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La cultura traqueta se apodera del fútbol

En el fútbol ahora todo tiene un precio y gana el mejor postor. ¡Tas, tas, tas!
Por
Héctor Cañón

El billete que permite tentar a los cracks a convertirse en bombarderos a sueldo y la estrategia de debilitar las huestes del rival arrebatándoles a sus ídolos mandan la parada. Algunos jugadores se comportan como pandilleros mientras que muchos dirigentes conforman mafias organizadas. Sálvese quien pueda.

Por: Héctor Cañón Hurtado @CanonHurtado // Foto: AFP

El mejor equipo es que el más luca tenga para desbaratar la artillería enemiga y armar la propia; algunos cracks son divos que practican “el usted no sabe quién soy yo” mientras exhiben tatuajes y peinados al estilo pandillero; muchos dirigentes trabajan en mafias organizadas, son perseguidos por la justicia internacional y terminan en la cárcel. Además, el grupo selecto de clubes más ricos de Europa es el patrón que manda la parada a punta de billete, poder sobre los medios y estrategias que pretenden arrasar con los rivales y lograr la ciega idolatría de las masas.

El fútbol de nuestros días parece emular algunos de los principios de la cultura traqueta que tanto nos ha afectado como país durante décadas. La arremetida de los dueños de los clubes chinos, sustentada en toneladas de euros y regida por la amoralidad del negociante voraz, ha dejado en evidencia que el amor a la camiseta es una práctica en vía de extinción, que se limita a unos pocos clubes románticos y a los potreros de provincia, las recochas de parceros y las categorías inferiores o los clubes de barrio popular. También, que los magnates chinos están dispuestos a seguir inflando la burbuja estrambótica del precio de los pases de los jugadores y de sus inhumanos sueldos. 

“Es muy difícil decirle no a China”, confesó la semana pasada Falcao García, quien no se rindió a la multimillonaria propuesta que le hizo el club Tianjin Quanjian. Claro que es difícil, pero se puede. Más si se tiene en cuenta que los ídolos que se enfrentan a la tentación de emigrar al fútbol chino ya son ricos cuando están ante la disyuntiva de: el fútbol o la plata. 

Aunque Carlitos Tévez, ídolo de La Bombonera, casi llora ante las cámaras por dejar Boca Juniors, el planeta fútbol se dio cuenta de que los 40 millones de euros que va a ganar el próximo año, independientemente de que la rompa o no, serán consuelo suficiente para su despecho. El popular “Apache” ganará apenas cuatro millones menos que Messi y Cristiano Ronaldo, los dos mejores jugadores del mundo, juntos. 

Tal vez por eso no le importó montar, en diciembre del año pasado, una boda peliculera que le costó medio millón de dólares, que duró cuatro días y que se celebró en dos países. Cumbiaglam fue, según los tortolitos, el estilo de la fiesta a la que llegaron casi 300 invitados. Cualquier parecido con un matri mafioso no es mera coincidencia. Son los aires que mueven el balón en nuestros días.

Tévez no es único que eligió China para terminar de enriquecerse en uno o dos años de fútbol exótico y alejado de los canales occidentales que dominan el mercado. Óscar, el crack brasilero ex Chelsea, también quedó por encima del La “Pulga” y CR7, con 24 millones de euros. Jackson Martínez, único colombiano en el top 10, gana un millón de euros al mes, que es el mismo sueldo que reciben Alejandro Guerra, Franco Armani o Miguel Borja, cracks del torneo nacional, pero por año. 

A la tendencia de convertir a los futbolistas en bombarderos a sueldo que se rinden al embrujo chino, se suman los divos que, con sus comportamientos y actitudes, nos recuerdan al pandillero de barrio bajo que se siente todo poderoso cuando se convierte en “nuevo rico”. Por poner solo un ejemplo, recordemos a Arturo Vidal, quien manda la parada a la hora del nuevo peinado raro y el tatuaje abarcador. 

El crack chileno es un armador de escándalo por donde quiera que va. En plena Copa América Chile 2015 destrozó un Ferrari borracho. Cuando llegaron los “pacos”, como se le conoce a la policía en su país desde la dictadura de Pinochet, trató de aprovecharse de su condición de ídolo para zafarse de las consecuencias. No lo logró, pero tampoco fue expulsado de su selección y celebró título sin cargos de conciencia. Lloró, pidió perdón y se olvidó de pagar la multa de una donación a niños de escasos recursos. 

Otro capítulo de la traquetización del fútbol es el del desmantelamiento de la red de corrupción de la Fifa, organismo que mueve 1 mil 500 millones de dólares cada año. En 2015, el Departamento de Estado gringo (el mismo que persigue a las mafias internacionales) develó que algunos dirigentes se habían organizado para embolsillarse más de 150 millones de dólares por medio del tráfico de influencias en la adjudicación de contratos comerciales y de sedes para torneos, incluidos algunos mundiales.

Las pruebas, que incriminaron a los dirigentes de la mayoría de confederaciones del continente, incluían grabaciones hechas con micrófonos ocultos, testimonios delatores de ex cómplices, maletas llenas de dólares incautadas y seguimientos electrónicos de transacciones bancarias y de compra de palacetes y mansiones al estilo de las películas hollywoodenses de mafiosos y policías. De nuevo, cualquier parecido con la caída de un cartel de drogas no es mera coincidencia. Son los aires que mueven el balón hoy.

Por último, la maquiavélica estrategia de debilitar las huestes del rival usada por los grandes clubes de Europa demuestra que el fútbol moderno es un reino en el que lo único que vale es enriquecerse sin límite, ganar a toda costa y exhibirse en la victoria. En Italia, Juventus ha cabalgado, casi sin despeinarse y coronándose campeón con varias fechas de anticipación, las últimas cinco temporadas. Sin embargo, para no correr riesgos, compró para el 2017 a Gonzalo Higuaín y Miralem Pjanic, las figuras de Napolés y Roma, los dos únicos equipos con capacidad para destronarlos de su monótona monarquía. 

Por al argentino pagaron 90 millones de euros y por el bosnio, 38. Los hinchas de Nápoles, conocedores de las estrategias mafiosas de la camorra, madrearon al “Pipita” y le tomaron fotos a la camiseta que llevaba su nombre antes de mandarla a la porra por el excusado. Juego limpio, señores, por favor, pensó el planeta fútbol nostálgico de los viejos principios de hermandad.

Actitudes similares tiene el Bayern Munich con su perseguidor Borussia Dortmund mientras que Real Madrid, Barcelona, Chlesea, Manchester United, Manchester City y París Saint Germain no tienen compasión a la hora de incluir en sus filas al jugador que sea. Al fin y al cabo, todos ganan entre 500 y 600 millones de dólares cada año con sus sucias movidas, su manipulación de la información y su omnipotente billetera.

Por fortuna, aun quedan un puñado de soñadores que se resisten a que el fútbol se deje derrotar por las mafias organizadas y el capitalismo salvaje. Athletic Bilbao es uno de ellos. Después de Recreativo de Huelva es el club más viejo de España, con casi 120 años pateando el balón. Su estrategia de solo incorporar en sus filas a jugadores crecidos en el fútbol vasco le ha permitido saborear algunas victorias épicas y ser, junto a Real Madrid y Barcelona, uno de los tres clubes que nunca ha descendido de categoría. El asunto, sin embargo, no es una cuestión nacionalista o racial. El brasilero Vicente Burrín, el afro Jonás Ramalho y el español Luis de la Fuente Castillo son tres de los referentes históricos que aprendieron a jugar a la pelota en tierras vascas.

El F.C St, Pauli de Hamburgo, de la segunda división alemana, es otro de los clubes románticos que creen en el viejo principio futbolero de construir amistad y solidaridad por medio del deporte. En la década de los ochenta empezó a forjar su filosofía de comprometerse con la defensa de los derechos humanos y del medio ambiente, con el respeto a los rivales y sus hinchas y con la generación de lazos de solidaridad en el barrio rojo al que pertenece. Corry Litman, quien se declaró gay públicamente, fue su presidente entre 2002 y 2010; en Lampedusa, filial del club, jóvenes refugiados son entrenados por mujeres y en su estadio se destacan dos murales: el del puño golpeando la esvástica y el de una pareja de hombre besándose bajo la leyenda “lo único que importa es el amor”. 

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