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2020: el año que vivimos dentro de las pantallas y quedamos agotados

Estamos sufriendo de lo que llaman "Zoom fatigue", o fatiga de Zoom.

Hombre delante de dos pantallas de computador.
Foto por Oğuzhan Akdoğan en Unsplash

2020. Qué año. Un virus microscópico se expandió por el mundo y nos forzó a vivir dentro de un capítulo de Black Mirror . Qué digo un capítulo, una temporada completa en la que la vida ha estado al servicio de la tecnología más que antes.

Por Vanessa Velásquez Mayorga // @vanessavm__

Antes del 2020 yo asociaba la palabra “virus” con mi computador, con un programa malicioso que descargaba sin querer junto con algún torrent para descargar una película y que, en retaliación por apoyar la piratería, se instalaría en mi equipo para ir dañándolo poco a poco.

Ahora la palabra “virus” me evoca muchos significados más. Pienso en Wuhan y el pelado colombiano que decidió quedarse allá. Pienso en la cuarentena y los más de 8 meses en los que nos cambió la vida y tuvimos que aprender a existir adentro y aislados.

Oigo la palabra “virus” y pienso en UCIs, vacunas e hisopos que te meten por la nariz. Pero sigo pensando en computadores. Es inevitable. El Coronavirus nos volcó, más que nunca, hacia las pantallas. Y no sé ustedes, pero yo, ocho meses después, ya estoy agotada.

Como todo con el Coronavirus este agotamiento ante las pantallas es nuevo y fue recientemente bautizado como “Zoom Fatigue” o fatiga de zoom en español. El término describe la sensación de cansancio, preocupación o agotamiento asociado con el uso de plataformas de comunicación virtuales como Zoom, Skype, Hangouts o Teams, y comenzó a aparecer en medios de comunicación y portales científicos a mediados de mayo.

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En diciembre, ocho meses después, el fenómeno sigue en aumento. Las cuarentenas, restricciones y medidas para evitar la propagación del virus se han mantenido en gran parte del mundo, y aunque varios países han reactivado varios sectores económicos, los ciudadanos, hartos del encierro, se han pasado las precauciones por donde sabemos. Mientras tanto, la vida diaria de todos se ha visto modificada y desplazada al plano de la virtualidad.

El 2020 fue el año en que definitivamente nos instalamos detrás de las pantallas para existir. La migración iba a pasar tarde o temprano. Cada año pasamos más tiempo conectados a dispositivos electrónicos, ya sean computadores para trabajar o estudiar, celulares para mantenernos conectados con el mundo o televisores para entretenernos.

Sin embargo, había pausas para socializar. Teníamos momentos específicos en los que las pantallas no nos dominaban, en los que podíamos desconectarnos del mundo por un rato. Antes del virus las pantallas, si bien eran comunes, no eran la constante.

Después del virus las pantallas han sido la herramienta que nos permitió seguir con nuestra vida normal. Gracias a Zoom, Hangouts, Teams o Skype pudimos seguir realizando actividades básicas para la vida, como trabajar y estudiar. Y claro, socializar.

Pero no es razonable pedirle a nuestro cerebro que cambie su manera de funcionamiento y procesamiento de estímulos así como si nada. Hay varias hipótesis sobre por qué esta hiperconectividad y exceso de videollamadas nos tienen exhaustos.

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Si buscamos la explicación en la neurociencia podemos entender cómo opera la fatiga mental, que aparece cuando la evaluación que nuestro cerebro hace entre costo y beneficio de nuestras acciones no es satisfactoria.

El portal Psychiatric times lo explica así: cuando obtenemos un beneficio se activan las estructuras del cerebro que liberan dopamina, aumentando así nuestro estado de alerta, energía y motivación (o sea, generando en nuestro cuerpo lo opuesto a la fatiga).

Y es que después de meses viéndonos las caras a través de una pantalla, teniendo videollamadas que pudieron haber sido un correo y viendo gente solo por medio de estas herramientas en poco tiempo dejamos de ver algún beneficio en ellas porque todas caen en un patrón y la sensación es que cada videollamada es igual a la anterior.

Además, a este método de comunicación le faltan elementos y nuestro sistema de recompensa deja de activarse. Con quién nos vemos, en qué circunstancias y qué ocurre dentro de la interacción son detonadores en nuestros sistemas de bienestar.

En esta nueva normalidad nos hace falta relacionarnos físicamente con los otros y esa falta va mucho más allá de la simple socialización. Como dice Gianpiero Petriglieri , profesor de comportamiento organizacional en el Instituto Europeo de Administración de Negocios:

Estamos engañando a nuestra mente para que crea que estamos juntos cuando nuestros cuerpos sienten que no lo estamos. La disonancia es agotadora.
Gianpiero Petriglieri

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No nos sirve la ficción de la presencia. Nos falta el otro porque solo así hemos aprendido a comunicarnos. Y esta sería la explicación psicosocial de la fatiga que nos generan las videollamadas.

Cuando nos conectamos a Zoom carecemos de algo que es importantísimo para nuestra manera de relacionarnos con los otros: la expresión corporal y las señales no verbales que nos permiten mantener conversaciones fluidas, amenas y que no nos exigen (tanto) esfuerzo.

En la vida pandémica hay dos escenarios de conversaciones, los dos igual de agotadores.

Parémonos en el primero: videoconferencia entre 10 personas donde las 10 tienen la cámara prendida. En una conversación cara a cara podemos fijarnos en las expresiones no verbales de nuestros interlocutores de manera inmediata y así modificar nuestros discursos. En una videollamada tenemos que estar atentos a diez miniaturas (la nuestra incluída), algunas con delay entre el audio y la imagen, y nuestros sistemas de respuesta se ven sobreestimulados por cada pequeño movimiento que pasa dentro de la pantalla.

Y si nos ponemos del lado contrario, en videollamadas en las que nadie prende la cámara, el agotamiento se da porque nuestros sistemas de alerta trabajan el doble, atentos de cualquier guía no visual que indique algún cambio en la conversación, igual a lo que pasa cuando hablamos por teléfono y no sabemos cómo está reaccionando nuestro interlocutor. Solo que en las videollamadas tenemos muchos interlocutores sin rostro.

¿Ese silencio significa que debo hablar ahora? ¿Será que se le cayó la conexión y no ha terminado? ¿Si no han respondido a mi intervención es porque no les gustó lo que dije? La falta de estímulos visuales hace que esa evaluación de costo-beneficio que hacemos inconscientemente (lo que les explicamos más arriba) tienda a ser negativa, generando agotamiento.

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Las explicaciones anteriores aplican para actividades laborales y de ocio, pero vale la pena añadirle una patica a este agotamiento: no cambiamos de espacios. Y aunque un día trabajemos desde el escritorio, otro desde el comedor, otro desde la cama, seguimos utilizando la misma herramienta para todas las actividades, sin tener espacios en blanco entre la una y la otra. Nos hace falta espicharnos en el transmilenio, la caminata entre nuestro hogar e ir a tomar el bus, el café de greca de la oficina. Actividades en las que nuestro cerebro descansa un ratico para luego pasar a hacer otra cosa.

¿Qué diferencia hay entre conectarse a una videollamada de trabajo a una con nuestros amigos? Tal vez que en la segunda podamos hablar mientras nos tomamos un trago sin que nos juzguen, pero de nuevo, después de varios meses comunicándonos de esa manera comienza el agotamiento y cada llamada se vuelve igual a la anterior.

A pesar de todas las posibles hipótesis y explicaciones, hay algo que es innegable: el Covid nos cambió la vida y no hay transición sencilla para aprender a existir de la manera en la que hemos estado viviendo durante los últimos ocho meses, por más que la tecnología pareciera haberlo logrado. Y es que sí, seguimos trabajando con relativa normalidad, socializando en la medida de lo posible y buscando espacios de ocio esporádicos, pero es válido decir que todo esto lo hacemos, tal vez por vez primera, siendo conscientes de nuestra mortalidad porque hay un virus que ha causado millones de muertes a nivel global. Y adivinen: saberse mortal es agotador.

La vida antes era más fácil y menos agotadora porque al menos no teníamos encima el peso de saber que en cualquier momento podríamos contagiarnos de un virus del que poco se sabe pero al que hay que tenerle miedo.

Tal vez sería más fácil entender el encierro, aceptarlo y adaptarnos a él si no fuera nuestra única opción, si no estuviéramos obligados a mantenernos adentro y relacionarnos exclusivamente a través de las pantallas porque cualquier salida, cualquier contacto, representa un riesgo mortal.

Sería más fácil pilotear el agotamiento si pasáramos más tiempo al sol y menos tiempo frente a una pantalla del computador fingiendo que la vida es igual que antes. El agotamiento tal vez no está en la disonancia cognitiva entre estar presente sin en realidad estarlo, ni en el poco beneficio que encontramos en volver a conectarnos una vez más y así hasta la posteridad. El agotamiento está, tal vez, en la suma del miedo, la incertidumbre, la rutina y el hastío colectivo de las más de 300 millones de personas que a diario se conectan a Zoom a reuniones que pudieron ser un mail, pero a las que seguimos conectándonos porque es nuestro única manera segura, por el momento, de estar con los otros.

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El agotamiento es la respuesta natural a este 2020 demencial, imprevisible y atípico, y sería absurdo pensar que el 2021 nos dará tregua. Ojalá, antes de que nos vacunen, logremos descansar de esta realidad remota con microsegundos de delay y problemas de conexión.

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