno de los tantos edificios de la universidad que pueblan la ciudad, en una calle estrecha y escondida, están las prisiones de los estudiantes indisciplinados. Sí, el castigo para los que se portaban mal era mandarlos a una cárcel.

Durante 500 años, la Universidad de Heidelberg tuvo una jurisdicción especial y autónoma, por la cual un estudiante que cometía algún delito contra el orden público no podía ser sancionado por las autoridades de justicia de la ciudad, sino que el policía que lo pillaba con las manos en la masa debía remitir el caso a la universidad, encargada de decidir si lo castigaba y de qué tamaño era el castigo.

Según la gravedad de la falta, el estudiante podía pasar un día o hasta cuatro semanas encerrado en la cárcel. Los castigaban por andar cantando a medianoche por las calles empedradas de la ciudad, tomar alcohol, soltar los cerdos de los habitantes del casco viejo y corretearlos por los callejones, robar, quitarle el sombrero al Amtmann (como se le decía al policía entonces) o promover peleas que podían terminar en duelos. Estas dos últimas eran las faltas más graves y se castigaban con un mes de cárcel. Burlarse de un policía estaba tipificado como “resistencia al poder estatal” y un duelo es un duelo, por más normal que pudiera parecer en la época.

Viajemos ahora a 1748, por ejemplo. Un estudiante es castigado por pasarse de tragos y perturbar el orden público con cuatro días de cárcel. Durante ese tiempo, imaginémoslo, tiene la obligación de seguir yendo a clase, por una puerta interior que comunica con la universidad, aunque no puede salir del edificio. No tiene agua para bañarse (si quiere hacerlo, debe buscarla él mismo en la fuente del patio), tampoco hay estufa o cocina. Los tres primeros días sólo se alimentará de pan y agua. Luego le llevan algo más de comida y cerveza, si tiene suerte. El colchón de su catre es un saco de paja y no tiene manta (si la necesita, debe traerla de casa). Lo único que acompaña su celda, además de la cama, es una mesa donde juega cartas con los otros estudiantes presos y donde talla su nombre. El resto del tiempo se le va grafiteando las paredes, el techo o la escalera de la cárcel con la silueta de sus compañeros, el escudo de su comunidad (cada estudiante formaba parte de una), el verso de algún poema o un chiste.

Cuenta la leyenda que llegó un momento, en el siglo XIX, en que a los estudiantes les parecía tan divertido ir a la cárcel que consideraban una deshonra no haber sido castigados y encerrados en sus celdas al menos una vez durante su paso por la prestigiosa universidad. Estar en la cárcel de estudiantes era como la prueba que había que pasar, como el bautizo necesario para graduarse con honores de Heidelberg. Si no pasabas por allí y tu nombre no estaba tallado en algún lugar de la cárcel no habías aprendido nada, pasabas inadvertido por esa gran institución educativa, sin pena ni gloria.

La Studentenkarzer funcionó en el tercer piso del edificio de la casa del conserje entre 1717 y 1914, cuando fue cerrada tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Antes, las celdas estaban en la universidad vieja, en un primer piso y detrás de una escalera, pero los estudiantes que pasaban allí más de una semana terminaban enfermos y debieron cambiarla de sitio. Cada celda tenía un nombre (casi siempre en francés, cosa curiosa): Palais Royal, Solitude, Sanssouci... Hasta el inodoro tuvo su bautizo. “Voy al trono del rey”, decían los estudiantes presos cuando tenían ganas de orinar.

Viajemos ahora a 1876. Un estudiante suelta los cerdos de un habitante de la ciudad y dos de ellos nunca aparecen. Su castigo: una semana de cárcel. Hagamos el ejercicio de imaginarlo allí, en ese incómodo camastro, tramando nuevas aventuras con sus compañeros, también condenados. Jugando, riendo, aguantando el olor del inodoro, que limpiaban los mismos estudiantes, aunque no muy frecuentemente. 

Viajar es también viajar en el tiempo. Forzar la imaginación, estirarla. Sólo así podemos extraer de muchos lugares su verdadera esencia, lo que representan. 

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