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Ciberacoso: cómo las redes sociales nos están matando

¿Qué pasa cuando el mundo virtual se convierte en una carga en el mundo real?
Silvia López - @Silvi.Marie
Silvia López - @Silvi.Marie
Por
Johana Arroyave

En algún momento las redes sociales surgieron como un espacio para conectarnos más con nuestra familia y amigos, como una forma de darle voz a los que no la tenían, o como un nuevo espacio de entretenimiento. Pero entre like y like, entre comentarios y compartidos, una ola de violencia y acoso ha surgido sin que las autoridades entiendan qué deben hacer para protegernos. Esta es una historia real de ciberbullying que también es la historia de muchos matoneos digitales que incluso han llevado a algunos a la muerte o el suicidio.

 

Por: Johana Arroyave // @JohanaArroyave - Ilustraciones: Silvia López @Silvi.Marie

“Perra.”

“Estamos aburridos de usted, gorda asquerosa.”

“Gorda, nadie la quiere, todos nos burlamos de usted, sus amigos la odian.”

“Payasa, bruta, zorra.”

“Sabemos dónde está, qué hace, con quién estuvo ayer.”

Ya no se necesita ser figura pública, futbolista, celebridad digital, “progre”, de derecha o de izquierda, para recibir descomunales dosis de odio en redes sociales. Cualquiera se ha vuelto blanco como yo lo fui hace unos pocos meses: yo, una periodista bogotana de 26 años, usuaria frecuente de redes sociales, y a la que durante seis meses le tocó recibir las frases que leyeron más arriba en los comentarios de sus fotos en Instagram.

Hoy en día ser víctima de ciberacoso se ha vuelto cada vez más común en una sociedad que no ha entendido que este problema no se debe minimizar y trivializar como un contratiempo virtual; que, como me pasó, puede desembocar en pánico, miedo y depresión; o que, según cifras de Medicina Legal (reportadas en la cartilla Suicidios en niños, niñas y adolescentes. Colombia, enero a julio 2018*) en los primeros siete meses del año pasado 156 niños, niñas y adolescentes se quitaron la vida por “maltrato psicológico y/o bullying”.

Y es que lo que pasa en redes no se queda en redes. El mundo virtual ha invadido al real. En mi caso llegué a sentir miedo de que las personas que me atacaban en mis posts algún día llegaran a la puerta de mi oficina y me echaran ácido en la cara.

No cuento esta historia para generar compasión y apoyo, sino para ayudar a miles de personas que tarde o temprano descubrirán que en Colombia –un país donde sus dirigentes a duras penas entienden las dinámicas de las redes sociales y creen que hay que entrar a regular ideologías–, son pocos, poquísimos, los canales de ayuda y protección a las víctimas. Bloquear y marcar como spam ya no sirve de nada. El acoso, como un virus, se multiplica y llega por todos lados. ¿Estamos indefensos ante las amenazas?

 

I. HISTORIA REAL DE UN ACOSO VIRTUAL

En noviembre de 2017 recibí un mensaje por WhatsApp de un número desconocido. Era la foto de un pene. Bloqueé el número y eliminé el chat. “¿Por qué hay manes tan locos?”, pensé. ¿En serio creen que tienen el derecho de compartir, sin que nadie les haya pedido algo tan íntimo y con una desconocida? Al parecer sí, pues en pocos minutos, había más de 30 imágenes de penes en mi teléfono. Al único que no mandó fotos, pero me escribió un mensaje preguntando si podíamos intercambiar “nudes”, le hablé:

–¿De dónde sacó mi número?

–Tienes una cuenta en Instagram donde dices que quieres recibir nudes.

Alguien, no sabía quién, había abierto ese perfil con mis fotos y mis datos. Denuncié la cuenta y al poco tiempo la cerraron. Pensé que todo había parado ahí, pero apenas estábamos en la fase 1. Poco tiempo después, desde un perfil sin foto, sin seguidores, sin publicaciones y con un alias que combinaba letras y números al azar, comenzaron a aparecer insultos en mis fotos de Instagram.

“Estamos aburridos de ti, gorda asquerosa”.

Procedí de acuerdo con los protocolos de las redes sociales: bloquear y marcar como spam, pero no sirvió de nada. Cada día, desde una cuenta distinta y anónima me escribían los mismos insultos. Llegué al punto en que me daba mamera abrir mis redes y mover cualquier contenido. La virtualidad, ese lugar en el que se supone podemos divertirnos, entretener la mente y donde todo debería estar bien, se convirtió en mi espacio más odiado.  

Los comentarios se volvieron más sofocantes, vigilantes y hostiles, describían la ropa que llevaba puesta el día anterior, mencionaban los lugares donde había estado y las personas con las que andaba como si me tuvieran observada. Quejarse ante Instagram era hablarle a una pared virtual incapaz de solucionar algo. Y, para empeorar, empecé a pensar que era mi culpa por publicar fotos, por tener redes y compartir contenidos.

Los mensajes que llegaban casi a diario me mandaron a terapia sicológica porque me reprochaba no ser lo suficientemente fuerte para asumir lo que estaba pasando. Hay quienes dicen que no es para tanto, pero sí, sí lo era. Estaba viviendo lo que se conoce como “victim blaming”, en donde la víctima considera que es responsable de lo que recibe. La terapeuta emocional Monica Sanabria lo explica en términos más sencillos: “es un proceso habitual que las víctimas de cualquier tipo de violencia toman como mecanismo de defensa para encontrar una explicación rápida y coherente a lo ocurrido”.

Y lo podríamos reforzar bajo la teoría del Mundo justo, creada por el sociólogo Malvin J. Lerner, quien afirma que en el cerebro de las personas se crea una necesidad de entender el mundo como un lugar donde cada uno, generalmente, obtiene lo que se merece. Al pensar que la responsabilidad del delito es de la víctima, existe una especie de satisfacción porque se cree que la situación está controlada. Es decir, la forma más rápida para hallar un responsable es culparnos a nosotros mismos.

Y esto pasa en todos los escenarios. Por ejemplo, cuando existe una víctima de violencia sexual se suele decir: “ella lo provocó”, “salió sola”, “iba vestida provocativamente”. Siempre nos enseñaron a tener cuidado de que nos hagan daño, a andar con precaución. La religión nos dijo que todo era nuestra culpa, que el karma nos ataca por haber hecho algo mal. ¿Y cuándo vamos a hacer responsables a los victimarios por sus actos?

Llegó la hora de pensar y entender también de dónde viene el acoso.

Lo primero que tienen que saber es que un acosador no tiene un letrero en la frente, que no existe una conducta determinada por la cual se pueda identificar que quien tiene al lado puede ser peligroso. Un acosador puede ser cualquiera, hasta usted mismo.

“Los acosadores son considerados personas muy tranquilas, que normalmente pasan desapercibidas. No suelen ser muy sociables. Es posible que hayan crecido con traumas de rechazo, baja autoestima, inseguridad y problemas de ansiedad, lo que los lleva a tener pensamientos obsesivos”, explica la terapeuta Mónica Sanabria.

Este perfil de un acosador se puede reforzar con el informe CiberAPP: Aprender, Prevenir y Proteger, realizado por el Centro para el Estudio y Prevención de la Delincuencia de España, en el que revisaron quiénes eran los del bullying en los colegios europeos. Concluyeron que “las personas que están alrededor de un acosador no son capaces de detectar este tipo de comportamientos porque son personas comunes y corrientes, pero no hacen nada por casualidad. Lo tienen todo muy calculado”.

 

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II. SOBRE POR QUÉ ES DIFÍCIL LLAMAR “ACOSO” AL ACOSO

No me atrevía a decirle a nadie lo que me estaba pasando. Me daba vergüenza, me sentía sola, pensaba que cualquier persona cercana podría estar detrás de esto. Los mensajes eran tan detallados que debía ser alguien que me conocía muy bien, así que desconfié de mis amigos, mis compañeros de trabajo y hasta de mi familia. ¿Y si le contaba esto a alguien y terminaba siendo el que me estaba acosando?  

Pasaron tres meses para que pudiera llamar las cosas por su nombre: acoso. Cuando no le pones nombre, no existe y si no existe solo está en tu cabeza. Una mañana llamé a Isaac, un amigo con quien, casualmente, habíamos hablado de delitos informáticos unos meses atrás. Fue el primero en ayudarme. Hablamos con abogados a quienes mi caso no les pareció trascendente y aseguraban, convencidos, que no era algo que pudiera afectarme la vida.

¿Que no es algo que pueda afectar la vida? ¿Acaso no saben que, según cifras de Unicef, en el mundo fueron reportados 150 millones casos de personas diagnosticadas con depresión por causa del matoneo digital? ¿Acaso no leyeron u oyeron sobre Sergio Urrego, quien se suicidó porque no soportaba el matoneo por parte de sus compañeros y los directivos de la institución donde estudiaba? Tal vez no saben que en el 2018 fueron reportados en Colombia 12 mil casos de matoneo y que un 10% de las víctimas confesaron haber pensado en quitarse la vida.

Nadie me paraba bolas. Internet es un mundo “perfecto” lleno de likes y comentarios de amor, pero cuando las cosas se ponen feas nadie voltea a mirar. Había dado un paso importante al contarle a alguien. Hablar no hizo que pararan las cosas, pero sí que encontrara ayuda. Le conté a mi jefa y ella también hizo gestiones al interior de la compañía para ayudarme.

 

III. LO QUE DEBE HACER UNA VÍCTIMA DE ACOSO EN UN PAÍS DONDE NO SE HABLA DE ACOSO

En Colombia la entidad que atiende estos casos es la DIJIN a través del CAI Virtual del Centro Cibernético Policial. Mi primera acción fue enviar un correo a la unidad de delitos informáticos de la DIJIN donde meticulosamente armé un paquete de pantallazos de los comentarios, links de las más de 100 cuentas que los enviaban y una cronología de los ataques. Al día siguiente fui directamente a las oficinas a poner la denuncia formal, en unas oficinas insípidas, blancas e impersonales que no dan la apariencia de ser las de una unidad que podría protegerme. Luego de dos horas, la persona que me atendió me dio a entender cuál era la limitada visión del problema en estas entidades.

“Ese es el precio de la fama”. 

¿Era mi culpa? ¿Por tener seguidores en redes debía aguantar calladita que otros echaran toda su rabia e inseguridades en mi perfil? ¿A cuántas personas les habrá pasado lo mismo que a mí? Según la DIJIN en 2018 se recibieron en el CAI Virtual 1.146 denuncias de acoso a través de sus redes sociales, divididas en cibermatoneo (292), extorsión (442) y sextorsión (412). Las últimas dos se investigan y hay procesos judiciales, pero la primera es una cifra que va aumentando sin atención como la maleza. El mal cada día es más real pero la justicia no se lo toma en serio.

Mi denuncia fue recibida ese mismo día, pero concluyeron que como nadie me amenazaba de muerte, lo que me estaban haciendo no era un delito. Para la justicia no era suficiente que me acosaran, que me vigilaran, que supieran en dónde estaba a diario, qué hacía y con quién. No era importante que me estuviera volviendo loca o que tuviera un cuadro de depresión diagnosticado. Según ellos, esto no afectaba gravemente mi vida. Fueron muy sinceros: no iba a pasar nada.

En Colombia el acoso (no sexual) en redes sociales no es un delito; por lo tanto, no lo toman en serio a menos que sea una amenaza de muerte. Aunque tenemos una ley para delitos informáticos, se les olvidó incluir el mal uso de las redes sociales y el acoso psicológico, y se dividieron los delitos en:

  • Acceso abusivo a un sistema informático.
  • Obstaculización ilegítima de sistema informático o red de telecomunicación.
  • Interceptación de datos informáticos.
  • Daño informático.
  • Uso de software malicioso.
  • Violación de datos personales.
  • Suplantación de sitios web para capturar datos personales.

Siete ítems que indican la mayoría de la protección es para la propiedad privada, las empresas y su información. Tal vez la violación de datos personales se aproxime un poco al cuidado de las personas, ¿pero el resto qué? ¿Las personas naturales no somos dignos de una ley que nos ampare? No hemos entendido que el internet mata sin amenazas de muerte.

En resumen, nada de lo que me estaba pasando contaba como delito. Sin embargo, entre tanto reguero de leyes encontré un agarradero en el artículo 269 de la Ley 1273 del 2009, que habla de la violación de datos personales. La persona que me acosaba usó mi número celular para moverlo en una página porno y creó una cuenta con mi nombre completo para hacer montajes con mis fotos. Técnicamente, había encontrado una grieta para lograr comenzar un proceso lento en la Fiscalía en el que, si estaba de buenas, me asignarían un investigador o, si estaba de malas, se podía archivar fácilmente. No iba a conocer ninguno de los dos caminos antes de tres meses.

¿Qué tanto me tenía que pasar para que me tomaran en serio? “Durante el proceso, existen diferentes situaciones que permiten a la Fiscalía finalizar la persecución penal, que para los casos de acoso por lo general es la falta de tipicidad de la conducta”, explica el Centro Cibernético Policial de la Dirección de Investigación Criminal e INTERPOL. Es decir, se puede archivar fácilmente si el delito no está explícitamente descrito en alguna ley.

Estamos ante una paradoja del sistema judicial, en la que el acoso no es delito porque nadie lo ha catalogado así.

La protección al victimario se extiende si se tiene en cuenta que en casos como estos, contratar un hacker para que intercepte la dirección IP y rastree el origen de las cuentas anónimas creadas para atacar, es delito según el artículo 269C de la Ley 1273 del 2009 que habla de la interceptación de datos informáticos.

Aun así la Fiscalía me citó. Mostré mi Excel de links y me preguntaron si sabía o sospechaba quién estaba detrás. Di sus nombres y me pusieron de tarea conseguirles sus direcciones, correos, cédulas y teléfono, más una carta explicando las razones de mi deducción. Cuando la tuviera la enviaba y debía esperar por otra citación. Más de un año después de esa reunión, sigo esperando la llamada para volver.

La fiscal que me asignaron y su respuesta fueron la clara muestra de que la justicia en Colombia es un meme. Me tocaba a mí ser investigadora, citadora y enfrentarme sola a los acosadores. Según Wilington Álvarez Espitia, coordinador del Grupo Estratégico de Desarrollo e Investigaciones de Delitos Informáticos de la Fiscalía, la mayoría de los procesos colombianos por acoso a través de redes sociales son declarados nulos por falta de pruebas. “El acoso en redes sociales no está tipificado como delito y no existe en el Código Penal. En su mayoría, estas conductas se toman como injurias o calumnias, situación que dificulta saber cuántos casos de acoso existen pues se tendrían que revisar cada una de las denuncias registradas y verificar en los hechos cuáles fueron por redes sociales”, explica Álvarez.

¿Qué va a pasar cuando el monstruo se vuelva más grande? En este punto, ni siquiera me interesaba que castigaran a los culpables, solo quería que pararan, que dejaran de aparecer mensajes. Estaba cansada de dar vueltas entre abogados, Policía y Fiscalía, por lo que volví donde el investigador de la DIJIN que había tomado mi caso la primera vez, y me sometí a un interrogatorio en la Fiscalía porque querían asegurarse de que no era yo misma haciéndome auto-bullying.  Lo que me propusieron en ese momento, ya que sospechaba quiénes estaban detrás, era llamarlos, preguntarles por qué me estaban acosando y, además, pedirles el favor que pararan. ¿Por qué no se me había ocurrido antes tan genial idea?

El parsimonioso ritmo de la justicia colombiana en estas áreas sigue considerando que el acoso virtual no es un atentado contra la vida, a pesar de que las víctimas pasemos desde el peso abrumador de levantarnos cada día, hasta la depresión y pensar en hacernos daño. ¿Qué tiene que pasar para encontrar ayuda? ¿Que nos convirtamos en el siguiente titular de noticiero por un suicidio, por feminicidio o porque fuimos víctimas de un ataque con ácido?

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IV. ¿CENSURA, LIBERTAD DE EXPRESIÓN O PROTECCIÓN CONTRA EL ACOSO?

El ciberespacio está lleno de promesas de una sociedad mejor, más participativa, más democrática, más humana, pero a fin de cuentas estamos solos ante un algoritmo o ante unas redes desbordadas por el mal uso que hacen de ellas sus usuarios. Un universo en el que no existe el miedo a atacar a alguien porque se puede lanzar cualquier bomba y la pantalla actúa como escudo, no hay réplicas, no hay justicia, los @ o nicknames son dioses creando sus propias leyes.

Facebook (y sus hijos Instagram y WhatsApp), Google (y su hijo YouTube más sus toneladas de aplicaciones), Twitter, Amazon, Netflix, entre otros, se han convertido en estados virtuales con sus propias reglas que día a día están pensando en cómo cambiar para atrapar y retener audiencias digitales (y por ende ganar y ganar más plata). Lo que hoy es ley mañana es archivado, y todo muta con una velocidad a la que los usuarios apenas pueden seguir el paso. Pero lo grave es que los estados reales y físicos, los gobiernos y sus leyes, han reaccionado de manera letárgica en la búsqueda de controles a lo que ocurre en el centro de la tormenta. Países como Colombia han copiado o tomado como modelo para su legislación a Estados Unidos, nación que tiene un contexto social completamente diferente, y además no han podido actualizar lo escrito en una década.

Actualmente en Colombia la Ley 1273 del 2009 es la única que habla sobre delitos informáticos y fue escrita en 2009. Desde esa fecha hasta hoy nuestro amigo Mark Zuckerberg se apropió de Instagram y Whatsapp, le ayudó a Trump a ganar una presidencia, Netflix creo una plataforma adictiva para ver películas y series, adaptaron cámaras profesionales a los celulares, se creó la nube, un espacio para almacenar billones de datos y Despacito se convirtió en la canción con más reproducciones en la historia del internet. Y en este país seguimos con una legislación que no avanza, a pesar de que la virtualidad no nos da respiro.

En cambio, países como Suecia o España ya han hecho avances en estos casos, enviando a un hombre a la cárcel porque violó a una mujer, sin tocarla, pero sí en la virtualidad. Mientras España tiene campañas de sensibilización sobre el acoso en redes y políticas que apoyan a las víctimas del ciberbullying.

En diciembre de 2017 la fiscal sueca Annika Wennerstöm le dio 10 años de cárcel a Björn Samstrom por haber obligado a 27 menores de edad a intercambiar fotos de sus cuerpos desnudos. Wennerstöm explicó sobre el primer caso en la historia con sentencia por acoso en redes y violación por internet, que:

"La tecnología no conoce límites. Por eso tenemos que adaptar nuestra forma de pensar a qué puede ser una violación (...). No siempre tiene por qué haber ataques o coacciones físicas".

Sin políticas públicas claras no hay orden, ni respeto, ni conciencia sobre el posible daño. Mientras el problema se minimice con frases del estilo “haga caso omiso de los insultos”, “es gente envidiosa”, “no le pare bolas” o “es el precio de la fama”, el acoso virtual seguirá siendo visto como un chiste y los acosadores se sentirán absolutamente libres de herir a cómodas distancias.

En octubre de 2018 el senador del Partido de la U José David Name radicó el proyecto de ley No. 179 de 2018 de Protección contra publicaciones abusivas en las redes sociales. “Las redes sociales son el arma predilecta para antisociales. Esta iniciativa está dirigida a aquellas personas del común que se sienten afectadas y desprotegidas porque los mecanismos judiciales existentes no cuentan con el dinamismo para detener la reproducción del contenido injurioso o calumnioso en un medio tan instantáneo como lo son las redes sociales”, explicó el Senador. Esta iniciativa no es la solución definitiva y ni siquiera ha sido discutida en primer debate.

En 2017 tras una tutela presentada por Sylvia Margarita Amaya donde denunciaba que en Facebook crearon un collage con sus fotos y la acusaban de estafadora, la Corte Constitucional estableció que no se pueden controlar los comentarios en línea pues las personas son responsables de las publicaciones que hacen en redes sociales derivado de su ejercicio de libertad de expresión. ¿No importa que vulneren la vida de una persona?

El debate se repitió nuevamente este año en febrero en donde se llevaron casos de periodistas, empresas y políticos a quienes les vulneraron su nombre a través de redes sociales y se citó al representante legal de Google, Lorenzo Villegas, quien señaló que, aunque se tienen controles sobre los contenidos que se suben a las redes, es imposible saber qué cosas son verdad o mentira y cuáles de ellas afectan la vida de una persona.

“Los administradores de las plataformas no podemos ser responsables de lo que se sube a las redes. Esa función deben asumirla los jueces quienes, a través de fallos, nos dicen si algo se debe retirar de la web o no. Nosotros solo le pedimos a la Corte que vele por un internet libre, abierto y plural”, indicó el representante de Google.

Al final del día se concluyó lo mismo que en el 2017 y que no pueden vulnerar la libertad de las personas. Sin embargo, aún no se ha dado un fallo definitivo por parte del ente judicial.

Evidentemente controlar las redes es la caja de Pandora que da miedo abrir por lo que puede suscitar. Por proteger y evitar escenarios de acoso y agresión, podríamos estar permitiendo que el gobierno nos vigile, controle nuestras opiniones y censure la crítica. No es un misterio que los intentos por regular las telecomunicaciones en Colombia han tenido micos que podrían someter a los medios de comunicación y usuarios en general a la censura. Países como China y Rusia ya son tristemente célebres por tener absolutamente monitoreados foros virtuales o incluso tener sus propias redes sociales donde pueden controlar y perseguir a los que van contra la corriente. ¿Cómo defender entonces a las víctimas del ciberacoso sin abrirle la puerta a la tiranía virtual?

Un primer paso para nuestra sociedad puede ser comenzar a incluir en la conversación términos como “violencia digital”, “ciberacoso” o “ciberbullying” para que se sepa de su existencia y se entienda el daño que pueden causar. Pero necesitamos leyes efectivas y procedimientos que eviten que los procesos duren años o en su defecto que se archiven, que es lo que pasa generalmente.  Con sanciones ejemplares como las de Suiza y España las personas van a pensarlo dos veces antes de atentar contra la vida de una persona escondiéndose detrás de una pantalla.

Necesitamos entender que no todo puede ser tan ligero y que detrás de la mayoría (excepto perfiles empresariales) de los perfiles en internet sigue habiendo seres humanos.

También es momento de abrir la pregunta para llegar al término de moda: revisarnos. ¿Ustedes en qué parte de la línea acosador y acosadores están? ¿No somos todos acosadores en potencia cuando hablamos sin saber, cuando twitteamos, nos burlamos o tomamos pantallazos a las fotos de los demás y las enviamos por inbox o Whatsapp para criticar o hablar mal del otro? El respeto empieza por cada uno de nosotros, y acabar con el ciberbullying será más fácil si todos somos conscientes de que estamos matando de a poquitos con nuestros actos. El acoso no es un juego, el acoso mata.

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